03-05-2026, 11:10 AM
(Última modificación: 03-05-2026, 11:15 AM por Sigurd Haakon.)
El insolente okama ya ha recibido su merecido. Le advertí que no cruzara según que líneas. Una vez lo permito, dos no. Y más cuando te estoy advirtiendo de lo que pasará si no respetas mi nombre. Aún así, con un brazo más fuera que dentro y con el cuerpo lleno de perdigones de madera y astillas, creo que ya es suficiente aprendizaje. Ahora recordará para siempre que no soy "cariño" ni "darling" ni pollas en vinagre. Sigurd, Sigurd Hakkon, orgulloso Bucanero. Así me llamo.
Con el trabajo hecho pero con la miel en los labios de todavía saborear una buena masacre, me voy a girar en busca de más bronca, pero otro ser se me adelanta. Una especie de criatura embutida en un traje de látex ceñido y aspecto de insecto, con antenas y protuberancias gomosas. Que asco. Lo miro con cara desagradable mientras veo que hace con atención. Al final, por mucho repelús que me dé, ha sido la única persona capaz de dar un paso al frente por su aliada. La criatura se lanza veloz a recoger el cuerpo herido de la gran okama y se lo lleva a un rincón, alejándola del peligro mortal de mis arranques de ira. Bastante inteligente por su parte, aunque demasiado atrevido, pues ahora toda mi atención cae sobre... ¿Ella? Su silueta me dice que es una mujer, aunque en este lugar uno nunca sabe la respuesta. Aunque cuando se trata de pelear, el género queda a un lado y lo único que importa es la destreza y la sed de sangre. Para la muerte, todos somos iguales.
La mujer-polilla le dedica unas palabras a su compañera. Grave error, pues podría aprovechar el momento y atacar por la espalda. En la guerra todo vale, y ha sido decisión suya el darme la espalda. Aún así, y en vista de que no hay más guerreros fuertes en este lugar, le dejo su espacio, no sin antes farfullar para que preste atención. -¡No tengo todo el día...!- grito mientras con un gesto rápido dejo caer a Yggdrasil en el suelo, que se clava a mis pies, cerquita mío por si la he de volver a recuperar. Al terminar, se gira y me lanza una mirada fulminante, cargada de determinación y desafío. Está molesta, me gusta. Yo le devuelvo una sonrisa orgullosa y cargada de confianza. Desarmado, pero listo para la acción , choco mis nudillos frente a mi, a la altura del pecho, provocando un potente estallido, anunciando lo listo que estoy para empezar. Si quiere bailar, bailaremos. Pero para mí desgracia, no toma la iniciativa, sino que se pone a charlar. Otra vez. Que si soy un bruto, que si soy el que más destaca... Bla, bla, bla... Paparruchadas y halagos que llegan del enemigo. Ya he hecho méritos para merecerlos, pero es hora de que hablen los puños. Además, aunque esta tipa ha tenido la voluntad de dar un paso al frente y enfrentarme, no goza del mismo respeto que la anterior. ¿La razón? No soporto a la gente enmascarada. Aquellos que ocultan su rostro, sea por la razón que sea denotan vergüenza sobre ellos y falta de amor propio. Cobardía. Aquellos que no son libres de ser, no merecen mi clemencia.
La mujer termina de hablar y se lanza como una bala a por mi. Por fin. Su movimiento es rápido, casi fugaz. Un salto diagonal directo a mi rostro. La clásica de los seres más diminutos. Aún así, como de costumbre, se ponen en desventaja al tener que mantenerse en el aire. Veo como a mitad de camino carga su puño para atrás, preparando una acometida que culmine en mi cara. Pero no se lo permito. A mitad del vuelo, con una velocidad apabullante, me hago con dos de mis martillos gemelos y los desenvaino en un movimiento tenaz que culmina con estos aplastando al insecto desde ambos lados. Cada uno desde un flanco distinto, aprisionando sus brazos contra su torso como quien aplaude a un molesto mosquito para matarlo. Solo que esta vez es una persona y dos martillos enormes.
No contento con eso, ejecuto mi siguiente ataque seguido del primero, sin dejar tiempo a interrupciones de ninguna clase. Liberando de la presión a mi rival, que se sostiene en el aire para descender de forma súbita, alzo mis brazos tan alto como puedo para, cuando alcanzan el cielo de los dioses, se descarguen en un impacto atronador en picado. Ambos martillos caen sobre los hombros de la mujer y la catapultan hacia el suelo. Acompaño el movimiento hasta abajo, como quien clava un clavo en la madera, estrellando a aquel ser, provocando un gran cráter que hace temblar todo el lugar y un estallido que revienta todos los cristales del garito.
