22-04-2026, 07:31 AM
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33 Otoño, Año 17
Puerto de Drum - Wu Wei.
Momento del día: Mañana/Medio día
El sol, bajo y deslucido, brillaba con frialdad y distancia, incapaz de ofrecer verdadero calor sobre la isla en la que acababan de atracar. En lo alto, una extensión pálida de azules desvaídos y grises ligeros se extendía sin interrupciones, tiñendo la bóveda celeste la estéril claridad que precede a una tempestad nevada.
Ni una sola nube parecía detenerse demasiado tiempo. Era como si ni siquiera ellas quisieran quedarse demasiado tiempo ahí.
Y, sin embargo, de tanto en cuando, el viento del norte barría el puerto con ráfagas secas y cortantes, bufidos de aire cargados de sal y frío, que se colaban entre los mástiles y las cuerdas del navío como una amenaza áspera.
No había nada calmo. Rígido, quizás.
Bai emergió entonces de entre los camarotes.
Al cruzar el umbral, la destellante claridad pálida del cielo de Drum se volcó sobre su piel marmórea, extendiéndose en ella con una incómoda e invasiva frialdad. Se detuvo un instante. El contraste había sido demasiado abrupto: del interior resguardado al aire seco y gélido del exterior.
—Demasiado frío… —murmuró sintiendo como el vello de su cuerpo, escondido tras capas de piel, se erizaba.
Sin embargo, y frente a lo intuitivo, alzó la diestra y la dispuso sobre sus ojos a modo de visera debido al brillo cegador que surgía de las nubes que actuaban como espejos y, también, por la incomodidad del viento que azotaba sin tregua.
Para aquella ocasión, la birkiniana había recogido su cabello en una coleta baja. No obstante, la pulcritud del gesto no lograba someter del todo su naturaleza indómita ya que, varios mechones, escapaban con rebeldía, agitándose con cada ráfaga, rozando su rostro y, por encima de todo, acentuando su afilado perfil.
De repente, en forma de abrupta sinfonía, una amalgama de voces masculinas —alzadas en gritos, órdenes y ásperas risas— inundó sus oídos. El golpe seco de la mercancía siendo arrastrada y dejada caer sobre la madera endurecida por la quemazón del hiel marcaba un compás irregular, mientras el crujir de las tablas tensas por el frío y el roce de las cuerdas rígidas añadían un contrapunto áspero pero constante.
Era el rugido del puerto.
Una suerte de melodía desafinada, únicamente interrumpida por el graznar insistente de las aves que sobrevolaban aquellas aguas en busca de restos de los que alimentarse.
Con la mano aún protegiéndose la vista, Bai avanzó por la cubierta.
Sus zancadas, amplias y decididas, resonaron con un eco más seco de lo habitual bajo sus pies.
Entonces llegó el verdadero olor.
El aire, más limpio pero y severo que en Little Garden, penetró en sus fosas nasales llevando consigo la fragancia salina del mar, mezclada con el olor del pescado y una humedad constante típica de la costa… junto al sudor frío de los trabajadores.
—Hmmm —su inspiración se asemejó a un murmullo.
Y, a continuación, su pecho se expandió al recibirlo, llenándose de aquel aroma que no era agradable en sentido estricto, pero sí profundamente reconocible.
Después, retuvo el aire unos segundos, lo paladeó y pronto lo dejó escapar en forma de otro largo suspiro, tenue pero notorio.
—Ah…
El mismo olor que en otras islas.
El mismo olor que en el puerto de su hogar.
Bai sonrió para sí misma.
Aquel pensamiento —tan sencillo en apariencia— había despertado en ella una sensación extraña y difícil de expresar. No era exactamente nostalgia. Era... ¿Continuidad, quizá?
La certeza de que, a pesar de las distancias, de los cambios y de las fracturas, el mundo aún conservase ciertos puntos fijos; pequeños anclajes invisibles, persistentes e inalterables, sosteniendo la ilusión de que no todo se desmoronaba al mismo tiempo.
Así pues, complacida por aquella conclusión, Bai recorrió el muelle con la mirada, buscando a sus compañeros entre el ir y venir de figuras abrigadas con cientos de capas y telas gruesas. Pero no los vio.
