06-05-2026, 08:55 PM
(Última modificación: 06-05-2026, 08:56 PM por Jolyne Jones.)
Cruzamos la puerta y nada más poner una pata dentro supe que aquel sitio no era trigo limpio. Nos encontramos en una sala con ocho puertas en total, cada una con su número y un nombre debajo. — ¿Mecatrónica? ¿Cognitiva?... — me aburría de solo leerlos. Paseé la mirada entre uno y otro sin perder detalle, como si entendiera lo que querían decir todas esas palabras. Por último, me giré para ver la puerta por la que habíamos venido. No había nada de “entrada” o “salida”, solo un raro “pruebas en entorno controlado”. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. En el centro de la habitación había una rejilla en el techo y una especie de chapa con unas siglas y dibujos en el suelo. Todo parecía muy tecnológico y artificial, cosa que me daba muy mala espina. No tenía nada que ver con la civilización que habíamos encontrado ahí fuera.
No tardamos en escuchar una voz alegre que resonaba por toda la sala. Nos daba la bienvenida y, al mismo tiempo, nos dejaba claro que si estábamos allí era porque nos habían dejado entrar. Hablaba de una colaboración como si nos hubiésemos apuntado voluntarios a su feria particular. Bufé sin disimular porque aquello me olía a trampa desde antes de que hubiese dicho nada. — Yo no colaboraría si no hay ningún ternero de por medio — le susurré a Triana. La puerta número cuatro se abrió en ese momento. Según se podía ver, daba a otra habitación distinta con una plataforma en el centro. Mientras la voz seguía hablando, un gas comenzó a salir de la rejilla del techo de la habitación en la que nos encontrábamos. No me hacían falta explicaciones para saber que ese gas no sería solo fertilizante para plantas y, cuando empezó a hablar de aquella Marine de Sabaody, recordé el pequeño incidente que tuvimos Kenzo y yo con su fruta. Recalcó que había sido asesinada por mí, haciendo que me encogiera de hombros con gesto de duda. Tal vez yo le hubiese pegado un par de tiros, pero Kenzo también le dio uno de sus golpes y quedó petrificado al momento. – El culpable fue Kenzo y de esa burra no me bajo – añadí a su discurso señalando esta vez al muchacho–. Y, según comentó, el gas bajaría hacia nosotros a no ser que entrásemos en la siguiente sala.
Todo esto se estaba empezando a parecer peligrosamente a una yincana en las fiestas del pueblo, pero aquí perder no solo implicaría no conseguir el premio al explorador de la temporada. Y vale que esto pudiera ser solo una trampa, pero, por extraño que fuera, ese tipo sabía demasiadas cosas sobre nosotros y nuestras andanzas como para ignorarle. Además, sabiendo que el gas venía de esa Marine, sabía que la amenaza era auténtica. — Por desgracia tiene razón, esa Marine era muy peligrosa y tiene venenos muy fuertes. Y si no que se lo digan a Kenzo —advertí entre risas a mis compañeros al recordándole paralizado como una cabra. Crucé la puerta entre quejas y tapándome mis fosas nasales como si eso fuera a servir de algo y esperé a que todos mis compañeros hicieran lo mismo. Tampoco nos quedaba otra si no queríamos salir de allí intoxicados o muertos.
La puerta se volvió a cerrar a nuestras espaldas salvándonos por el momento del gas, y resoplé. Si esto iba a ser siempre así, habría que ver quién es el listo que encontraba la salida. Iríamos poco a poco adentrándonos a un laberinto de puertas desconocido y a merced de un lunático que solo nos habla. Pero esto solo nos confirmaba que algo quería de nosotros, si no, ya nos habría matado en la anterior sala. La nueva sala era tan simple como me esperaba, con solo la plataforma de cristal que ya habíamos visto en el centro. Al parecer, estábamos en un llamado campo de pruebas balístico. Miré a mi alrededor buscando algo que le hiciera justicia al nombre, pero no vi nada de eso. Su explicación dejó claro lo que quería: uno se queda y el resto avanza. Así nos separa y solo uno de nosotros se encuentra con Utakata. Pero eso no era lo único malo, y es que estaba hablando de ofrecernos como experimentos en el camino.
Un pequeño brillo en la plataforma nos invitaba a subir. — Vosotros no os entretengáis con pequeñas minucias… — dije al resto de mis compañeros mientras andaba hacia el cristal –. Me quité el rifle de la espalda y lo coloqué entre mis manos. Si esto era un campo de pruebas balístico, iba a enseñarle que mis disparos no se pueden medir. Me coloqué encima de la plataforma para que se abriera la puerta y mis compañeros pudieran seguir avanzando. — Mientras esté yo aquí da igual lo chepudas que sean vuestras espaldas, porque no tendréis que vigilarlas nunca. ¡Id a por el premio gordo!
