26-04-2026, 07:32 PM
—Buenos días, Zhang.
Bai saludó al mink mientras terminaba de organizar los platos con calma y abría los recipientes que acababa de traer.
—¿Cómo has dormido? —preguntó abriendo las tapas y observando como el vapor del desayuno ascendía entre ambos como una tenue frontera.
Pero, al escucharlo hablar, supo de inmediato que no debía interrumpirle. Solo el sonido de la porcelana contra la madera invadía el flujo de la conversación.
—Supongo que Littel Garden casi nos engulle a nosotros también —murmuró sirviéndose un poco de té y sentándose en la mesa.
Después de eso, sorprendida, guardó silencio ante la pregunta del burro. En sus manos, la taza de té —que hasta hacía poco aún humeaba— comenzaba a helarse. En consecuencia, la alzó ligeramente y la llevó a los labios, buscando sentir el resquicio de calor que quedaba antes de darle un trago.
A continuación, la sostuvo cerca del pecho, mientras su mirada se deslizaba hacia la ventana de la cocina, opaca por la escarcha. A través del vidrio apenas se distinguía el horizonte, deformado y difuso, como si el mundo exterior se hubiese transformado. Y, así, permaneció unos segundos, evitando responder de inmediato a la pregunta y demorando una contestación que no estaba segura de poseer.
—Hay algo que nunca os he preguntado, Zhang —dijo con una voz aterciopelada—. Lamentablemente, a muchos de nuestros compañeros ya no podré hacerlo… Pero a ti sí: ¿por qué te uniste a la tripulación?
Tras formular la pregunta, Bai giró el rostro hacia el burro. En sus ojos azules se observaba una frialdad profunda y abismal únicamente. Levantó la taza de nuevo, bebió lo que quedaba del té de un solo trago y dejó la taza vacía sobre la mesa.
—Pareces un hombre —añadió, tras una breve pausa, corrigiéndose apenas rápidamente—, y disculpa que utilice esa palabra, bastante sabio como para saber que la vida en alta mar puede ser extremadamente cruel para nuestros mayores… —continuó mientras apartaba la taza hacia un lado de la mesa, dejando espacio libre—. Así que simplemente asumí que hay algún deseo en ti, algo que anhelas con suficiente fuerza como para arriesgar tu vida. ¿Me equivoco?
Con calma, Bai atrajo hacia sí el plato con embutidos y queso. Tomó un panecillo y comenzó a preparar un sándwich sencillo.
—Mi verdadera pregunta es: ¿sigue siendo ese deseo lo bastante fuerte como para continuar a nuestro lado?
Al ver el sandwich montado, antes de dar el primer bocado, suspiró con resignación; en un lugar como Drum, era evidente que no habría aceitunas ni higos, ni tampoco aquellas frutas a las que estaba acostumbrada... Y eso, pan frío con carnes frías, no era desayunar.
—Durante estos días me he estado preguntando qué es lo que podía unir a una gente tan variopinta como nosotros. Cao, Dong, Han, Lan… todos ellos eran buenas personas que querían vivir en libertad; personas que hicieron de esa idea una ley que sostenía nuestra bandera. Y supongo que ese mismo deseo fue lo que llevó a Alana y a Kay a unirse también. Pero ahora, con la partida de los que ya no están, me pregunto si los sueños que teníamos siguen siendo un lazo… o si, en realidad, estamos viviendo el deseo de alguien que ya no está.
El silencio cayó de golpe sobre la mesa.
Bai dio un bocado al sándwich y, tras masticar unos segundos, asintió levemente, como si aceptara el veredicto de que no estaba tan mal.
—Todavía no lo tengo claro —continuó después de tragar—. En realidad, me duele la cabeza de tanto pensarlo. Lo único que sé es que deberíamos bajar la bandera a media asta por ellos… y mantenerla así hasta que decidamos qué hacer de verdad.
De nuevo, el silencio se instaló entre ambos. El aroma de la comida llenaba el espacio con una calidez engañosa. Por un instante, la imagen del cocinero cruzó su mente: su risa, sus exclamaciones, aquella vez en que había muerto frente a ella… y, aun así, había seguido revivido como si nada pudiera detenerlo. Parecía invencible.
Bai buscó entonces la mirada de Zhang. Tres... Ya no eran tantos, de hecho, no eran prácticamente nada. Con razón el barco se había vuelto tan silencioso. Demasiado grande para los que quedaban. Y, sin embargo, aún resistían.
—Zhang, yo… —frunció el ceño, sintiendo el peso de los recuerdos sobre los hombros. Por un instante, creyó oír la risa estridente de Kay colándose entre sus pensamientos, burlándose de su vacilación y empujándola a hablar.
Sonrió apenas, con una mezcla extraña de cansancio y alivio.
—No sé qué será de nosotros mañana —admitió—. Pero hay algo que tengo claro.
Durante un segundo, sintió cómo la memoria de cada uno de ellos se asentaba en su pecho: la paz de Cao inundarlo, templando el temblor de sus dudas; el orgullo de Dong afirmando su espalda; la determinación de Han aferrándose a sus palabras… y la vigorosidad de Lan empujándola hacia adelante, como una fuerza indómita cuándo se niega a ceder ante la posible derrota.
—Pero sí sé lo que no va a suceder —añadió sintiéndo la energía de Alana flotando en sus palabras, haciéndole a usar un tono que pocas veces había utilizado antes—. No mientras siga en pie... No permitiré que os pase nada —prometió.
