13-05-2026, 08:06 PM
(Última modificación: 13-05-2026, 08:33 PM por Zhang Guolao.)
Zhang era incapaz de sentir frío o calor, pero su cuerpo seguía siendo víctima de la naturaleza de las cosas, y por ello, una vez estuvo en medio de aquella habitación, su pelaje se erizó, como si de un felino se tratase.
Zhang golpeó el suelo con su pezuña una vez estuvo junto a Bai, y sin poder dejar de mirar las bolsas que traía, saludaba a la joven alada. El calor de la comida que Bai había traído era un faro acogedor en el ambiente helado de la isla.
—Buenos días, Bai, no he logrado dormir mucho… es extraño estar en un lugar con tantas personas. —El viejo Mink se había acostumbrado a la compañía de la selva, y a la soledad misma. Pero el camino debía continuar.
El burro observó cómo Bai se servía el té, cómo el calor se escapaba de la taza. El sonido de su voz resonaba en el pequeño espacio.
—Hmmmm, supongo que sí… —Las palabras de Bai golpeaban aún más su cuerpo viejo, recordando la estadía en el jardín pequeño. —A veces el camino más difícil es seguir viviendo.
Las personas que habían quedado atrás no eran ahora más que un recuerdo en su corazón, pero a pesar de ello, aún había algo que le molestaba… Apretó sus dientes con fuerza, mientras recordaba el paseo que acababa de dar.
El ojo de Zhang se posó en Bai, un brillo de compasión en su mirada. —Salí de Zou... porque buscaba entender, aprender... El mundo es un libro inmenso, lleno de historias y saberes, y yo, un simple burro, anhelaba leer cada página. Quería ver las montañas que tocan el cielo, escuchar los mares lejanos.
Un pequeño soplido de aire frío escapó de Zhang. —Y esta tripulación… almas libres, ofrecía ese camino. La promesa de la libertad era como el agua fresca para un sediento. Quería aprender de todos, de sus sueños, de sus fuerzas. Quería ser parte de algo. —Era algo simple, pero Zhang llevaba solo media vida.
El viejo burro tomó un sorbo de su té, que ya estaba frío, casi helado. Sintió el frío líquido deslizarse por su garganta.
—Y sí, Bai. —continuó, su voz suave, —Ese deseo sigue siendo tan fuerte como el Wu Wei. La vida en el mar puede ser cruel, sí, pero también es una gran maestra. Y mi deseo de proteger lo que es bueno, de buscar la paz, mi paz, de aprender y crecer junto a ustedes... ese deseo no ha disminuido, es el fuego que calienta mi frío corazón.
Zhang escuchó las palabras de Bai sobre los sueños y el legado. El silencio fue pesado por unos minutos, y el silencio sonaba con fuerza en aquel lugar.
—Hmmm... Es natural preguntarse si estamos viviendo el deseo de otros. —El burro asintió de nuevo. —Cao, Dong, Han, Lan, Alana, Kay... todos ellos sembraron semillas de libertad y sueños. Sus espíritus, sus risas, sus ideales. Son parte de lo que somos.
Zhang suspiró, y aquella rabia con la que había empezado la conversación empezó a mermar un poco. —Pero la bandera, Bai, no es solo el recuerdo. Los sueños de los que se fueron nos dieron un motivo, un camino. Pero ahora somos nosotros quienes debemos decidir hacia dónde avanzar. —Zhang no quería alejarse de sus compañeras, pero no podía atarlas a seguir por ese camino.
—Tu corazón es grande, Bai. Y no te equivocas, no somos débiles ninguno de nosotros. Pero la verdadera fuerza radica en nuestra unión.
Zhang permaneció unos segundos en silencio, y observando a la joven alada, le respondió: —El dolor es un gran maestro, eso es parte de crecer. No podemos bajar la bandera para siempre. La vida sigue su curso. Debemos levantar nuestra propia bandera con orgullo.
—Nuestras metas, nuestros sueños... por separado son grandes, pero juntos... Debemos buscar esa guía, esa dirección. ¿Qué dices, Bai? ¿Nos sentamos y hablamos, como viejos amigos, y decidimos el rumbo de nuestro viaje?
