10-05-2026, 02:11 AM
Parado frente al anciano, el cuello de Enji empezó a picar. Su mirada perdió ese halo de indiferencia natural, ese desenfado característico, mientras se le erizaban los vellos de la nuca. Estaba ansioso; la punta del pie tamborileando en el suelo y los ojos bien abiertos clavados en el anciano, frustrado por la parsimoniosa lentitud que manejaba. La paciencia nunca fue santo de su devoción. Quieras que no, los últimos meses… no; los últimos años, se había acostumbrado a tratar principalmente con marines. La doctrina militar que compartían los hacía más eficientes a la hora de cumplir órdenes, dar informes, o simplemente responder preguntas. El abuelo, claro, estaba incluso más alejado de ese estándar, inhibido del oído a causa de los años. Respondía, sí, pero sólo lo que escuchaba. Y escuchaba muy, pero que muy mal.
La cara del marine debió ser todo un poema. El entrecejo tenso, la ceja levantada, los labios torcidos en una mueca desencajada. Estaba dos o tres revoluciones por delante del anciano y, a la vez, anclado a su marcha, como un caballo atado a una tortuga. El colmo llegó cuando se dispuso a limpiar sus lentes delante suyo.
—Huh, no tengo tiempo para..
— Hace poco pasó una mujer a toda prisa como tú…
«¡Al fin! Estaba a punto de jubilarme»
Asintió repetidas veces, atesorando cada gota de información útil que el anciano lograba exprimir de su mente senil. Tradujo sus extrañas cavilaciones, transformando el “vestido de novia” en un vestido blanco y la “maleta” en el pequeño maletín donde sabía, Miyori transportaba su violín. Buscándole el ángulo, todo terminaba encajando en algún lugar y la imagen se completaba.
—¡Gracias, noble anciano! Después le traeré una vaca y me llevaré a su hija.
Se despidió con una seña de índice y corazón contra la frente y saltó, elevándose diez metros en el aire. Se desplazó en un arco, un largo arco que lo depositó en el tejado de un pequeño edificio de dos plantas. Rodó por el techo de tejas, se incorporó y aprovechó la inercia para volver a saltar hacia adelante, surcando los tejados del pueblo bajo el flamear de su chaquetón blanco, que colocado sobre sus hombros hacía las veces de capa.
Un tercer salto lo colocó en el tejado de la última casa antes de llegar al parque.
—Mierda… —De cuclillas en el filo de la teja, se hizo sombra a los ojos con una mano y agudizó la mirada para admirar el grandioso espectáculo de colores que tenía al frente.
Flores de todos los tipos crecían en el parque, ordenadas en canteros de piedra pulida y tierra negra. Preciosos robles adultos de hojas anaranjadas salpicando sombra; caminos de tierra que recorrían, más no cortaban, las sinuosas irregularidades del terreno, dibujando paseos que priorizaban el confort antes que la eficiencia; mesitas de campo por aquí y por allá, labradas en piedra, y bancos de madera dónde sentarse a pasar la tarde o disfrutar una merienda. Con todo, lo que más llamaba la atención del parque eran los arcos floreados que coronaban la colina. Brillantes, majestuosos, se llevaban el foco.
Y, frente ellos, no fue difícil distinguir una cabellera naranja que se aventuraba a sus puertas.
—¡Oi! —llamó—. ¡No te escaparás tan fácilmente!
Saltó y voló cuánto pudo, pero ya no había tejados de los que aprovecharse. Cayó en la tierra y siguió su camino a pie, sorteando los canteros, árboles y bancos de madera como una flecha que rompía la paz de un cuadro otoñal. Una flecha blanca.
Atravesó el portal de flores y se topó de frente con una pared de hojas. Un libustro, alto y frondoso, detenía su carrera. Echó un vistazo arriba, después otro a la izquierda y a la derecha. Dos caminos. Eligió correr hacia la derecha.
—¿Estás por aquí? —Corrió hasta topar en otra pared, dónde dobló está vez a la izquierda y siguió adelante por un largo pasillo. Pasó por alto dos pasillos conectados para volver a llegar al extremo y seguir a la derecha.
Pared.
—¿Eh?
Un pasillo sin salida.
—La mierda… ¡Miyori! ¿Me escuchas? —Dedujo rápido que se encontraban en un laberinto. También que las paredes de hojas no aislaban muy bien del sonido, un grito los suficientemente alto debía poder escucharse en buena parte del terreno—. Sí nunca logro salir de aquí, dile a mis compañeros que morí en una competencia de comer mariscos. ¡Y mira bien qué cara pone Juan!
