12-05-2026, 06:02 AM
Con la mirada puesta en el cielo, se elevó. Cinco, díez, quince, veinte metros. El aire bullía en sus oídos, tapados súbitamente por el cambio de presión. Su cabello ondeaba y su sonrisa crecía, sintiendo la adrenalina correr por su cuerpo junto a la caricia fría y reconfortante del otoño. Ascendió a toda velocidad, con los ojos entornados y la mandíbula apretada, hasta que la fuerza del salto se rindió al tirón de la tierra. Allí, por un segundo, se quedó quieto, suspendido en el punto más alto de la parábola, ingrávido y libre como pocas personas en el mundo podrían experimentar más de una vez en la vida.
—¡Carajo! Este lugar es enorme. ¿A quién mierda se le ocurre? —Sentado en la nada, con una pierna cruzada sobre la otra y sujetándose el mentón con la mano, suspiró, indignado por el tamaño del laberinto—. ¿Oh? —Y algo llamó su atención. Entre tanto verde, un punto naranja—. ¡Eh! ¡Ya te vi, naranjita!
Era Miyori. Tenía que ser ella.
O, quizá, uno de los arbustos era en realidad un naranjo y lo que estaba viendo era su fruto.
¡Pero las naranjas crecían en los árboles!
Aprovechó ese instante de pausa en el cielo para girar el cuerpo y acomodarlo, colocándose recto, brazos pegados al torso y piernas extendidas, apuntando con la cabeza en la dirección en la que deseaba desplazarse. Confiaría en el impacto del viento, la aerodinámica de su cuerpo y el roce con el aire para redirigir su caída, siguiendo a ciegas reglas que desconocía y probablemente requerían un cuerpo más ligero y proporcionado, como el de un verdadero proyectil, para generar un cambio sustancial en su trayectoria de cara al suelo. Confió en su instinto, ese que tantas veces lo sacó del apuro, y así… terminó aterrizando en el mismo lugar desde donde había saltado. El mismo lugar exacto.
Enji se estrelló contra el suelo sobre la huella de sus propias botas, levantando una nube de tierra y polvo que abarcó varios metros alrededor. En el centro, a los pocos segundos, el pequeño cráter de tierra removida empezó a temblar y su mano brotó desde las profundidades. Asió la superficie sujetándose de las ramas del arbusto más cercano y emergió de debajo de la tierra, renacido y sucio. El pulcro uniforme convertido en una sombra de lo que era.
—Carajo… mierda, Sigrid me va a matar —masculló, sacándose de encima la chaqueta, la camisa, y luego los pantalones—. No hay caso, se perdió para siempre… hm, ¿cuántos de estos tendrán de repuesto en el cuartel? —La imagen del contraalmirante apareció en su cabeza—. Eh, mejor esto me lo llevo…
Se cargó en un hombro el chaquetón de capitán, una prenda de la cual no podía desprenderse tan fácilmente a riesgo de que lo acogotaran nada más regresar al cuartel.
—Muy bien, naranjita. Sigue tarareando esa canción y te encontraré —dijo, dándose dos golpes en el pecho en señal de confianza antes de volver a enfrentar el laberinto.
Los eternos pasillos volvieron a rodearlo e inundar su horizonte. Hojas, ramas y simetría perfecta en enormes muros de vegetación. Corrió a la derecha, luego dobló a la izquierda en el primer cruce y volvió a acelerar. Daba zancadas largas, cubriendo la mayor cantidad de terreno posible con cada paso, y se guiaba de la voz de Miyori para elegir caminos.
—Fuck!
—Ugh, otra vez.
—¡Mierda!
Una y otra vez se topó con senderos bloqueados, pasillos sin salida, muros infranqueables. Sentía que estaban cerca, podía escucharla prácticamente al otro lado de un último muro, pero para llegar a ese otro lado, ¿quién sabe cuántas vueltas debía darle a todo el laberinto? Tan cerca, pero tan lejos a la vez. Empezaba a anochecer y todavía quedaba un último muro entre los dos. Enji se apoyó contra el arbusto y suspiró. El último muro…
De hojas.
—Oye, Miyo, tengo una sospecha. Así, pequeña, pequeñísima, pero es una sospecha real… —suspiró y apoyó ambas manos en el arbusto, sujetando las ramas que se ocultaban bajo el capote de hojas verdes—. Me parece que soy imbécil. Un poquito nomás, eh. Tampoco es que “Wow, qué imbécil”, pero sí algo tarado. —Empezó a producir veneno desde la palma de sus manos, veneno corrosivo de alta concentración—. Aléjate de la pared que tengas más cerca de mi voz —avisó mientras avanzaba a través del muro de hojas, derritiendo el libustro con el poder de su akuma no mi. Después de sólo unos segundos, salió del otro lado, dejando a su espalda un hueco con la forma de su cuerpo—. ¡TA-DA! En efecto, soy imbécil.
