01-05-2026, 05:52 PM
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«Servidor, retratado.
Qué oprobio, por las barbas de Neptuno.»
Lo había visto todo.
Y, para colmo, leía los labios.
No había nada que pudiera hacer salvo, quizá, y solo tal vez, disimular.
Y, para colmo, leía los labios.
No había nada que pudiera hacer salvo, quizá, y solo tal vez, disimular.
«¿Pero cómo?»
¿Con una risa?
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—Je,je.
«No es suficiente.»
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—¡Ja, ja, ja, ja!
«Con más aplomo, Tsunamaro, déjate los higadillos.»
![[Imagen: aDwPKcXh_o.png]](https://images2.imgbox.com/c7/52/aDwPKcXh_o.png)
¡BUAJAJAJAJA!
¡SÍ, TODO ESO PASÓ!
¿VALLENTINA? ¿TE IMAGINAS?
PIÑAMARO PORQUE PAREZCO UNA PIÑA,
¡KuazAJAJA, QUÉ DIVERTIDO, peromejorolvidemoselpasado!
¿VALLENTINA? ¿TE IMAGINAS?
PIÑAMARO PORQUE PAREZCO UNA PIÑA,
¡KuazAJAJA, QUÉ DIVERTIDO, peromejorolvidemoselpasado!
Ojalá hubiera pasado por allí un leviatán y me hubiera engullido. Habría preferido morir hecho suquet entre las fauces de, yo qué sé, un rey marino, por poner de ejemplo a un ilustre bicharraco, que, como era el caso, de vergüenza. Qué mal se me daba, pero qué mal, fingir delante de una chica guapa.
Porque ahora que la tenía cerca, orbitándome como la luna a la tierra, y podía verla desde todos los ángulos, me di cuenta de que, efectivamente, guapa —oh, sí, mamita— era un rato. De las que producen vahídos. ¡De las que detienen el tráfico! Y, encima, en vez de juzgarme mal por lo que vio, se reía conmigo y me seguía la corriente. Un alma generosa, vaya.
Porque ahora que la tenía cerca, orbitándome como la luna a la tierra, y podía verla desde todos los ángulos, me di cuenta de que, efectivamente, guapa —oh, sí, mamita— era un rato. De las que producen vahídos. ¡De las que detienen el tráfico! Y, encima, en vez de juzgarme mal por lo que vio, se reía conmigo y me seguía la corriente. Un alma generosa, vaya.
Sí, un alma generosa...
de más...
generosa dotación ~ Ejé...
![[Imagen: 2h5s9wrE_o.png]](https://images2.imgbox.com/52/b3/2h5s9wrE_o.png)
¡Por las branquias de mis ancestros! Si lo que predican algunos credos era verdad, y se podía pecar de pensamiento, me esperaba sin remedio el fuego eterno.
Y en esas estaba, en mis pesquisas mentales de cariz indecoroso, cuando una mantarraya nos pasó por encima, lenta como un funeral, y nos dejó un instante a oscuras. La sombra me cubrió la cara y apagó por un segundo la imagen de aquella mujer. Me sentó bien, la verdad. Pude recuperar el tino lo suficiente como para darme cuenta de que llevaba un buen rato mirándola con la mandíbula descolgada hasta las aletas de los pies.
«¡Tsunamaro, recomponte, hostias! ¿Qué crees que estás haciendo?»
¡Babear como para engrosar en varias brazas las estadísticas hidrográficas de este nuestro proceloso South Blue! Había olvidado mi plan original —embaucarla para que me invitase a comer, ya que mi almuerzo con... ay, mierda, ¿cómo se llamaba? Vallentina. Se había ido al garete— y había entregado toda mi corporeidad pisciforme a la contemplación de aquel fenómeno submarino.
Tenía que centrarme.
Eso era. Centrarme. Tenía un plan. María acababa de proponerme hacer algo juntos, así que lo tenía a huevo. Solo debía de mantener la cabeza fría, actuar con normalidad y el resto vendría rodado.
«Eso es.»
Cabeza fría y actuar con normalidad.
«Tú puedes.»
Cabeza fría y actuar con normalidad.
«Toda tuya, campeón.»
Cabeza fría y actuar con normalidad.
«Respira.»
—Hhhhhh.
«Muy bien. Y ahora, expira...»
—Pffffff.
«Otra vez: inspira.»
Cabeza fría y actuar con normalidad.
—Hhhhhh.
Cabeza fría y actuar con normalidad. Cabeza fría y actuar con normalidad. Cabeza fría y actuar con normalidad. Cabeza fría y actuar con normalidad. Cabeza fría y actuar con normalidad. Cabeza fría y actuar con normalidad...
Y en esas estaba, en mis pesquisas mentales de cariz indecoroso, cuando una mantarraya nos pasó por encima, lenta como un funeral, y nos dejó un instante a oscuras. La sombra me cubrió la cara y apagó por un segundo la imagen de aquella mujer. Me sentó bien, la verdad. Pude recuperar el tino lo suficiente como para darme cuenta de que llevaba un buen rato mirándola con la mandíbula descolgada hasta las aletas de los pies.
«¡Tsunamaro, recomponte, hostias! ¿Qué crees que estás haciendo?»
