[Av T5 - Pr Abs] Una corriente helada (Continuación)
#1
[personajeinvalido=3577]


Continuación de este tema.

Stroud suspiró con alivio, viendo cómo los insectos de Kibai, finalmente, se desvanecían. Aún serio, y sin perder de vista a la muchedumbre, asintió ante las palabras del Mink, quitándole importancia al asunto con un ademán, y asintió con la cabeza con un gesto de aprobación. "No te preocupes," le tranquilizó, viendo cómo la multitud enfurecida comenzaba, lentamente, a tranquilizarse ante el intento de apaciguamiento de los Marines. "Creo que Little Garden nos ha asalvajado un poco a todos," admitió, arqueando una ceja y echándoles un vistazo tanto a Bertram como a él, si bien sin excluirse a sí mismo de su afirmación. Y así era: tanto tiempo en aquel páramo tropical los había hecho acostumbrarse más a la presencia de reptiles de gran tamaño y plantas venenosas que a la compañía humana. "No es una costumbre que debas perder, es bueno que tengamos todos los ángulos vigilados." De alguna forma, sí que resultaba raro adaptarse. Suspiró, aliviado, aunque no esperaba que la marea de gente se tornase, en cambio, en una multitud curiosa. Amigable, por suerte, pero curiosa. Tan curiosa que...

"Bien, cuéntenos exactamente cuál es el problema. Tengo algunas preguntas para usted antes de que podamos acep...-"

Con el peso de la muchedumbre furiosa en ciernes fuera de sus hombros, y (in)visiblemente menos tenso, se giró para hablar con el tipo con el que había llegado para hablar en primer lugar, solo para descubrir que, de alguna manera, se había escabullido entre el bullicio con asombrosa facilidad, no sin antes dejarles oír una críptica frase acerca de reyes y castillos. Stroud entornó los ojos. De alguna manera, oír aquella voz cargada por el viento lo enervó mucho más de lo que cualquier multitud con antorchas podría haberlo hecho. Era una amenaza velada. Había hecho bien en desconfiar; sus instintos no se habían equivocado al querer interrogarle en profundidad antes de aceptar cualquier encargo que tuviese para ellos. Sin embargo, su mente no se centraba ahora en aquello, sino en qué hacer. Debía decidir rápido: salir corriendo detrás del misterioso hombre, o quedarse allí y mantener el control de la situación. La multitud había empezado a dispersarse ya con calma, lo cual era algo indudablemente positivo, pero aquella niña, que al principio había ignorado, seguía allí, encaramada a Bertram, aparentemente aún necesitada de auxilio.

Stroud suspiró, soltando toda su tensión de golpe. Algo en su interior le pedía con todas sus fuerzas echar a correr detrás del tal Betrug, abalanzarse tras él como un perro de caza y destrozarle, sacarle toda la verdad y un poco más a golpes, aunque no opusiese resistencia. Hacerle pagar con creces, y con sangre, aquel intento de tomar a la Justicia por estúpidos, y lo que fuera que hubiese sido aquella suerte de alegato de conspiración que había decidido dejar antes de desaparecer como una rata. Nadie lo diría viendo su rostro, frío e imperturbable como de costumbre, a excepción de su mandíbula, que se había apretado con fuerza y desprecio a partes iguales. Sin embargo, reprimió el instinto. Sabía que no era lo prioritario en aquel instante. Recordaría su cara, y lo buscaría. No sería la última vez que se cruzasen, si la Justicia así lo quería.

Frunciendo el ceño y relajando su gesto, se giró hacia la niña, que continuaba hablando con Bertram, ahora en un tono, si no alegre, visiblemente más embravecido que antes, aparentemente tras ver la forma en que habían lidiado con la situación, y encantada de que el cazador hubiese ayudado al que decía que era su abuelo. Afirmó cuando Bertram habló de que era médico, aunque lo previno: "Esperemos que no sobreestimes mis capacidades, Bert," murmuró, esbozando una sonrisa, consciente de sus limitaciones en cuestiones médicas. "Veramos qué podemos hacer." Se puso de cuclillas junto a la niña, colocándose a su misma altura en la medida de lo posible, y escuchó cuanto tenía que contarles con atención, olvidándose de Betrug por el momento. Cuando la niña finalmente les preguntó si podían ir con ella, Stroud echó un vistazo a sus compañeros y asintió con la cabeza con determinación.

En el camino, bajo los abetos nevados, y asegurándose de que la niña no los oyese, se dirigió a Kibai y a Bertram. "Nada de volver a separaros de esa manera," afirmó impertérrito, negando ligeramente con la cabeza, haciendo alusión a lo sucedido minutos atrás, cuando todos se habían separado en plena calle, antes de volver a coincidir ante la muchedumbre. "En general, nada de disperarnos sin motivo, sobre todo si uno pretende ponerse en una situación que pueda requerir apoyo, ¿entendido? Por mucho que haya un tipo con un trineo, o alguien tañendo una... campana, o lo que fuera el cacharro ese," dijo, haciendo un ademán con la cabeza a uno y a otro. Stroud sabía que no era necesario echarles bronca alguna. Su semblante era serio, como de costumbre, pero ellos, que lo conocían ya, serían capaces de entender que no había reproche ninguno en su voz, sino una orden directa y algo que deberían tener en cuenta en adelante. El tipo de cosas que decía por el buen funcionamiento de la División, habitualmente coordinada con precisión relojera.



Al cabo de un rato, llegaban al nevadísimo pueblo de Gyasta, no demasiado lejos de Sakura. Era un lugar humilde, de pocas casas y menos calles, cuyos pocos habitantes parecían más ocupados quedándose en casa, al calor de la lumbre, o yendo y viniendo con grandes haces de leña recién cortada, que en pasear alegremente, como habían visto en el Reino de Sakura. Gyasta, sobra decir, no era tan rico y próspero como otras zonas de Drum, ni parecía pretender serlo. Era un lugar humilde, tranquilo, amable y seco. Allí el estilo arquitectónico mismo parecía distinto, de mayor sobriedad, mucho más centrado en la supervivencia durante el largo invierno que en la apariencia, y más parecido a un puñado de casas entre bosques que a un pueblo. La nieve se acumulaba en montones aquí y allá, a los lados de las casas frente a las que pasaban los Marines. Finalmente, la niña pareció guiarles hasta una más de las humildes, de cuya chimenea emergía una delgada columna de humo que se alzaba hasta dispersarse en las alturas.

"¿Es solo tu madre la que está en casa?," preguntó Stroud con prudencia a medida que se aproximaban, entornando los ojos y examinando la casa desde el exterior de un vistazo. No parecía nada fuera de lo habitual. Solo un desalmado hubiera desconfiado de Hoffen, pero nunca se sabía hasta dónde podía caer la buena intención. Hizo un gesto a Kibai y a Bertram, disimuladamente, haciéndoles entender que igual ahora sí era buen momento para contar con algo más de vigilancia alrededor, y que mantuviesen los ojos abiertos. Era evidente que había algo allí que le olía a chamusquina.

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[Av T5 - Pr Abs] Una corriente helada (Continuación) - por Stroud Nanashi - 09-05-2026, 01:02 AM

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