De nuevo Bai caminó por la cubierta, se acercó al puente y se decidió a bajar del navío.
La joven birkiniana tenía hambre y, aunque era una excusa válida para alejarse de su lugar seguro, no era lo único que la movía; durante la travesía había tenido tiempo de pensar. Demasiado, quizá.
Y a la idea a la que había llegado no le resultaba especialmente reconfortante.
¿Prejuicios, probablemente? Muy posiblemente a decir verdad.
Pues se sentía como el lobo adulto de una manada fragmentada. No el más fuerte —como el adolescente en su punto más álgido—, ni el más sabio —como el anciano que ha sobrevivido a incontables inviernos—, sino como el que avanza primero por pura inercia protectora. El que expone el cuerpo consciente de que alguien tiene que hacerlo.
Sacudió la cabeza con cierta brusquedad.
¿Por qué pensaba así?
Zhang y Mahou no eran débiles. Lo habían demostrado con creces e, incluso, en muchos aspectos los consideraba superiores a ella.
Y aun así…
Aun así no podía evitar sentir aquel impulso de protegerlos.
Bai frunció el ceño mientras paseaba por las transitadas calles del puerto, donde el suelo duro y reseco contrastaba con el aire helado, y se preguntó, por un breve instante, si aquello era genuino o estaba tratando de llenar un vacío.
—¡Cuidado por donde andas! —la voz la arrancó de golpe de sus pensamientos.
Un hombre cargado con dos enormes cajas pasaba peligrosamente cerca de ella. Bai reaccionó tarde e inútilmente pero, aún así, de un salto lateral se apartó del camino.
Parpadeó.
¿Dónde estaba? ¿Hasta dónde le habían llevado sus pies?
Echó un vistazo rápido a su alrededor. Frente a ella, una pequeña edificación abierta al puerto dejaba escapar un hilo de aire cálido y el olor inequívoco de comida caliente. Allí, varios barriles hacían de mesas improvisadas, rodeados de gente que comía de pie o conversaba a gritos, frotándose las manos de vez en cuando o soltando hálitos que vaporizaban en contacto con el aire.
Sin pensarlo demasiado, entró.
Su presencia, como siempre, llamó cierta atención, pero no se detuvo en ello. Ya estaba acostumbrada. Y una vez dentro, mediante gestos —ese lenguaje improvisado que había aprendido a dominar a lo largo de su travesía— consiguió pedir lo que consideró un desayuno adecuado para tres.
Después, pagó y salió.
Ahora el puerto se le antojaba distinto.
Ya no era solo ruido, desorden y caos pues, bajo aquella aparente confusión, se respiraba un ritmo, un único pulso donde hombres y mujeres —estibadores en su mayoría— se coordinaban con orgánica naturalidad, ayudándose los unos a los otros.
Y es que, desde las más grandes hasta las más pequeñas embarcaciones, cargadas hasta los bordes de pescado, descargaban su mercancía con rapidez gracias a la ayuda de esas otras manos —más pequeñas y ágiles— que, al tocar el muelle, tomaban el relevo.
Bai los siguió con la mirada mientras sostenía la comida entre las manos, notando el leve calor filtrarse a través de ella.
Más allá, mujeres y niños recogían los cargamentos, los distribuían en barriles y se desvanecían entre las callejuelas del puerto.
¿Irían al mercado?
La pregunta surgió con ociosa curiosidad mientras emprendía el camino de regreso hacia el barco.
Y, una vez allí, de nuevo en la cubierta, alzó la voz buscando llamar la atención de los compañeros.
—¡Zhang, Mahou!
No añadió nada más ya que suponía que andarían por ahí siendo que era la hora de comer y aún no se habían hecho con la isla.
Después, se giró hacia donde estaba el pasillo hacia la cocina y se adentró en él. Dejó la comida en el centro y, en lo que hacía tiempo, se dispuso a servirse algo para beber.
Bai Mudan
PROCESAMIENTO DEL VACÍO
⚖️ Capitana del Wu Wei
฿105,000,000
Nv.23 — Silogista
Virtudes
Vicios