¡Babear como para engrosar en varias brazas las estadísticas hidrográficas de este nuestro proceloso South Blue! Había olvidado mi plan original —embaucarla para que me invitase a comer, ya que mi almuerzo con... ay, mierda, ¿cómo se llamaba? Vallentina. Se había ido al garete— y había entregado toda mi corporeidad pisciforme a la contemplación de aquel fenómeno submarino.
Tenía que centrarme.
Eso era. Centrarme. Tenía un plan. María acababa de proponerme hacer algo juntos, así que lo tenía a huevo. Solo debía de mantener la cabeza fría, actuar con normalidad y el resto vendría rodado.
«Eso es.»
Cabeza fría y actuar con normalidad.
«Tú puedes.»
Cabeza fría y actuar con normalidad.
«Toda tuya, campeón.»
Cabeza fría y actuar con normalidad.
«Respira.»
—Hhhhhh.
«Muy bien. Y ahora, expira...»
—Pffffff.
«Otra vez: inspira.»
Cabeza fría y actuar con normalidad.
—Hhhhhh.
Cabeza fría y actuar con normalidad. Cabeza fría y actuar con normalidad. Cabeza fría y actuar con normalidad. Cabeza fría y actuar con normalidad. Cabeza fría y actuar con normalidad. Cabeza fría y actuar con normalidad...
![[Imagen: dG2tF7Wm_o.png]](https://images2.imgbox.com/ce/12/dG2tF7Wm_o.png)
—¡Honorabilísima señorita Merlot!...
No me lo creía. ¿Desde cuándo era mi voz tan grave? Yo quería llamarla por su nombre. María. Pero, maldita sea, era incapaz de razonar a tiempo; mi cuerpo serrano actuaba antes de darle la orden. Estaba pensando, malhaya la mar y todos sus afluentes, con el órgano que, por su tamaño, me acerca más a la condición de cetáceo.
Y es que la belleza cancerbera —me cago en los siete mares— de aquellos cabellos azules, ondulados, tan azules, como digo, que un servidor se encontró preguntándose si no serían esos tirabuzones a los que debían su apellido los Blues de los cuatro puntos cardinales, le había hendido los colmillos a mi músculo palpitante.
Y es que la belleza cancerbera —me cago en los siete mares— de aquellos cabellos azules, ondulados, tan azules, como digo, que un servidor se encontró preguntándose si no serían esos tirabuzones a los que debían su apellido los Blues de los cuatro puntos cardinales, le había hendido los colmillos a mi músculo palpitante.
El corazón, quiero decir. Que me hacía boom, boom, como si quisiera salírseme del pecho.
—...¿Me parece haber escuchado que tiene ganas de unas sabrosas algas y algún néctar? —ronroneé, con cierto deje canallesco en el tono.
Quizá no estaba todo perdido. Estaba a tiempo de reconducir la situación. Tenía que decirle que fuéramos al Le Postín, el de la costa. Allí es adonde iba a ir con... por los barbos de Nereo, ¿cómo se llamaba? Da igual. De Aquella.
—Pues se da la circunstancia de que, apenas tres arrecifes al norte, en una bolsa de aire al fondo de una cueva, hay una tasca con unos primos lejanos míos al frente. Podemos ir nadando. Es discretísima y muy hospitalaria. Si en cinco minutos lo que ve no le compensa el desplazamiento, yo mismo la traigo a cuestas de vuelta a este arrecife.
¡NO! ¡A ESE SITIO NO! ¿Pero qué me estaba pasando? ¿Hasta cuándo iba a durar el embrujo de aquellos dos ojos dorados?
Quizá no estaba todo perdido. Estaba a tiempo de reconducir la situación. Tenía que decirle que fuéramos al Le Postín, el de la costa. Allí es adonde iba a ir con... por los barbos de Nereo, ¿cómo se llamaba? Da igual. De Aquella.
—Pues se da la circunstancia de que, apenas tres arrecifes al norte, en una bolsa de aire al fondo de una cueva, hay una tasca con unos primos lejanos míos al frente. Podemos ir nadando. Es discretísima y muy hospitalaria. Si en cinco minutos lo que ve no le compensa el desplazamiento, yo mismo la traigo a cuestas de vuelta a este arrecife.
¡NO! ¡A ESE SITIO NO! ¿Pero qué me estaba pasando? ¿Hasta cuándo iba a durar el embrujo de aquellos dos ojos dorados?
Daba igual.
No pasaba nada. Todavía estábamos a tiempo de enmendarlo. Iríamos a... ese sitio. De acuerdo. Pero allí también dispensan buen yantar. Comería hasta reventar y, cuando tocase pagar la cuenta, diría que me había dejado la cartera. Sí, eso pensaba hacer.
—Y, ni que decirlo tiene..
¡Un momento!
—...por supuestísimo,
¿Iba a hacer...? No. No sería capaz de repetir esas dos palabras.
—Yo invito.
¡AAAAAH! ¡¿Dónde hay una cisterna de bromuro cuando un pez pedestre lo necesita?!
—Y, ni que decirlo tiene..
¡Un momento!
—...por supuestísimo,
¿Iba a hacer...? No. No sería capaz de repetir esas dos palabras.
—Yo invito.
¡AAAAAH! ¡¿Dónde hay una cisterna de bromuro cuando un pez pedestre lo necesita?!
Resumen y Karmas