—¡Carajo! Este lugar es enorme. ¿A quién mierda se le ocurre? —Sentado en la nada, con una pierna cruzada sobre la otra y sujetándose el mentón con la mano, suspiró, indignado por el tamaño del laberinto—. ¿Oh? —Y algo llamó su atención. Entre tanto verde, un punto naranja—. ¡Eh! ¡Ya te vi, naranjita!
Era Miyori. Tenía que ser ella.
O, quizá, uno de los arbustos era en realidad un naranjo y lo que estaba viendo era su fruto.
¡Pero las naranjas crecían en los árboles!
Aprovechó ese instante de pausa en el cielo para girar el cuerpo y acomodarlo, colocándose recto, brazos pegados al torso y piernas extendidas, apuntando con la cabeza en la dirección en la que deseaba desplazarse. Confiaría en el impacto del viento, la aerodinámica de su cuerpo y el roce con el aire para redirigir su caída, siguiendo a ciegas reglas que desconocía y probablemente requerían un cuerpo más ligero y proporcionado, como el de un verdadero proyectil, para generar un cambio sustancial en su trayectoria de cara al suelo. Confió en su instinto, ese que tantas veces lo sacó del apuro, y así… terminó aterrizando en el mismo lugar desde donde había saltado. El mismo lugar exacto.
Enji se estrelló contra el suelo sobre la huella de sus propias botas, levantando una nube de tierra y polvo que abarcó varios metros alrededor. En el centro, a los pocos segundos, el pequeño cráter de tierra removida empezó a temblar y su mano brotó desde las profundidades. Asió la superficie sujetándose de las ramas del arbusto más cercano y emergió de debajo de la tierra, renacido y sucio. El pulcro uniforme convertido en una sombra de lo que era.
—Carajo… mierda, Sigrid me va a matar —masculló, sacándose de encima la chaqueta, la camisa, y luego los pantalones—. No hay caso, se perdió para siempre… hm, ¿cuántos de estos tendrán de repuesto en el cuartel? —La imagen del contraalmirante apareció en su cabeza—. Eh, mejor esto me lo llevo…
Se cargó en un hombro el chaquetón de capitán, una prenda de la cual no podía desprenderse tan fácilmente a riesgo de que lo acogotaran nada más regresar al cuartel.
—Muy bien, naranjita. Sigue tarareando esa canción y te encontraré —dijo, dándose dos golpes en el pecho en señal de confianza antes de volver a enfrentar el laberinto.
Los eternos pasillos volvieron a rodearlo e inundar su horizonte. Hojas, ramas y simetría perfecta en enormes muros de vegetación. Corrió a la derecha, luego dobló a la izquierda en el primer cruce y volvió a acelerar. Daba zancadas largas, cubriendo la mayor cantidad de terreno posible con cada paso, y se guiaba de la voz de Miyori para elegir caminos.
—Fuck!
—Ugh, otra vez.
—¡Mierda!
Una y otra vez se topó con senderos bloqueados, pasillos sin salida, muros infranqueables. Sentía que estaban cerca, podía escucharla prácticamente al otro lado de un último muro, pero para llegar a ese otro lado, ¿quién sabe cuántas vueltas debía darle a todo el laberinto? Tan cerca, pero tan lejos a la vez. Empezaba a anochecer y todavía quedaba un último muro entre los dos. Enji se apoyó contra el arbusto y suspiró. El último muro…
De hojas.
—Oye, Miyo, tengo una sospecha. Así, pequeña, pequeñísima, pero es una sospecha real… —suspiró y apoyó ambas manos en el arbusto, sujetando las ramas que se ocultaban bajo el capote de hojas verdes—. Me parece que soy imbécil. Un poquito nomás, eh. Tampoco es que “Wow, qué imbécil”, pero sí algo tarado. —Empezó a producir veneno desde la palma de sus manos, veneno corrosivo de alta concentración—. Aléjate de la pared que tengas más cerca de mi voz —avisó mientras avanzaba a través del muro de hojas, derritiendo el libustro con el poder de su akuma no mi. Después de sólo unos segundos, salió del otro lado, dejando a su espalda un hueco con la forma de su cuerpo—. ¡TA-DA! En efecto, soy imbécil.

