08-05-2026, 06:16 AM
Mis palabras se estrellaron contra el muro de su ignorancia, como si intentara razonar con alguien incapaz, o poco dispuesto, a escuchar. Vercingétorix me observó con una mezcla de grandeza y hostilidad, reduciendo mi propuesta de tregua a nada más que un ruido molesto antes de mandarme a callar y arrinconarme, sin olvidar que acababa de llamar “pelirroja” con ese tono despectivo que parecía disfrutar, cuánta maldad podía caber en un solo hombre. Su expresión no dejaba lugar a dudas, estaba completamente decidido a recurrir a la violencia con tal de obtener cualquier ventaja posible.
Justo cuando estaba a punto de replicar a sus palabras, sentí la mano de alguien posarse sobre mi hombro derecho, aquel contacto hizo que desviara la vista hacia quien reclamaba mi atención, encontrándome con una mirada vacía de esperanza, resignada y profundamente triste. Negó lentamente con la cabeza, desaprobando cualquier intento de seguir discutiendo, como si quisiera decirme sin palabras que no valía la pena razonar con él, con Vercin. Entonces observé al resto de músicos, todos me miraban en silencio con expresiones lúgubres y sombrías, como almas agotadas mucho antes de tiempo. No estaban de acuerdo con Vercingétorix… pero tampoco tenían el valor de enfrentarlo, el miedo a perder sus amados instrumentos era más fuerte que cualquier orgullo o deseo de rebelarse, y fue entonces… que decidí callar.
Los minutos pasaron hasta que el músico de la tuba retornó de hacer su lamentable interpretación, y tras cruzar el telón, sin una prórroga de súplica, aquel hombre castaño sacó ahora su arma para hacer y deshacer la tuba que tanto aprecia el señor, y tanto él dueño como los demás artistas, incluyendome, quedamos asombrados y aterrorizados al mismo tiempo por tan despiadado acto, lo hizo como si el instrumento no valiese nada. ¡¿PORQUE?!
El grito de aquel pobre hombre me desgarró el alma, verlo llorar de esa manera hizo que algo ardiera con fuerza dentro de mí, una rabia amarga, impotente, se clavaba en el pecho y dolía más de lo que estaba dispuesta a aceptar. El simple pensamiento de perder mi violín de la misma forma me helaba hasta los huesos, como si el miedo se hubiera filtrado directamente bajo mi piel. Y aun así, contemplar semejante acto frente a mis ojos fue como arrojar un fósforo sobre un barril de pólvora dentro de mí. Cada lágrima de aquel músico, cada gesto cruel de Vercingétorix, alimentaba el incendio de mi indignación, no podía quedarme de brazos cruzados, ¡NO PUEDO!
Una nueva amenaza estalló en voz alta, cruel y autoritaria, dejando claro una vez más que solo su amo debía alzarse con aquel ostentoso premio. Nos negaban incluso el derecho de competir, de demostrar nuestro talento y el valor que cada uno había cultivado con esfuerzo y sacrificio. Las palabras de Vercingétorix cayeron sobre nosotros como cadenas invisibles, como ser esclavos de sus indicaciones, las consecuencias de no seguir su plan al pie de la letra conlleva a la destrucción de los demás instrumentos. El silencio que siguió después de esa amenaza fue pesado, nadie se atrevía a moverse, nadie quería ser responsable de escuchar otro grito desgarrador, de ver otro instrumento destruido frente a sus ojos.
Al otro lado de aquel telón escuché cómo pronunciaban mi número entre risas y murmullos burlones, mi mirada recorrió primero a los artistas que me rodeaban, atrapados en aquel ambiente sofocante de miedo y resignación, después observé al hombre que había perdido su tuba, todavía destrozado por lo ocurrido, y finalmente, mis ojos se encontraron con los de Vercingétorix. Lo miré con seriedad, sosteniendo su mirada apenas unos segundos aunque al final no me opuse a sus indicaciones. Avancé entre las personas con mis pertenencias a cuestas, sintiendo el peso de cada paso mucho más de lo normal, al llegar frente a la apertura del telón y el escenario extendiéndose tras ella, sujeté con fuerza la correa del estuche de mi violín y dejé escapar un suspiro pesado, cargado de tensión y pensamientos que amenazaban con desbordarse.
Entonces avancé con la mirada en alto, las luces de la tarima cayeron sobre mí de inmediato, cegadores y cálidas, arrancándome de la oscuridad tras bambalinas para exponerme frente a todos.
Estando en medio del escenario, y con los reflectores iluminando desde arriba, miré ahora a los tres hombres de negro espectante de encontrar un buen talento que llevar a su familia. Suspiré con una pesadez del enojo que sentía, así que dispuse a sacar a mi amado violín azul de su estuche y colocarlo sobre mi hombro izquierdo, y mi brazo derecho se alzaba en eje en el ángulo correcto para colocar el arco del violín por encima de las cuerdas, esperando calmado a que deslizara las cerdas que harían la melodía.
