02-05-2026, 07:33 PM
¿Cuánto tiempo había pasado ya desde su llegada a Mogaro? La pregunta asaltó la cabeza del panda repentinamente, interrumpiendo su lectura momentáneamente. Las palabras del antiguo manuscrito que sostenía entre sus manos dejaron de circular por su mirada, que se quedó vacía unos instantes mientras se dedicaba por entero a este último pensamiento. Los cálculos mentales se sucedieron como a quien se le ha olvidado el cumpleaños de un amigo cercano. Celebraron el Día de la Liberación el 41 de primavera, hacía ya dos estaciones y algo más de 20 días. No faltaba tanto tiempo para la llevada del segundo aniversario de la liberación de la isla. También hacía un tiempo que no veía a Kisuke, que últimamente estaba muy liado con la gestión de los edificios de la isla y del personal. Don Bambú se encerraba habitualmente a leer en la biblioteca del antiguo palacio real, que estaba sorprendentemente dotada. De sus viejos libros había extraído información muy valiosa, como una serie de relevantes conocimientos sobre la historia del mundo e incluso había encontrado textos que hablaban de algo tan misterioso como era el haki.
Definitivamente, había aprendido mucho.
Pero había sido también un año y medio muy pacífico, demasiado. Salvando los ocasionales entrenamientos con su comandante, el cuerpo de Bambú casi nunca llegaba a estar cerca de su límite como lo había estado en pasados enfrentamientos. El paradero de Kovashi continuaba siendo un misterio, y eso que Don Bambú estaba pendiente de los periódicos. Suspiró sonoramente en la estancia vacía en la que se encontraba. Rara vez había gente frecuentando la biblioteca con él, quizás por respeto a su enorme figura o tal vez porque daba un poco de miedo estar cerca de un mink de aspecto tan amenazante, por muy bondadoso que fuera. Cerró el libro con cuidado, dejando un marcapáginas de papel en la hoja en la que se había quedado y se levantó apartando la silla hacia atrás. Miró por la ventana sin excesivo ánimo. La luz del sol se filtraba ya por las ventanas orientales e iluminaban las partículas de polvo que flotaban en el denso aire de la biblioteca. No le venía mal algo de aire al local, aunque dejar las puertas abiertas implicaba un cierto riesgo si de repente empezaba a llover. Aun así, le apetecía estirar las piernas, así que abrió una de las ventanas y apoyó su pierna izquierda sobre el alféizar, aspirando un poco de aire fresco. Al lado de la ventana descansaba, apoyada contra la pared, Preypiercer. Don Bambú la recogió y se la enganchó a la espalda sin mayor ceremonia. En la distancia, bordeando la costa oeste de la isla, podían apreciarse las casas del Pueblo Bayo. Oscuros puntos rodeados de la luz del sol que ya se escondía en el horizonte. —Veamos... —Con sorprendente agilidad para un mink de su tamaño, Don Bambú sacó las manos por la ventana y, sujetándose a las rocosas paredes con sus uñas, salió por la ventana y empezó a trepar hasta lo alto de la torre donde se encontraba el local de la biblioteca. Desde allí, más o menos a una altura de 25 metros, podía ver con toda claridad el puerto de la capital. —Cielos —Allí en la distancia, brillando con un rojo intenso en contraste con su trío de blancas velas, un galeón de proporciones colosales descansaba en el puerto. ¿Qué debería hacer en una situación así? Claramente un navío de tales proporciones no pertenecía a un cualquiera, pero no se le ocurría a quién podía pertenecer semejante barco. No obstante, por lo menos debería echar un ojo.
Sin pensárselo dos veces, Don Bambú cogió un poco de carrerilla hasta el borde de la torre y haciendo que el suelo se tambalease a sus pies, pegó un salto tal que sobrepasó las murallas del castillo y aterrizó en plena calle principal de Kamome, levantando una pequeña humareda que, al disiparse, desveló un pequeño cráter donde antes había aterrizado un panda. Bambú ya se encontraba dirigiéndose a paso ligero hasta el puerto de la ciudad.
Definitivamente, había aprendido mucho.
Pero había sido también un año y medio muy pacífico, demasiado. Salvando los ocasionales entrenamientos con su comandante, el cuerpo de Bambú casi nunca llegaba a estar cerca de su límite como lo había estado en pasados enfrentamientos. El paradero de Kovashi continuaba siendo un misterio, y eso que Don Bambú estaba pendiente de los periódicos. Suspiró sonoramente en la estancia vacía en la que se encontraba. Rara vez había gente frecuentando la biblioteca con él, quizás por respeto a su enorme figura o tal vez porque daba un poco de miedo estar cerca de un mink de aspecto tan amenazante, por muy bondadoso que fuera. Cerró el libro con cuidado, dejando un marcapáginas de papel en la hoja en la que se había quedado y se levantó apartando la silla hacia atrás. Miró por la ventana sin excesivo ánimo. La luz del sol se filtraba ya por las ventanas orientales e iluminaban las partículas de polvo que flotaban en el denso aire de la biblioteca. No le venía mal algo de aire al local, aunque dejar las puertas abiertas implicaba un cierto riesgo si de repente empezaba a llover. Aun así, le apetecía estirar las piernas, así que abrió una de las ventanas y apoyó su pierna izquierda sobre el alféizar, aspirando un poco de aire fresco. Al lado de la ventana descansaba, apoyada contra la pared, Preypiercer. Don Bambú la recogió y se la enganchó a la espalda sin mayor ceremonia. En la distancia, bordeando la costa oeste de la isla, podían apreciarse las casas del Pueblo Bayo. Oscuros puntos rodeados de la luz del sol que ya se escondía en el horizonte. —Veamos... —Con sorprendente agilidad para un mink de su tamaño, Don Bambú sacó las manos por la ventana y, sujetándose a las rocosas paredes con sus uñas, salió por la ventana y empezó a trepar hasta lo alto de la torre donde se encontraba el local de la biblioteca. Desde allí, más o menos a una altura de 25 metros, podía ver con toda claridad el puerto de la capital. —Cielos —Allí en la distancia, brillando con un rojo intenso en contraste con su trío de blancas velas, un galeón de proporciones colosales descansaba en el puerto. ¿Qué debería hacer en una situación así? Claramente un navío de tales proporciones no pertenecía a un cualquiera, pero no se le ocurría a quién podía pertenecer semejante barco. No obstante, por lo menos debería echar un ojo.
Sin pensárselo dos veces, Don Bambú cogió un poco de carrerilla hasta el borde de la torre y haciendo que el suelo se tambalease a sus pies, pegó un salto tal que sobrepasó las murallas del castillo y aterrizó en plena calle principal de Kamome, levantando una pequeña humareda que, al disiparse, desveló un pequeño cráter donde antes había aterrizado un panda. Bambú ya se encontraba dirigiéndose a paso ligero hasta el puerto de la ciudad.
Datos
