20-11-2023, 08:04 PM
(Última modificación: 20-11-2023, 08:19 PM por Ikirami.
Razón: Había omitido algo importante referente ala transformación de Irina.
)
Ikirami se encontraba inmersa en un feroz combate, lanzando una serie de cabezazos implacables contra su adversaria, Sadine. La tensión en el aire era palpable, cada golpe resonando con un eco de determinación y fuerza bruta. En un determinado momento, Ikirami percibió un cambio en la postura de Sadine, un retorcerse sutil pero significativo, probablemente debido a una herida en su espalda infligida por Alzeid. Sin embargo, Ikirami no se detuvo; continuó su asalto con una ferocidad incansable.
Después de unos instantes cargados de violencia, Sadine giró levemente la cabeza, revelando un destello de miedo en sus ojos. Era un temor que trascendía la mera angustia por su inminente muerte, un terror profundo y desconcertante. En un abrir y cerrar de ojos, el pañuelo que cubría su boca se tiñó completamente de rojo, empapado por la sangre que brotaba sin control. Sadine cayó muerta al instante, su cuerpo quedando apoyado en Ikirami, que todavía la sujetaba firmemente de las muñecas. Se había suicidado.
Aún con la respiración agitada por el frenético enfrentamiento, Ikirami finalmente centró su mirada, tomando consciencia plena de lo que sucedía a su alrededor. Sus compañeros, junto con una gigante de imponente presencia, habían acabado con Marvin, un enemigo de aspecto grotesco y desagradable, a unos metros de distancia.
Pero había algo extraño en la escena. Había estado tan absorta en su pelea que ni se había fijado en que Irina había adoptado un aspecto monstruoso. Era un ser... grotesco, la única palabra que se le pasaba por la mente al ver aquella transformación. Medía algo más de dos metros en esa forma, y su cabeza era como la de alguna especie de anfibio... "Axolote" pensó, recordando haber leído sobre ellos en uno de los muchos libros de la biblioteca de la universidad en la que había pasado varios años. Era una usuaria de Akuma no mi. Un escalofrío le recorrió el cuerpo, recordando por un breve momento de lo que eran capaces semejantes monstruos. Intentó recomponerse de la escena y apartó la mirada. El calor del combate había sido reemplazado por un frío mortuorio. "Está de tu lado, no pasa nada" se dijo a sí misma y logró mantener la compostura.
Sadine yacía inerte, presumiblemente muerta. Alzeid, con su habitual aire enigmático, murmuraba sobre almas y herejía, sumido en sus propios pensamientos inescrutables. A pesar de todo, habían triunfado sobre los piratas que les habían emboscado.
Con una mueca de disgusto, Ikirami soltó el cuerpo de Sadine, que cayó al suelo con la inercia de un muñeco sin vida. Con un gesto preciso, comprobó la muerte de Sadine tocando su cuello, luego tomó la katana caída a un lado y la clavó en el cuello de Sadine como medida de precaución, murmurando "Por si acaso".
Avanzando hacia sus compañeros, que debatían sobre su próximo movimiento, Ikirami examinó su brazo herido. "Duele, pero es soportable" Sintiendo el dolor punzante, se rasgó la manga de la camisa y creó un vendaje improvisado. Se encargaría de la herida más adelante. Su pelo pelirrojo, ahora enmarañado y salpicado de sangre, era agitado por la brisa, ocultando parcialmente las manchas carmesí.
Alzeid, en un tono suave pero firme, instruyó a la gigante y a la devora cadáveres, para que se quedaran atrás. "¿Se referirá a Irina?" pensó, dando por sentado que era la única a la que podía referirse, ya que había visto como aderezaba con sangre su comida. Irina, imperturbable, se mantuvo atenta en la entrada de la mina. Volvió a apartar la mirada, ya que el solo verla le generaba sensaciones incómodas.
Ikirami centró su atención entonces en Daryl, quien ahora parecía liderar el grupo. Estaba cubierto por sangre y restos de su contrincante. Tanta sangre había caído sobre él que su camiseta de tirantes blanca era ahora puramente roja, y al estar mojada aún resaltaba más los músculos hercúleos que había bajo ella. Se deleitó con tan hermosa visión unos instantes, hasta que este se dirigió a ella, sugiriéndole que debería quedarse atrás, ya que estaba herida.
-Gracias por preocuparte, Daryl -respondió Ikirami, acariciando su brazo lastimado y luego apretando el puño en señal de determinación-. Pero estoy bien, seguiré con vosotros hasta el final. Quiero ser testigo de primera mano de cómo caen esos miserables. Sshsshssh -añadió con una risa que sonaba como un suave siseo, sonriéndole con una mirada resuelta.
También estaba la gigante, había dicho algo cuando terminaban el combate, pero había estado demasiado centrada para escuchar lo que decía. Se giró hacia ella.
-Lo siento, también creo que es mejor que esperes aquí. Es prudente que alguien vigile nuestras espaldas -le dijo Ikirami, mirándola con respeto.