Bai saludó al mink mientras terminaba de organizar los platos con calma y abría los recipientes que acababa de traer.
—¿Cómo has dormido? —preguntó abriendo las tapas y observando como el vapor del desayuno ascendía entre ambos como una tenue frontera.
Pero, al escucharlo hablar, supo de inmediato que no debía interrumpirle. Solo el sonido de la porcelana contra la madera invadía el flujo de la conversación.
—Supongo que Littel Garden casi nos engulle a nosotros también —murmuró sirviéndose un poco de té y sentándose en la mesa.
Después de eso, sorprendida, guardó silencio ante la pregunta del burro. En sus manos, la taza de té —que hasta hacía poco aún humeaba— comenzaba a helarse. En consecuencia, la alzó ligeramente y la llevó a los labios, buscando sentir el resquicio de calor que quedaba antes de darle un trago.
A continuación, la sostuvo cerca del pecho, mientras su mirada se deslizaba hacia la ventana de la cocina, opaca por la escarcha. A través del vidrio apenas se distinguía el horizonte, deformado y difuso, como si el mundo exterior se hubiese transformado. Y, así, permaneció unos segundos, evitando responder de inmediato a la pregunta y demorando una contestación que no estaba segura de poseer.
—Hay algo que nunca os he preguntado, Zhang —dijo con una voz aterciopelada—. Lamentablemente, a muchos de nuestros compañeros ya no podré hacerlo… Pero a ti sí: ¿por qué te uniste a la tripulación?
Tras formular la pregunta, Bai giró el rostro hacia el burro. En sus ojos azules se observaba una frialdad profunda y abismal únicamente. Levantó la taza de nuevo, bebió lo que quedaba del té de un solo trago y dejó la taza vacía sobre la mesa.
—Pareces un hombre —añadió, tras una breve pausa, corrigiéndose apenas rápidamente—, y disculpa que utilice esa palabra, bastante sabio como para saber que la vida en alta mar puede ser extremadamente cruel para nuestros mayores… —continuó mientras apartaba la taza hacia un lado de la mesa, dejando espacio libre—. Así que simplemente asumí que hay algún deseo en ti, algo que anhelas con suficiente fuerza como para arriesgar tu vida. ¿Me equivoco?
Con calma, Bai atrajo hacia sí el plato con embutidos y queso. Tomó un panecillo y comenzó a preparar un sándwich sencillo.
—Mi verdadera pregunta es: ¿sigue siendo ese deseo lo bastante fuerte como para continuar a nuestro lado?
Al ver el sandwich montado, antes de dar el primer bocado, suspiró con resignación; en un lugar como Drum, era evidente que no habría aceitunas ni higos, ni tampoco aquellas frutas a las que estaba acostumbrada... Y eso, pan frío con carnes frías, no era desayunar.
—Durante estos días me he estado preguntando qué es lo que podía unir a una gente tan variopinta como nosotros. Cao, Dong, Han, Lan… todos ellos eran buenas personas que querían vivir en libertad; personas que hicieron de esa idea una ley que sostenía nuestra bandera. Y supongo que ese mismo deseo fue lo que llevó a Alana y a Kay a unirse también. Pero ahora, con la partida de los que ya no están, me pregunto si los sueños que teníamos siguen siendo un lazo… o si, en realidad, estamos viviendo el deseo de alguien que ya no está.
El silencio cayó de golpe sobre la mesa.
Bai dio un bocado al sándwich y, tras masticar unos segundos, asintió levemente, como si aceptara el veredicto de que no estaba tan mal.
—Todavía no lo tengo claro —continuó después de tragar—. En realidad, me duele la cabeza de tanto pensarlo. Lo único que sé es que deberíamos bajar la bandera a media asta por ellos… y mantenerla así hasta que decidamos qué hacer de verdad.
De nuevo, el silencio se instaló entre ambos. El aroma de la comida llenaba el espacio con una calidez engañosa. Por un instante, la imagen del cocinero cruzó su mente: su risa, sus exclamaciones, aquella vez en que había muerto frente a ella… y, aun así, había seguido revivido como si nada pudiera detenerlo. Parecía invencible.
Bai buscó entonces la mirada de Zhang. Tres... Ya no eran tantos, de hecho, no eran prácticamente nada. Con razón el barco se había vuelto tan silencioso. Demasiado grande para los que quedaban. Y, sin embargo, aún resistían.
—Zhang, yo… —frunció el ceño, sintiendo el peso de los recuerdos sobre los hombros. Por un instante, creyó oír la risa estridente de Kay colándose entre sus pensamientos, burlándose de su vacilación y empujándola a hablar.
Sonrió apenas, con una mezcla extraña de cansancio y alivio.
—No sé qué será de nosotros mañana —admitió—. Pero hay algo que tengo claro.
Durante un segundo, sintió cómo la memoria de cada uno de ellos se asentaba en su pecho: la paz de Cao inundarlo, templando el temblor de sus dudas; el orgullo de Dong afirmando su espalda; la determinación de Han aferrándose a sus palabras… y la vigorosidad de Lan empujándola hacia adelante, como una fuerza indómita cuándo se niega a ceder ante la posible derrota.
—Pero sí sé lo que no va a suceder —añadió sintiéndo la energía de Alana flotando en sus palabras, haciéndole a usar un tono que pocas veces había utilizado antes—. No mientras siga en pie... No permitiré que os pase nada —prometió.
Bai Mudan
PROCESAMIENTO DEL VACÍO
⚖️ Capitana del Wu Wei
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Nv.23 — Silogista
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