Kibai se rascó la nariz, mirando hacia Seraphine con una sonrisa.
— Podría enseñarte alguans cosas pero no esperes que te revele mis trucos secretos, eh? Uno ddebe guardarse siempre ases bajo la manda para sorprender al mundo. Aunque ahora mismo, te puedo ofrecer eso si, un consejo: no tengas miedo a experimentar. Hay muchisimos platos que surgieron por error, por accidente o por casualidad. Uno debe siempre salirse del libro y seguir su propia intuición. Y si pones tu corazón en ello, si de verdad cocinas con la intención de nutrir y cuidar, tu comida siempre hará sonreír a la persona a la que se la has preparado. Esa es la verdadera magia de la cocina.
Sin embargo, al observar la reacción de Seraphine, Kibai notó que el tono de la conversación anterior sobre su naturaleza todavía pesaba en el aire. Comprobando que efectivamente sus palabras habían calado más duramente de lo que pensaba, la sonrisa abandonó el rostro de Kibai, adoptando un semblante más serio. Sus orejas se agacharon apenas unos milímetros, en un gesto de empatía hacia la joven.
— No tanto como un insulto, pero no es algo que me guste escuchar a la ligera de cualquier persona. Y si, al mirar la luna llena, nos volvemos más grandes, pero también más fuertes, más rapidos... Eso si, también cambia algo dentro de nosotros, y si no conseguimos controlarnos, podemos perder la noción de quienes somos. El instinto nos domina, por así decirlo. De hecho, procuro no mirar nunca la luna cuando estoy con mi gente, por su propio bien. No sé si alguno de mis compañeros, con excepción de los mandos de la base, serían capaces de detenerme en ese estado. Es una responsabilidad que llevamos a cuestas, una bendición y una maldición a partes iguales.
Leyendo las siguientes frases que escribia su acompañante, Kibai hizo un ademán con la mano quitándole importancia.
— Bah, no te preocupes, no creo que haga falta disculparse tanto. Como mucho te daré un coscorrón si me incordias mucho. —bromeó, recuperando ese brillo socarrón en la mirada. — Aunque por suerte he sido bendecido con una buena dosis de paciencia. He tratado con reclutas mucho más difíciles que tú, te lo aseguro.
Sorprendido, el mink vio como Seraphine salía corriendo hacia las personas que estaban alrededor de la red de voleibol, y tras hablar brevemente con ellos, le indicó que se acercase. Saboreando el desafío, Kibai se acercó, soltando su capa en la arena por el camino, dejando ver la potente musculatura que ocultaba debajo. Con dos breves gestos, soltó los botones de los puños de su camisa, y remangó la tela blanca dando varias vueltas a cada manga.
— Buenas tardes, mi nombre es Kibai, y ella es Seraphine, nos gustaría jugar si os apetece.
Dos de los presentes, un hombre alto de piel curtida por el sol y una mujer de movimientos ágiles dieron un paso al frente con sonrisas desafiantes.
— ¡Claro que sí! — respondió él, estrechando la mano de Kibai con firmeza. — Yo soy Freddy y ella es Elena. Estábamos buscando a alguien que se atreviera a quitarnos el puesto de la pista. ¡Bienvenidos al reto!
Ambos equipos se colocaron a ambos lados de la red. Otro de los presentes, que había decidido hacer de árbitro improvisado para disfrutar del espectáculo, se acercó al centro de la red sosteniendo una moneda en la mano.
— Bien, hagamos esto oficial — anunció el árbitro con tono solemne claramente impostado. — Cara para los veteranos, cruz para los recién llegados.
Lanzó la moneda al aire, que brilló bajo la luz de las antorchas mientras giraba sobre sí misma. Tras un segundo de suspense, la capturó en el dorso de su mano.
— ¡Cara! —exclamó. — Freddy y Elena sacan primero.
El mink y la joven alada se situaron rápidamente en su lado de la pista, ocupando sus posiciones. Kibai, sintiendo cómo la adrenalina empezaba a recorrer su cuerpo, se crujió los nudillos con un sonido seco y satisfactorio. Sus ojos estaban fijos en el balón que Freddy ya sostenía en el fondo de la pista contraria. Su cola se agitaba de lado a lado con un ritmo frenético, delatando su ansiedad por que empezara el encuentro.
— Eh, Sera — susurró sin apartar la vista del frente. — Vamos a darles un espectáculo que no olvidarán.