El viejo burro esperó, dejando que sus palabras flotaran en el aire frío, esperando la respuesta de su compañera. Zhang observó a todos los lados, en busca de Mahou, esta conversación era necesaria, y debían tomar la decisión todos juntos.
Zhang golpeó el suelo con su pezuña una vez estuvo junto a Bai, y sin poder dejar de mirar las bolsas que traía, saludaba a la joven alada. El calor de la comida que Bai había traído era un faro acogedor en el ambiente helado de la isla.
—Buenos días, Bai, no he logrado dormir mucho… es extraño estar en un lugar con tantas personas. —El viejo Mink se había acostumbrado a la compañía de la selva, y a la soledad misma. Pero el camino debía continuar.
El burro observó cómo Bai se servía el té, cómo el calor se escapaba de la taza. El sonido de su voz resonaba en el pequeño espacio.
—Hmmmm, supongo que sí… —Las palabras de Bai golpeaban aún más su cuerpo viejo, recordando la estadía en el jardín pequeño. —A veces el camino más difícil es seguir viviendo.
Las personas que habían quedado atrás no eran ahora más que un recuerdo en su corazón, pero a pesar de ello, aún había algo que le molestaba… Apretó sus dientes con fuerza, mientras recordaba el paseo que acababa de dar.
El ojo de Zhang se posó en Bai, un brillo de compasión en su mirada. —Salí de Zou... porque buscaba entender, aprender... El mundo es un libro inmenso, lleno de historias y saberes, y yo, un simple burro, anhelaba leer cada página. Quería ver las montañas que tocan el cielo, escuchar los mares lejanos.
Un pequeño soplido de aire frío escapó de Zhang. —Y esta tripulación… almas libres, ofrecía ese camino. La promesa de la libertad era como el agua fresca para un sediento. Quería aprender de todos, de sus sueños, de sus fuerzas. Quería ser parte de algo. —Era algo simple, pero Zhang llevaba solo media vida.
El viejo burro tomó un sorbo de su té, que ya estaba frío, casi helado. Sintió el frío líquido deslizarse por su garganta.
—Y sí, Bai. —continuó, su voz suave, —Ese deseo sigue siendo tan fuerte como el Wu Wei. La vida en el mar puede ser cruel, sí, pero también es una gran maestra. Y mi deseo de proteger lo que es bueno, de buscar la paz, mi paz, de aprender y crecer junto a ustedes... ese deseo no ha disminuido, es el fuego que calienta mi frío corazón.
Zhang escuchó las palabras de Bai sobre los sueños y el legado. El silencio fue pesado por unos minutos, y el silencio sonaba con fuerza en aquel lugar.
—Hmmm... Es natural preguntarse si estamos viviendo el deseo de otros. —El burro asintió de nuevo. —Cao, Dong, Han, Lan, Alana, Kay... todos ellos sembraron semillas de libertad y sueños. Sus espíritus, sus risas, sus ideales. Son parte de lo que somos.
Zhang suspiró, y aquella rabia con la que había empezado la conversación empezó a mermar un poco. —Pero la bandera, Bai, no es solo el recuerdo. Los sueños de los que se fueron nos dieron un motivo, un camino. Pero ahora somos nosotros quienes debemos decidir hacia dónde avanzar. —Zhang no quería alejarse de sus compañeras, pero no podía atarlas a seguir por ese camino.
—Tu corazón es grande, Bai. Y no te equivocas, no somos débiles ninguno de nosotros. Pero la verdadera fuerza radica en nuestra unión.
Zhang permaneció unos segundos en silencio, y observando a la joven alada, le respondió: —El dolor es un gran maestro, eso es parte de crecer. No podemos bajar la bandera para siempre. La vida sigue su curso. Debemos levantar nuestra propia bandera con orgullo.
—Nuestras metas, nuestros sueños... por separado son grandes, pero juntos... Debemos buscar esa guía, esa dirección. ¿Qué dices, Bai? ¿Nos sentamos y hablamos, como viejos amigos, y decidimos el rumbo de nuestro viaje?
El viejo burro esperó, dejando que sus palabras flotaran en el aire frío, esperando la respuesta de su compañera. Zhang observó a todos los lados, en busca de Mahou, esta conversación era necesaria, y debían tomar la decisión todos juntos.
Zhang Guolao
"El vacío no se mueve, pero lo contiene todo"
❄ La Calma del Vacío
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