[EVENTO CAMBIO ZONA] El punto de no retorno; Parte 4
#28



Era noche cerrada. La fuerte tempestad parecía acrecentarse a cada momento que pasaba, arremolinándose sobre Kutsukku como una gigantesca espiral, y sobre la totalidad del South Blue, daba la impresión; era como si el mismo viento hubiese cambiado de voz, y como si la lluvia cayera con ímpetu voluntarioso sobre la isla y cuanto mar la rodeaba. La instalación subterránea de la que habían salido hacía temblar el suelo, colapsando sobre sí misma en un mar de humo y ceniza que emergía del suelo como un volcán. En la lejanía, los truenos empezaban a resonar como enormes tambores, y algunos relámpagos agrietaban los cielos tras el horizonte. Las chimeneas del ferry habían empezado a humear densamente, con su humo uniéndose a las negras nubes. Los cabos que amarraban cada uno de los barcos a tierra se tensaban, y sus fibras empezaban a romperse. Con monstruosos chasquidos, las amarras aún sin soltar comenzaron a partirse, y los barcos comenzaron a arrastrarse a la deriva, sin control. El viento era suficiente como para empezar a arrastrar los navíos incluso antes de haber empezado a desplegar sus velas, como si hubiera estado esperando para llevárselos, pero no era solo el viento; las corrientes endemoniadas alrededor de Kutsukku, completamente fuera de sí, parecían haber enloquecido, generando un espumoso mar de olas que se elevaban incluso por encima de las cubiertas de los barcos, inundándolas y encharcándolas al drenarse a través de las barandillas, al tiempo que todos ellos eran arrastrados mar adentro.

Resultaba casi imposible mantener control sobre cualquier barco, y las fuertes corrientes parecían tener más control sobre sus destinos que cualquiera de sus navegantes. Esta vez, el enorme ferry del New Era Joy Park no encabezaba la expedición; ningún barco seguía a ningún otro, sino que todos eran llevados en intervalos irregulares, con unos adelantándose a otros continuamente y prácticamente sin control, a merced del viento y las olas. El Tempestad, el Buda, el barco de la Marina y el enorme ferry habían comenzado a desplazarse, a trompicones, quién sabe con qué destino, a duras penas pudiendo virar sus timones en mitad de las corrientes por las que el mar había optado por llevarlos, y esquivando las enormes rocas que se alzaban fuera de la isla por meros metros. Los mástiles crujían como si estuvieran a punto de partirse en dos, sus velas tensionadas por la tempestad, y las quillas parecían quejarse bajo las negras aguas del South Blue, fruto de la torsión a la que se veían sometidas por las fuerzas del océano. Incluso las brújulas parecían haberse vuelto locas.

Pasaban las horas, y la noche lo engullía todo. La tormenta no parecía ir a cesar, y, contra todo lo previsto, no hacía sino incrementar en su ferocidad y voracidad, extendiéndose por el horizonte, hasta allá donde los ojos pudiesen ver. El mismo horizonte por el que, desde hacía un rato, aquellos lo suficientemente valientes como para permanecer en cubierta, contra, literalmente, viento y marea, habrían visto cómo se aproximaba una silueta, o, mejor dicho, una masa. ¿Tierra? No, se alzaba demasiado alta y demasiado ancha como para ser una isla. Parecía, en su irregularidad, una especie de enorme muro que se extendía de un lado a otro de aquel mismo horizonte, en lo que parecían kilómetros hacia los lados, y cientos de metros hacia los cielos, y cuya silueta solo podía adivinarse al quedar recortada contra el cielo nocturno por la luz de los relámpagos, con un color rojizo característico.

La Red Line los recibía como un coloso dormido, como el muro infranqueable que se había puesto entre tantas otras generaciones y sus sueños, metas e ideales; los había estado esperando. Allí parecían converger las furiosas corrientes que los habían estado arrastrando desde la misma Kutsukku, donde el feroz oleaje parecía, en un giro antinatural de los acontecimientos, comenzar a fluir hacia arriba, hacia la propia Red Line, y ascendía contra la gravedad, a través de la corriente que subía por la propia pared rocosa. Resultaba difícil ver nada, salvo cuando la tempestad se apiadaba de ellos y enviaba aquellos colosales relámpagos, mayores de los que ninguno de ellos hubiese visto jamás, agrietando el cielo a su paso como un enorme cristal roto, e iluminando momentáneamente todo con grandes destellos antes de volver a la completa oscuridad de la noche marina. La lluvia caía en horizontal, cada gota impactaba sobre la piel de los presentes como una pedrada, y el mar rugía por cada costado del barco, como clamando por devorarlo. La cubierta de cada uno de los navíos, que se vieron a sí mismos enzarzados entre corrientes que se cruzaban y chocaban entre sí, era rociada por el oleaje constantemente, y daba la impresión de que, de recibir algo más de presión, los cascos simplemente se partirían en dos, llevándoselos a todos a las profundidades, a donde incontables ilusos antes que ellos habían ido a parar.

Reverse Mountain

Reverse Mountain, el punto de no retorno, se alzaba ante ellos como un umbral, a través de la cual una enorme corriente de agua subía con furia, desafiando cualquier lógica. Poco a poco, los diferentes navíos que habían llegado hasta allí en aquel día señalado se fueron agolpando frente a la montaña, siendo atraídos, arrastrados por las inexplicables corrientes que subían desde el South Blue hasta las alturas de la Red Line. El primero en comenzar el ascenso bajo los enormes portales de piedra que se sucedían por Reverse Mountain fue el enorme ferry, ya fuera por obra de su navegante o por compasión de las aguas, dejando tras de sí una densa estela de humo negro que se deshacía en jirones entre las corrientes de viento cambiantes. Después fue el Buda, con sus velas empapadas comenzando a rasgarse, casi explotando frente a los fuertes vientos que las tensionaban, chorreando agua sobre la cubierta, el timón apenas siendo capaz de permanecer en su lugar sin sucumbir. El barco reglamentario de la Marina que iba justo detrás parecía, a duras penas, capaz de sortear los obstáculos, y su construcción parecía lo suficientemente sólida como para no ceder ante la monstruosa presión a la que se encontraba sometido, tanto dentro como fuera del agua, mientras subía. El último de la caravana que había comenzado a ascender por la Red Line era el Tempestad, cuyo palo mayor había empezado a agrietarse a mitad de trayecto, y cuyo casco resultó agujereado por una de las rojas contra las que impactó. Su bodega había empezado a inundarse a una velocidad vertiginosa.

Tras un ascenso que se antojó eterno, poco a poco, los barcos pudieron ir vislumbrando el final de Reverse Mountain: la cima del mundo, el comienzo del cementerio de piratas, el Grand Line. Y, tras la cima, la caída hacia el vacío, a través de la oscuridad y la espuma del mar.





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RE: [EVENTO CAMBIO ZONA] El punto de no retorno; Parte 4 - por Voz Seductora - 21-04-2026, 11:48 PM

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