04-05-2026, 07:41 PM
Día 6 de Primavera, Año 15
El sol caía lento y pesado sobre la plaza principal del pueblo Baquella, tiñiendo el cielo de un naranja brillante y los adoquines de la plaza de un cálido color dorado. Akira suspiró, dejando aquel manual tan gordo, más gordo que el libro de Petete, que trataba sobre las leyes y ordenanzas de la justicia, encima de sus muslos. Estaba sentado en una mesa en la biblioteca y mirando por la ventana, había tenido suerte con el sitio y no es que se aburriera si se ponía a observar lo que hacía la gente en la placita. Aunque se acababa perdiendo y olvidándose de que tenía el libro delante. Le faltaban apenas unos días para el examen teórico de ingreso a la Marina, tenía que ponerse las pilas estudiando, pero esa barrera burocrática existía, y tenía que aprobar. Aunque ya estaba cayendo el sol, así que, por hoy, era suficiente.
Bajó a la plaza para disfrutar del atardecer, de aquella enorme estrella gigante que se escondía por el mar, aprovechando para despejar un poco la mente y comprar algo de cena para llevar a casa. Pero el murmullo de la gente lo distraía, y ahora, el futuro marine solo quería paz y desconexión.
A su derecha, nada más salir de la biblioteca, tenía a un adulto tieso, muy recto, con una postura rígida, mirando también al horizonte, pero también con un periódico en sus manos. Junto él, dos hombres más que compartían entre ellos trozos de pan y embutido mientras hablaban en susurros. No sabía diferenciar si estaban cenando tranquilamente o si de verdad estaban tramando algo, así que se acercó a ellos. En esta isla todos se conocían prácticamente, así que tan pronto se acercó le llamaron por su nombre.
—Ya veo… —le dijo aquel que sostenía el periódico tan pronto diferenció el libro que Akira llevaba en la mano—. La justicia no es un concepto abstracto, Akira, es la voluntad del gobierno para garantizar la paz… Pero no te cases con él —le comentó en voz baja intentando acordarse de uno de los primeros artículos sin mucha suerte.
—Parece que estés leyendo la Biblia o algo —le contestó uno de sus compañeros, un hombre de unos 40 años y ojos vivos—. Si la justicia necesita tantos libros para explicarse, igual no es tan natural como nos quieren hacer creer —Akira los escuchaba a unos pasos, así que se acercó a ellos y levantó la vista, entrecerrando un poco los ojos con aquel resplandor final del sol.
—Estudias para el examen de ingreso, ¿verdad? —le preguntó el más callado de los tres.—. ¿Quieres ese uniforme blanco y poder decidir quién muere y quién no?
—Eso lo decide un juez —le interrumpió el rubio—. Yo quiero orden, paz, vivir tranquilo y que nadie me moleste mientras voy a la playa a hacer surf… Y últimamente las costas se están llenando de piratas que no traen nada bueno. El mar es un caos. Y si para tener voz y las herramientas para poder detener esto tengo que aprenderme de memoria tres mil leyes, lo haré.
Y entonces el hombre del periódico lo dobló con precisión y le lanzó una mirada fría que hizo que por un momento Akira se sintiera bajo un microscopio, como un sujeto de pruebas de un laboratorio—. El orden sin disciplina es una ilusión, sin poder no existe. Ten cuidado, Akira, la Marina no busca filósofos ni entusiastas, busca herramientas. Si tu voluntad flaquea, no vas a sobrevivir en este mar, no me quiero ni imaginar en el Grand Line.
—Si mi voluntad flaquea, ya me encargaré yo de fortalecerla —y les dio la espalda. Los dejó mientras seguían hablando de la libertad, del orden y de las herramientas como si el mundo fuera un reloj que necesita que le den cuerda, pero no estaban teniendo en cuenta el factor más importante: la gente. ¿Qué pasa con la gente? ¿Qué pasa cuando a alguien le pegan una paliza o le roban? Si el camino en este mundo para poder proteger era convertirse en una herramienta, Akira iba a ser una herramienta perfecta. No entraba en sus planes actuar para beneficiar a alguien que no fuera la gente buena y honesta.
La gente últimamente estaba muy confundida. Puede que el Gobierno Mundial fuera el punto final de lo que dictara la Marina, pero la Marina era mucho más que su cuerpo armado. Los primeros escribían leyes y dictaban sentencia, y los segundos protegían al débil y buscan de hacer del mundo un lugar mejor. Se sentó en un banco de la plaza, junto a la fuente, y terminó de ver el atardecer, dejando a aquellos tres a la entrada de la biblioteca.