Y fue entonces que interpreté una melodía hermosa, tranquila, y con toda pasión viniendo de mi corazón, esta melodía era suficiente para poder declarar la guerra a quién intentó apagar no solo la música, sino, de quitarle el espíritu a quienes solo querían hacer arte con sus instrumentos, tras culminar mi música guardaría nuevamente el violín en su estuche, ofrecería una reverencia a los espectadores, y volvería a ese lugar donde seguramente algo me esperaba.
Justo cuando estaba a punto de replicar a sus palabras, sentí la mano de alguien posarse sobre mi hombro derecho, aquel contacto hizo que desviara la vista hacia quien reclamaba mi atención, encontrándome con una mirada vacía de esperanza, resignada y profundamente triste. Negó lentamente con la cabeza, desaprobando cualquier intento de seguir discutiendo, como si quisiera decirme sin palabras que no valía la pena razonar con él, con Vercin. Entonces observé al resto de músicos, todos me miraban en silencio con expresiones lúgubres y sombrías, como almas agotadas mucho antes de tiempo. No estaban de acuerdo con Vercingétorix… pero tampoco tenían el valor de enfrentarlo, el miedo a perder sus amados instrumentos era más fuerte que cualquier orgullo o deseo de rebelarse, y fue entonces… que decidí callar.
Los minutos pasaron hasta que el músico de la tuba retornó de hacer su lamentable interpretación, y tras cruzar el telón, sin una prórroga de súplica, aquel hombre castaño sacó ahora su arma para hacer y deshacer la tuba que tanto aprecia el señor, y tanto él dueño como los demás artistas, incluyendome, quedamos asombrados y aterrorizados al mismo tiempo por tan despiadado acto, lo hizo como si el instrumento no valiese nada. ¡¿PORQUE?!
El grito de aquel pobre hombre me desgarró el alma, verlo llorar de esa manera hizo que algo ardiera con fuerza dentro de mí, una rabia amarga, impotente, se clavaba en el pecho y dolía más de lo que estaba dispuesta a aceptar. El simple pensamiento de perder mi violín de la misma forma me helaba hasta los huesos, como si el miedo se hubiera filtrado directamente bajo mi piel. Y aun así, contemplar semejante acto frente a mis ojos fue como arrojar un fósforo sobre un barril de pólvora dentro de mí. Cada lágrima de aquel músico, cada gesto cruel de Vercingétorix, alimentaba el incendio de mi indignación, no podía quedarme de brazos cruzados, ¡NO PUEDO!
Una nueva amenaza estalló en voz alta, cruel y autoritaria, dejando claro una vez más que solo su amo debía alzarse con aquel ostentoso premio. Nos negaban incluso el derecho de competir, de demostrar nuestro talento y el valor que cada uno había cultivado con esfuerzo y sacrificio. Las palabras de Vercingétorix cayeron sobre nosotros como cadenas invisibles, como ser esclavos de sus indicaciones, las consecuencias de no seguir su plan al pie de la letra conlleva a la destrucción de los demás instrumentos. El silencio que siguió después de esa amenaza fue pesado, nadie se atrevía a moverse, nadie quería ser responsable de escuchar otro grito desgarrador, de ver otro instrumento destruido frente a sus ojos.
Al otro lado de aquel telón escuché cómo pronunciaban mi número entre risas y murmullos burlones, mi mirada recorrió primero a los artistas que me rodeaban, atrapados en aquel ambiente sofocante de miedo y resignación, después observé al hombre que había perdido su tuba, todavía destrozado por lo ocurrido, y finalmente, mis ojos se encontraron con los de Vercingétorix. Lo miré con seriedad, sosteniendo su mirada apenas unos segundos aunque al final no me opuse a sus indicaciones. Avancé entre las personas con mis pertenencias a cuestas, sintiendo el peso de cada paso mucho más de lo normal, al llegar frente a la apertura del telón y el escenario extendiéndose tras ella, sujeté con fuerza la correa del estuche de mi violín y dejé escapar un suspiro pesado, cargado de tensión y pensamientos que amenazaban con desbordarse.
Entonces avancé con la mirada en alto, las luces de la tarima cayeron sobre mí de inmediato, cegadores y cálidas, arrancándome de la oscuridad tras bambalinas para exponerme frente a todos.
Estando en medio del escenario, y con los reflectores iluminando desde arriba, miré ahora a los tres hombres de negro espectante de encontrar un buen talento que llevar a su familia. Suspiré con una pesadez del enojo que sentía, así que dispuse a sacar a mi amado violín azul de su estuche y colocarlo sobre mi hombro izquierdo, y mi brazo derecho se alzaba en eje en el ángulo correcto para colocar el arco del violín por encima de las cuerdas, esperando calmado a que deslizara las cerdas que harían la melodía.
Y fue entonces que interpreté una melodía hermosa, tranquila, y con toda pasión viniendo de mi corazón, esta melodía era suficiente para poder declarar la guerra a quién intentó apagar no solo la música, sino, de quitarle el espíritu a quienes solo querían hacer arte con sus instrumentos, tras culminar mi música guardaría nuevamente el violín en su estuche, ofrecería una reverencia a los espectadores, y volvería a ese lugar donde seguramente algo me esperaba.
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