Me alzo impertérrito, acostumbrado a este tipo de cosas. Altivo y orgulloso, extendiendo mi sombra sobre el cuerpo aplastando de mi enemigo, como un presagio de muerte anunciada. La criatura aún respira, a duras penas. Su cuerpo está machacado contra el suelo e Yggdrasil descansa a su lado como una promesa del final más crudo y salvaje. Esto está visto para sentencia... Y tengo curiosidad por ver qué se esconde tras la máscara.
Con el trabajo hecho pero con la miel en los labios de todavía saborear una buena masacre, me voy a girar en busca de más bronca, pero otro ser se me adelanta. Una especie de criatura embutida en un traje de látex ceñido y aspecto de insecto, con antenas y protuberancias gomosas. Que asco. Lo miro con cara desagradable mientras veo que hace con atención. Al final, por mucho repelús que me dé, ha sido la única persona capaz de dar un paso al frente por su aliada. La criatura se lanza veloz a recoger el cuerpo herido de la gran okama y se lo lleva a un rincón, alejándola del peligro mortal de mis arranques de ira. Bastante inteligente por su parte, aunque demasiado atrevido, pues ahora toda mi atención cae sobre... ¿Ella? Su silueta me dice que es una mujer, aunque en este lugar uno nunca sabe la respuesta. Aunque cuando se trata de pelear, el género queda a un lado y lo único que importa es la destreza y la sed de sangre. Para la muerte, todos somos iguales.
La mujer-polilla le dedica unas palabras a su compañera. Grave error, pues podría aprovechar el momento y atacar por la espalda. En la guerra todo vale, y ha sido decisión suya el darme la espalda. Aún así, y en vista de que no hay más guerreros fuertes en este lugar, le dejo su espacio, no sin antes farfullar para que preste atención. -¡No tengo todo el día...!- grito mientras con un gesto rápido dejo caer a Yggdrasil en el suelo, que se clava a mis pies, cerquita mío por si la he de volver a recuperar. Al terminar, se gira y me lanza una mirada fulminante, cargada de determinación y desafío. Está molesta, me gusta. Yo le devuelvo una sonrisa orgullosa y cargada de confianza. Desarmado, pero listo para la acción , choco mis nudillos frente a mi, a la altura del pecho, provocando un potente estallido, anunciando lo listo que estoy para empezar. Si quiere bailar, bailaremos. Pero para mí desgracia, no toma la iniciativa, sino que se pone a charlar. Otra vez. Que si soy un bruto, que si soy el que más destaca... Bla, bla, bla... Paparruchadas y halagos que llegan del enemigo. Ya he hecho méritos para merecerlos, pero es hora de que hablen los puños. Además, aunque esta tipa ha tenido la voluntad de dar un paso al frente y enfrentarme, no goza del mismo respeto que la anterior. ¿La razón? No soporto a la gente enmascarada. Aquellos que ocultan su rostro, sea por la razón que sea denotan vergüenza sobre ellos y falta de amor propio. Cobardía. Aquellos que no son libres de ser, no merecen mi clemencia.
La mujer termina de hablar y se lanza como una bala a por mi. Por fin. Su movimiento es rápido, casi fugaz. Un salto diagonal directo a mi rostro. La clásica de los seres más diminutos. Aún así, como de costumbre, se ponen en desventaja al tener que mantenerse en el aire. Veo como a mitad de camino carga su puño para atrás, preparando una acometida que culmine en mi cara. Pero no se lo permito. A mitad del vuelo, con una velocidad apabullante, me hago con dos de mis martillos gemelos y los desenvaino en un movimiento tenaz que culmina con estos aplastando al insecto desde ambos lados. Cada uno desde un flanco distinto, aprisionando sus brazos contra su torso como quien aplaude a un molesto mosquito para matarlo. Solo que esta vez es una persona y dos martillos enormes.
No contento con eso, ejecuto mi siguiente ataque seguido del primero, sin dejar tiempo a interrupciones de ninguna clase. Liberando de la presión a mi rival, que se sostiene en el aire para descender de forma súbita, alzo mis brazos tan alto como puedo para, cuando alcanzan el cielo de los dioses, se descarguen en un impacto atronador en picado. Ambos martillos caen sobre los hombros de la mujer y la catapultan hacia el suelo. Acompaño el movimiento hasta abajo, como quien clava un clavo en la madera, estrellando a aquel ser, provocando un gran cráter que hace temblar todo el lugar y un estallido que revienta todos los cristales del garito.
Me alzo impertérrito, acostumbrado a este tipo de cosas. Altivo y orgulloso, extendiendo mi sombra sobre el cuerpo aplastando de mi enemigo, como un presagio de muerte anunciada. La criatura aún respira, a duras penas. Su cuerpo está machacado contra el suelo e Yggdrasil descansa a su lado como una promesa del final más crudo y salvaje. Esto está visto para sentencia... Y tengo curiosidad por ver qué se esconde tras la máscara.
En efecto, cajita feliz