—El sistema no es perfecto, pero es lo único que mantiene al mundo unido… Si consigo entrar en la Marina y algo no funciona, podré cambiarlo desde dentro y no quejándome sin hacer nada —pensó mientras se acordaba de la conversación que acababa de tener con aquel grupo de señores que le doblaban la edad y que, a pesar de ser tan críticos, no hacían absolutamente nada para cambiar aquello que les molestaba.
Bajó a la plaza para disfrutar del atardecer, de aquella enorme estrella gigante que se escondía por el mar, aprovechando para despejar un poco la mente y comprar algo de cena para llevar a casa. Pero el murmullo de la gente lo distraía, y ahora, el futuro marine solo quería paz y desconexión.
A su derecha, nada más salir de la biblioteca, tenía a un adulto tieso, muy recto, con una postura rígida, mirando también al horizonte, pero también con un periódico en sus manos. Junto él, dos hombres más que compartían entre ellos trozos de pan y embutido mientras hablaban en susurros. No sabía diferenciar si estaban cenando tranquilamente o si de verdad estaban tramando algo, así que se acercó a ellos. En esta isla todos se conocían prácticamente, así que tan pronto se acercó le llamaron por su nombre.
—Ya veo… —le dijo aquel que sostenía el periódico tan pronto diferenció el libro que Akira llevaba en la mano—. La justicia no es un concepto abstracto, Akira, es la voluntad del gobierno para garantizar la paz… Pero no te cases con él —le comentó en voz baja intentando acordarse de uno de los primeros artículos sin mucha suerte.
—Parece que estés leyendo la Biblia o algo —le contestó uno de sus compañeros, un hombre de unos 40 años y ojos vivos—. Si la justicia necesita tantos libros para explicarse, igual no es tan natural como nos quieren hacer creer —Akira los escuchaba a unos pasos, así que se acercó a ellos y levantó la vista, entrecerrando un poco los ojos con aquel resplandor final del sol.
—Estudias para el examen de ingreso, ¿verdad? —le preguntó el más callado de los tres.—. ¿Quieres ese uniforme blanco y poder decidir quién muere y quién no?
—Eso lo decide un juez —le interrumpió el rubio—. Yo quiero orden, paz, vivir tranquilo y que nadie me moleste mientras voy a la playa a hacer surf… Y últimamente las costas se están llenando de piratas que no traen nada bueno. El mar es un caos. Y si para tener voz y las herramientas para poder detener esto tengo que aprenderme de memoria tres mil leyes, lo haré.
Y entonces el hombre del periódico lo dobló con precisión y le lanzó una mirada fría que hizo que por un momento Akira se sintiera bajo un microscopio, como un sujeto de pruebas de un laboratorio—. El orden sin disciplina es una ilusión, sin poder no existe. Ten cuidado, Akira, la Marina no busca filósofos ni entusiastas, busca herramientas. Si tu voluntad flaquea, no vas a sobrevivir en este mar, no me quiero ni imaginar en el Grand Line.
—Si mi voluntad flaquea, ya me encargaré yo de fortalecerla —y les dio la espalda. Los dejó mientras seguían hablando de la libertad, del orden y de las herramientas como si el mundo fuera un reloj que necesita que le den cuerda, pero no estaban teniendo en cuenta el factor más importante: la gente. ¿Qué pasa con la gente? ¿Qué pasa cuando a alguien le pegan una paliza o le roban? Si el camino en este mundo para poder proteger era convertirse en una herramienta, Akira iba a ser una herramienta perfecta. No entraba en sus planes actuar para beneficiar a alguien que no fuera la gente buena y honesta.
La gente últimamente estaba muy confundida. Puede que el Gobierno Mundial fuera el punto final de lo que dictara la Marina, pero la Marina era mucho más que su cuerpo armado. Los primeros escribían leyes y dictaban sentencia, y los segundos protegían al débil y buscan de hacer del mundo un lugar mejor. Se sentó en un banco de la plaza, junto a la fuente, y terminó de ver el atardecer, dejando a aquellos tres a la entrada de la biblioteca.
—El sistema no es perfecto, pero es lo único que mantiene al mundo unido… Si consigo entrar en la Marina y algo no funciona, podré cambiarlo desde dentro y no quejándome sin hacer nada —pensó mientras se acordaba de la conversación que acababa de tener con aquel grupo de señores que le doblaban la edad y que, a pesar de ser tan críticos, no hacían absolutamente nada para cambiar aquello que les molestaba.