Ikirami iba a dirigirse a Alzeid, pero lo encontró absorto en sus pensamientos, casi en otro mundo, y decidió que tal vez no era el momento de interrumpirlo.
Así, se quedaron en la entrada de la mina, preparándose para adentrarse en lo que podría ser la "boca del lobo".
Después de unos instantes cargados de violencia, Sadine giró levemente la cabeza, revelando un destello de miedo en sus ojos. Era un temor que trascendía la mera angustia por su inminente muerte, un terror profundo y desconcertante. En un abrir y cerrar de ojos, el pañuelo que cubría su boca se tiñó completamente de rojo, empapado por la sangre que brotaba sin control. Sadine cayó muerta al instante, su cuerpo quedando apoyado en Ikirami, que todavía la sujetaba firmemente de las muñecas. Se había suicidado.
Aún con la respiración agitada por el frenético enfrentamiento, Ikirami finalmente centró su mirada, tomando consciencia plena de lo que sucedía a su alrededor. Sus compañeros, junto con una gigante de imponente presencia, habían acabado con Marvin, un enemigo de aspecto grotesco y desagradable, a unos metros de distancia.
Pero había algo extraño en la escena. Había estado tan absorta en su pelea que ni se había fijado en que Irina había adoptado un aspecto monstruoso. Era un ser... grotesco, la única palabra que se le pasaba por la mente al ver aquella transformación. Medía algo más de dos metros en esa forma, y su cabeza era como la de alguna especie de anfibio... "Axolote" pensó, recordando haber leído sobre ellos en uno de los muchos libros de la biblioteca de la universidad en la que había pasado varios años. Era una usuaria de Akuma no mi. Un escalofrío le recorrió el cuerpo, recordando por un breve momento de lo que eran capaces semejantes monstruos. Intentó recomponerse de la escena y apartó la mirada. El calor del combate había sido reemplazado por un frío mortuorio. "Está de tu lado, no pasa nada" se dijo a sí misma y logró mantener la compostura.
Sadine yacía inerte, presumiblemente muerta. Alzeid, con su habitual aire enigmático, murmuraba sobre almas y herejía, sumido en sus propios pensamientos inescrutables. A pesar de todo, habían triunfado sobre los piratas que les habían emboscado.
Con una mueca de disgusto, Ikirami soltó el cuerpo de Sadine, que cayó al suelo con la inercia de un muñeco sin vida. Con un gesto preciso, comprobó la muerte de Sadine tocando su cuello, luego tomó la katana caída a un lado y la clavó en el cuello de Sadine como medida de precaución, murmurando "Por si acaso".
Avanzando hacia sus compañeros, que debatían sobre su próximo movimiento, Ikirami examinó su brazo herido. "Duele, pero es soportable" Sintiendo el dolor punzante, se rasgó la manga de la camisa y creó un vendaje improvisado. Se encargaría de la herida más adelante. Su pelo pelirrojo, ahora enmarañado y salpicado de sangre, era agitado por la brisa, ocultando parcialmente las manchas carmesí.
Alzeid, en un tono suave pero firme, instruyó a la gigante y a la devora cadáveres, para que se quedaran atrás. "¿Se referirá a Irina?" pensó, dando por sentado que era la única a la que podía referirse, ya que había visto como aderezaba con sangre su comida. Irina, imperturbable, se mantuvo atenta en la entrada de la mina. Volvió a apartar la mirada, ya que el solo verla le generaba sensaciones incómodas.
Ikirami centró su atención entonces en Daryl, quien ahora parecía liderar el grupo. Estaba cubierto por sangre y restos de su contrincante. Tanta sangre había caído sobre él que su camiseta de tirantes blanca era ahora puramente roja, y al estar mojada aún resaltaba más los músculos hercúleos que había bajo ella. Se deleitó con tan hermosa visión unos instantes, hasta que este se dirigió a ella, sugiriéndole que debería quedarse atrás, ya que estaba herida.
-Gracias por preocuparte, Daryl -respondió Ikirami, acariciando su brazo lastimado y luego apretando el puño en señal de determinación-. Pero estoy bien, seguiré con vosotros hasta el final. Quiero ser testigo de primera mano de cómo caen esos miserables. Sshsshssh -añadió con una risa que sonaba como un suave siseo, sonriéndole con una mirada resuelta.
También estaba la gigante, había dicho algo cuando terminaban el combate, pero había estado demasiado centrada para escuchar lo que decía. Se giró hacia ella.
-Lo siento, también creo que es mejor que esperes aquí. Es prudente que alguien vigile nuestras espaldas -le dijo Ikirami, mirándola con respeto.
Ikirami iba a dirigirse a Alzeid, pero lo encontró absorto en sus pensamientos, casi en otro mundo, y decidió que tal vez no era el momento de interrumpirlo.
Así, se quedaron en la entrada de la mina, preparándose para adentrarse en lo que podría ser la "boca del lobo".
