08-05-2026, 07:24 AM
La vida y el destino podían ser muy caprichosos. Unían y separaban caminos sin razón ni criterio, sin aviso, y sin piedad. Las peores circunstancias cosecharon esa amistad; una conexión particular, distinta, nacida en lo más profundo del pozo y rodeados de llamas y desesperación. Un puntapié inicial ocurrió ese día, como la caída de la primera pieza del dominó. Desde entonces, las cosas cambiaron para mejor. Y ahora, cuando todo mejoraba, cuando el universo empezaba a mostrar una mejor cara y el camino parecía claro por primera vez, aparecían pegas, diferencias insalvables que lo cambiaban todo, antagonizando sus papeles en el mundo. Marines y piratas, como perros y gatos, eran enemigos.
Y ahí estaba, no obstante, sonriente ante la fortuna de volver a topar caminos en ese caótico mundo aparte que era la Grand Line.
Dejó de prestar atención a los borrachos cuando logró encontrarse con su mirada. Con esos ojos azules. Estaba distinta. Un poco más… curtida, quizá. No sabría describirlo. Muchas cosas debían haber pasado en los últimos tiempos. La vida misma, claro. Cada experiencia los esculpía. Las buenas eran suaves y pulían asperezas. ¿Las malas? Mucho más drásticas, llegaban a arrancarte pedazos enteros.
¿Hacia qué lado se habría equilibrado su vida en los últimos meses? Tenían mucho de qué hablar.
—Ey granuja, ¿La quieres compartir?
Pero para eso tendrían que esperar un poco.
El momento de ensoñación se acabó de forma abrupta con el sacrificio de una cerveza. Se tapó la boca para no reír antes de tiempo mientras el aparente líder del grupo sufría un baño de cebada y lúpulo, impregnando todavía más su ropa y piel con el aroma de la malta. Que buena jugada, pensó. Miyori había aprovechado el shock del líquido frío corriendo por el cuerpo de su captor para zafarse del agarre, asegurar sus cosas y salir corriendo antes de que nadie pudiera reaccionar. Se dio a la fuga y dejó al bastardo allí parado, totalmente humillado, secándose la cara de la espuma de cerveza mientras chillaba que la fueran a buscar.
Hasta ahí llegó su paciencia.
—¡Shihahahahaha! ¡Déjala ir, grandulón! Te ganó la partida, y con un check mate —dijo, y levantó su mano derecha, la palma abierta apuntando al frente, antes de que nadie pudiera salir del bar—. Ahora tendré que perseguirla, así que no sólo te comes el delito de perturbar la paz y ser un acosador de mierda, sino que también te voy a cascar sentencia por truncar la captura de una reconocida criminal.
De los poros de su piel empezó a brotar un líquido morado, translúcido y viscoso, que desprendía un ligero vapor ácido al contacto con el aire. Los murmullos se dispararon en el salón, murmullos sobre su poder, sobre las akuma no mi, y las peligrosas habilidades que conferían. Incluso borracho, pocos serían tan idiotas como para enfrentar a un usuario que además ostentaba un rango en la marina. Era como poner la mano en las fauces de un lobo hambriento.
Los compañeros del idiota principal dudaron, dieron un paso atrás y se miraron entre ellos. Cuán rápido podía desaparecer el efecto del alcohol.
Después de unos segundos tensos, Enji chasqueó la lengua.
—Huh, se tardan demasiado.
Desde fuera del local se vio como el cristal de las ventanas se teñía súbitamente de morado. Unos pocos gritos resonaron y, apenas segundos más tarde, Enji salió por la puerta principal limpiándose las manos con una servilleta de papel. La chaqueta marine volvía a descansar sobre sus hombros.
