[Av T5 - Pr Abs] Una corriente helada (Continuación)
#5

La pequeña simplemente asintió ante la pregunta del Marine. Tal vez fuese timidez, o tal vez fuese la impaciencia por entrar en casa, o tal vez fuese algo más. Stroud se negaba a sacar conclusiones precipitadas, pero no le terminaba de gustar cómo se estaba terciando el asunto. Sin embargo, prefirió dejar que los acontecimientos siguiesen su curso natural, y ver a dónde llevaba todo aquello. Con un poco de suerte, al final de aquel día, habrían ayudado a que la señora en cuestión se curase, y, en el proceso, habrían restaurado la fe en la Justicia de Hoffen.

Stroud exhaló con fuerza, una voluta de vaho saliendo de sus fosas nasales, a medida que observaba los alrededores del pueblo mientras la improvisada escolta Marine llegaba a la casa de Hoffen y él se situaba frente a la puerta, entrecerrando los ojos ante la claridad abrumadora de la nieve. Brazos en jarra, Stroud se imaginó cómo debía de ser aquel lugar cuando hubiese algo más de vida, si es que la había en primer lugar. Imaginó a los cazadores volviendo a casa tras una larga jornada, seguidos por sus sabuesos, cargando con las presas más frescas, y a la gente reuniéndose junto a una de las casas, tal vez ahumando algo de carne para su conservación. A la gente seguramente le gustase patinar sobre la pulida superficie del lago en sus días de asueto, yendo de acá para allá despreocupadamente. Sus ojos grises fueron a parar inevitablemente también al enorme árbol que reposaba a un lado del pueblo, apartado, vigilando sobre sus lugareños como un colosal centinela, preguntándose de dónde habría salido semejante armatoste.

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Cómo visualiza Stroud que debe de ser un lugar como aquel en tiempos de bullicio.

Pero Stroud era consciente de aquello tal vez fuese, y probablemente fuese, su imaginación y nada más que su imaginación. Tal vez el pobre pueblo de Gyasta no fuese simplemente más que lo que veía: un puñado de casas repartidas en la nieve, refugios en los que solo había dos cosas que hacer: sobrevivir al invierno y prepararse para sobrevivir al siguiente. Un lugar en el que la vida se medía en el tiempo entre estación y estación, y no mucho más, en el que tal vez no hubiese momentos como aquellos que imaginaba.

Los Marines no parecían haber llamado la atención de ninguno de los lugareños, o, al menos, estos habían parecido optar por no mostrarlo, ciñéndose a sus propios asuntos. Stroud lo prefería así. Cuando se trataba de situaciones delicadas, cuanta menos intromisión, mejor: directo y al grano, como le gustaba a él. Kibai y Bertram habían empezado a actuar como la maquinaria bien engrasada de la que le enorgullecía formar parte, proporcionando un perímetro de seguridad a su alrededor y formando un triángulo de visión del que pocas cosas podrían escaparse. Pasase lo que pasase, todos los ángulos estaban cubiertos, el terreno estaba bajo control. "Kibai, que no entren en casa," murmuró al Mink con sutileza, haciendo referencia a las avispas, haciendo un ademán hacia la puerta que Hoffen había dejado entreabierta. Antes de entrar, echó un vistazo a su alrededor e, identificándolas, arrancó de cuajo algunas de las hierbas que crecían alrededor de la casa, intuyendo que podrían serle útiles.

Stroud terminó de abrir la puerta, dejando que la cegadora luz blanquecina de la nieve inundase la casa y adentrándose en el lugar. "Con permiso," dijo, limpiándose concienzudamente las botas de nieve en la entrada y procediendo a aproximarse a la mujer, sin esperar a que nadie le indicase explícitamente que podía entrar. "No se preocupe, no hace falta que hable aún," afirmó en su monótona voz, mientras se agachaba junto a su lecho y comprobaba su aspecto. Tomó nota de cuánto sudaba, de su tembleque y de la frecuencia de su respiración, haciendo memoria y recordando sus propios manuales de medicina. "Stroud Redgrave, comandante de la Marina," se presentó discretamente mientras la examinaba, sin esperar respuesta, "y médico," añadió, como si se le hubiera olvidado. "Hoffen, trae agua limpia, unos cuantos paños y las medicinas que tengáis por aquí," ordenó a la niña sin mirarla. "Respire hondo, señora," indicó. Escuchó su respiración, intentando percibir cualquier silbido fuera de lugar. Colocó su mano en la frente de la mujer, comprobando el calor de la piel, y le tomó el pulso, en busca de cualquier irregularidad. "¿Cuánto lleva así?," preguntó a Hoffen.

La revisión era básica, pero más que suficiente si no se trataba de un cuadro clínico excesivamente complejo. Con un poco de suerte, sería una gripe que se había ido de madre. En el peor de los casos, estarían ante algo bastante peor. Observó sus ojos superficialmente, tratando de ver si se presentaban vidriosos o amarillentos. Tocó el cuello bajo la mandíbula, buscando cualquier señal de que los ganglios se le hubiesen inflamado, mientras valoraba cuál podía ser el origen de aquello. No parecía haber señales de infección, ni manchas visibles sobre la piel, pero resultaba difícil de decir con seguridad. Sin embargo, sabía que era fundamental no forzar la situación.

Stroud tomó un paño humedecido y lo colocó en su frente. "Que alguien abra esa ventana, pero solo un poco, sin crear corriente," ordenó, haciendo un ademán hacia una de las ventanas de la casa. Era importante aligerar el aire de aquel lugar. Aquello debería contribuir a mantener la temperatura corporal bajo control. "Hoffen, mezcla agua y un poco de sal y azúcar," indicó, "lávate las manos antes". Una mezcla como aquella era simple, pero muy efectiva a la hora de rehidratar, y cualquiera tendría acceso a aquellos elementos. Dobló las almohadas de la mujer, ayudándola a que se incorporase y a que pudiese respirar un poco mejor. "No se levante, ni hable demasiado," ordenó a la mujer. Se aproximó a la cocina nuevamente y sacó del bolsillo de su abrigo las hierbas que había encontrado antes de entrar, plantas de conocido valor medicinal que también parecían tener sus variantes en Drum: menta, tomillo de invierno y un pedazo de corteza de sauce blanco. No era nada especial, pero, en el mejor de los casos, ayudaría a la hora de aliviar la respiración y la congestión. Se tomó un par de minutos en improvisar una pequeña infusión, de olor mentolado y fuerte y aspecto más espeso de lo que le hubiera gustado.

Con la mujer ya ligeramente incorporada, y presumiblemente con una temperatura corporal que habría empezado a estabilizarse, Stroud le ofreció la infusión para que la bebiese lentamente. "Poco a poco, calma," indicó. Lo monótono, serio y frío de su voz contrastaba con el esmero que ponía en su labor médica. Era importante que no bebiese todo de golpe, por deshidratada que se pudiese encontrar. Naturalmente, no tenía ninguna esperanza de curarla al instante, y mucho menos con los escasos recursos de que disponía en aquel lugar, pero, como mínimo, podría estabilizarla y darle un asidero para que comenzase su recuperación. Se sentó en un taburete junto a la cama, continuando su análisis y haciendo lo posible por identificar la dolencia de la señora antes de continuar el tratamiento o determinar exactamente el rumbo a tomar.

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RE: [Av T5 - Pr Abs] Una corriente helada (Continuación) - por Stroud Nanashi - 12-05-2026, 11:53 AM

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