Contuvo la risa, flexionó las rodillas y dió otro gran salto. Veinte metros se elevó. Por encima de las paredes de hoja, por encima de las expectativas del inventor del juego, por encima de sus reglas. Un vistazo es todo lo que necesitaba.
¿Dónde estaba?
La cara del marine debió ser todo un poema. El entrecejo tenso, la ceja levantada, los labios torcidos en una mueca desencajada. Estaba dos o tres revoluciones por delante del anciano y, a la vez, anclado a su marcha, como un caballo atado a una tortuga. El colmo llegó cuando se dispuso a limpiar sus lentes delante suyo.
—Huh, no tengo tiempo para..
— Hace poco pasó una mujer a toda prisa como tú…
«¡Al fin! Estaba a punto de jubilarme»
Asintió repetidas veces, atesorando cada gota de información útil que el anciano lograba exprimir de su mente senil. Tradujo sus extrañas cavilaciones, transformando el “vestido de novia” en un vestido blanco y la “maleta” en el pequeño maletín donde sabía, Miyori transportaba su violín. Buscándole el ángulo, todo terminaba encajando en algún lugar y la imagen se completaba.
—¡Gracias, noble anciano! Después le traeré una vaca y me llevaré a su hija.
Se despidió con una seña de índice y corazón contra la frente y saltó, elevándose diez metros en el aire. Se desplazó en un arco, un largo arco que lo depositó en el tejado de un pequeño edificio de dos plantas. Rodó por el techo de tejas, se incorporó y aprovechó la inercia para volver a saltar hacia adelante, surcando los tejados del pueblo bajo el flamear de su chaquetón blanco, que colocado sobre sus hombros hacía las veces de capa.
Un tercer salto lo colocó en el tejado de la última casa antes de llegar al parque.
—Mierda… —De cuclillas en el filo de la teja, se hizo sombra a los ojos con una mano y agudizó la mirada para admirar el grandioso espectáculo de colores que tenía al frente.
Flores de todos los tipos crecían en el parque, ordenadas en canteros de piedra pulida y tierra negra. Preciosos robles adultos de hojas anaranjadas salpicando sombra; caminos de tierra que recorrían, más no cortaban, las sinuosas irregularidades del terreno, dibujando paseos que priorizaban el confort antes que la eficiencia; mesitas de campo por aquí y por allá, labradas en piedra, y bancos de madera dónde sentarse a pasar la tarde o disfrutar una merienda. Con todo, lo que más llamaba la atención del parque eran los arcos floreados que coronaban la colina. Brillantes, majestuosos, se llevaban el foco.
Y, frente ellos, no fue difícil distinguir una cabellera naranja que se aventuraba a sus puertas.
—¡Oi! —llamó—. ¡No te escaparás tan fácilmente!
Saltó y voló cuánto pudo, pero ya no había tejados de los que aprovecharse. Cayó en la tierra y siguió su camino a pie, sorteando los canteros, árboles y bancos de madera como una flecha que rompía la paz de un cuadro otoñal. Una flecha blanca.
Atravesó el portal de flores y se topó de frente con una pared de hojas. Un libustro, alto y frondoso, detenía su carrera. Echó un vistazo arriba, después otro a la izquierda y a la derecha. Dos caminos. Eligió correr hacia la derecha.
—¿Estás por aquí? —Corrió hasta topar en otra pared, dónde dobló está vez a la izquierda y siguió adelante por un largo pasillo. Pasó por alto dos pasillos conectados para volver a llegar al extremo y seguir a la derecha.
Pared.
—¿Eh?
Un pasillo sin salida.
—La mierda… ¡Miyori! ¿Me escuchas? —Dedujo rápido que se encontraban en un laberinto. También que las paredes de hojas no aislaban muy bien del sonido, un grito los suficientemente alto debía poder escucharse en buena parte del terreno—. Sí nunca logro salir de aquí, dile a mis compañeros que morí en una competencia de comer mariscos. ¡Y mira bien qué cara pone Juan!
Contuvo la risa, flexionó las rodillas y dió otro gran salto. Veinte metros se elevó. Por encima de las paredes de hoja, por encima de las expectativas del inventor del juego, por encima de sus reglas. Un vistazo es todo lo que necesitaba.
¿Dónde estaba?