—Voy a mandar a alguien que los busque. Lamento lo de la ventana, son gajes del oficio. ¡Le dejé la paga en la mesa! —dijo a la encargada del local, que caminaba detrás suyo, mientras salían a la calle—. Ahora, si me disculpa, tengo una criminal que atrapar. —Se despidió con un ademán y empezó a correr calle abajo. A los pocos metros se detuvo, sin embargo, y encaró a un viejo que estaba barriendo la vereda—. ¡Eh, tú! Cara de nabo —Se acercó a él—. ¿Por dónde se fue la chica de pelo naranja?
Y ahí estaba, no obstante, sonriente ante la fortuna de volver a topar caminos en ese caótico mundo aparte que era la Grand Line.
Dejó de prestar atención a los borrachos cuando logró encontrarse con su mirada. Con esos ojos azules. Estaba distinta. Un poco más… curtida, quizá. No sabría describirlo. Muchas cosas debían haber pasado en los últimos tiempos. La vida misma, claro. Cada experiencia los esculpía. Las buenas eran suaves y pulían asperezas. ¿Las malas? Mucho más drásticas, llegaban a arrancarte pedazos enteros.
¿Hacia qué lado se habría equilibrado su vida en los últimos meses? Tenían mucho de qué hablar.
—Ey granuja, ¿La quieres compartir?
Pero para eso tendrían que esperar un poco.
El momento de ensoñación se acabó de forma abrupta con el sacrificio de una cerveza. Se tapó la boca para no reír antes de tiempo mientras el aparente líder del grupo sufría un baño de cebada y lúpulo, impregnando todavía más su ropa y piel con el aroma de la malta. Que buena jugada, pensó. Miyori había aprovechado el shock del líquido frío corriendo por el cuerpo de su captor para zafarse del agarre, asegurar sus cosas y salir corriendo antes de que nadie pudiera reaccionar. Se dio a la fuga y dejó al bastardo allí parado, totalmente humillado, secándose la cara de la espuma de cerveza mientras chillaba que la fueran a buscar.
Hasta ahí llegó su paciencia.
—¡Shihahahahaha! ¡Déjala ir, grandulón! Te ganó la partida, y con un check mate —dijo, y levantó su mano derecha, la palma abierta apuntando al frente, antes de que nadie pudiera salir del bar—. Ahora tendré que perseguirla, así que no sólo te comes el delito de perturbar la paz y ser un acosador de mierda, sino que también te voy a cascar sentencia por truncar la captura de una reconocida criminal.
De los poros de su piel empezó a brotar un líquido morado, translúcido y viscoso, que desprendía un ligero vapor ácido al contacto con el aire. Los murmullos se dispararon en el salón, murmullos sobre su poder, sobre las akuma no mi, y las peligrosas habilidades que conferían. Incluso borracho, pocos serían tan idiotas como para enfrentar a un usuario que además ostentaba un rango en la marina. Era como poner la mano en las fauces de un lobo hambriento.
Los compañeros del idiota principal dudaron, dieron un paso atrás y se miraron entre ellos. Cuán rápido podía desaparecer el efecto del alcohol.
Después de unos segundos tensos, Enji chasqueó la lengua.
—Huh, se tardan demasiado.
Desde fuera del local se vio como el cristal de las ventanas se teñía súbitamente de morado. Unos pocos gritos resonaron y, apenas segundos más tarde, Enji salió por la puerta principal limpiándose las manos con una servilleta de papel. La chaqueta marine volvía a descansar sobre sus hombros.
—Voy a mandar a alguien que los busque. Lamento lo de la ventana, son gajes del oficio. ¡Le dejé la paga en la mesa! —dijo a la encargada del local, que caminaba detrás suyo, mientras salían a la calle—. Ahora, si me disculpa, tengo una criminal que atrapar. —Se despidió con un ademán y empezó a correr calle abajo. A los pocos metros se detuvo, sin embargo, y encaró a un viejo que estaba barriendo la vereda—. ¡Eh, tú! Cara de nabo —Se acercó a él—. ¿Por dónde se fue la chica de pelo naranja?