Me quedé allí con el rifle listo y en guardia, preparada para lo que quisiera probar conmigo. Porque si alguien tenía que aguantar el tipo en la retaguardia, era yo. Quería ser el heno que les protege de la caída cuando todo se viene abajo. El impulso que les permite ascender hasta lo mas alto del campanario para que puedan lanzar la cabra. Siempre detrás, y cuidando a cada uno de ellos en la distancia.
No tardamos en escuchar una voz alegre que resonaba por toda la sala. Nos daba la bienvenida y, al mismo tiempo, nos dejaba claro que si estábamos allí era porque nos habían dejado entrar. Hablaba de una colaboración como si nos hubiésemos apuntado voluntarios a su feria particular. Bufé sin disimular porque aquello me olía a trampa desde antes de que hubiese dicho nada. — Yo no colaboraría si no hay ningún ternero de por medio — le susurré a Triana. La puerta número cuatro se abrió en ese momento. Según se podía ver, daba a otra habitación distinta con una plataforma en el centro. Mientras la voz seguía hablando, un gas comenzó a salir de la rejilla del techo de la habitación en la que nos encontrábamos. No me hacían falta explicaciones para saber que ese gas no sería solo fertilizante para plantas y, cuando empezó a hablar de aquella Marine de Sabaody, recordé el pequeño incidente que tuvimos Kenzo y yo con su fruta. Recalcó que había sido asesinada por mí, haciendo que me encogiera de hombros con gesto de duda. Tal vez yo le hubiese pegado un par de tiros, pero Kenzo también le dio uno de sus golpes y quedó petrificado al momento. – El culpable fue Kenzo y de esa burra no me bajo – añadí a su discurso señalando esta vez al muchacho–. Y, según comentó, el gas bajaría hacia nosotros a no ser que entrásemos en la siguiente sala.
Todo esto se estaba empezando a parecer peligrosamente a una yincana en las fiestas del pueblo, pero aquí perder no solo implicaría no conseguir el premio al explorador de la temporada. Y vale que esto pudiera ser solo una trampa, pero, por extraño que fuera, ese tipo sabía demasiadas cosas sobre nosotros y nuestras andanzas como para ignorarle. Además, sabiendo que el gas venía de esa Marine, sabía que la amenaza era auténtica. — Por desgracia tiene razón, esa Marine era muy peligrosa y tiene venenos muy fuertes. Y si no que se lo digan a Kenzo —advertí entre risas a mis compañeros al recordándole paralizado como una cabra. Crucé la puerta entre quejas y tapándome mis fosas nasales como si eso fuera a servir de algo y esperé a que todos mis compañeros hicieran lo mismo. Tampoco nos quedaba otra si no queríamos salir de allí intoxicados o muertos.
La puerta se volvió a cerrar a nuestras espaldas salvándonos por el momento del gas, y resoplé. Si esto iba a ser siempre así, habría que ver quién es el listo que encontraba la salida. Iríamos poco a poco adentrándonos a un laberinto de puertas desconocido y a merced de un lunático que solo nos habla. Pero esto solo nos confirmaba que algo quería de nosotros, si no, ya nos habría matado en la anterior sala. La nueva sala era tan simple como me esperaba, con solo la plataforma de cristal que ya habíamos visto en el centro. Al parecer, estábamos en un llamado campo de pruebas balístico. Miré a mi alrededor buscando algo que le hiciera justicia al nombre, pero no vi nada de eso. Su explicación dejó claro lo que quería: uno se queda y el resto avanza. Así nos separa y solo uno de nosotros se encuentra con Utakata. Pero eso no era lo único malo, y es que estaba hablando de ofrecernos como experimentos en el camino.
Un pequeño brillo en la plataforma nos invitaba a subir. — Vosotros no os entretengáis con pequeñas minucias… — dije al resto de mis compañeros mientras andaba hacia el cristal –. Me quité el rifle de la espalda y lo coloqué entre mis manos. Si esto era un campo de pruebas balístico, iba a enseñarle que mis disparos no se pueden medir. Me coloqué encima de la plataforma para que se abriera la puerta y mis compañeros pudieran seguir avanzando. — Mientras esté yo aquí da igual lo chepudas que sean vuestras espaldas, porque no tendréis que vigilarlas nunca. ¡Id a por el premio gordo!
Me quedé allí con el rifle listo y en guardia, preparada para lo que quisiera probar conmigo. Porque si alguien tenía que aguantar el tipo en la retaguardia, era yo. Quería ser el heno que les protege de la caída cuando todo se viene abajo. El impulso que les permite ascender hasta lo mas alto del campanario para que puedan lanzar la cabra. Siempre detrás, y cuidando a cada uno de ellos en la distancia.
INFO
