14-05-2026, 12:41 AM
No le pasó desapercibido al panda el hecho de que Kisuke había dejado caer que no le acompañaría a lidiar con Kovashi a través de su manifiesta seguridad en que el mink sería capaz de llevar a cabo la misión. Se lo agradeció mentalmente, porque sabía que aquella era una batalla que debía de librar solo. Sus andanzas revolucionarias empezaron hace mucho tiempo, pero fue con Kovashi, Derya y Khruner con quienes florecieron en ánimo primaveral y se manifestaron en la mayor aventura de su vida. Este último acto de Kovashi, sin embargo, daba paso al crudo invierno de una aventura que debía llegar a su final. Don Bambú se hizo una promesa. Se enfrentaría a su viejo amigo y, aunque le costase la vida, aceptaría todo ese rencor que Kovashi le guardaba por haber sobrevivido y le daría el descanso que merecen los guerreros.
El silencio grave duró unos escasos segundos antes de que la suposición de Kisuke sobre los contenidos de la caja desatase la personalidad más animosa de Alhen. Don Bambú escuchó en silencio, sin ánimos de reírse con su superior ni de sonreír tan siquiera ante sus chistes oportunos. La apertura de la caja no le alteró demasiado más allá de la sorpresa inicial de un montón de papeles volando por doquier. Nunca le interesó demasiado el dinero, pero sabía que era importante tenerlo y que se invirtiera en la isla en pos de construir un importante astillero. Uno de los mapas le rozaba el pie, dándole una ligera sensación de cosquilleo, y el panda no pudo reprimir la curiosidad de echarle un ojo. Se agachó para recogerlo al tiempo que lo verdaderamente importante de la caja se desparramaba por el suelo en forma de fajos y fajos de billetes. Cien millones de Berries, probablemente una cantidad que no había visto junta, en una caja, en toda su vida. —No hay nada que perdonar, señor, los mapas siempre son interesantes. —Comentó mirando el que tenía entre sus manos con absoluta curiosidad y fascinación, quizás tratando de distraerse de las terribles noticias que acababa de recibir.
La reunión tendría lugar en un mes y las preparaciones tendrían que estar en marcha antes de salir de allí. Trabajar con fechas cerradas le resultaba más agradable que disponer de una cantidad indeterminada de tiempo entre sus manos. Había un mes y en un mes tenía que estar. Sabiendo esto, el resto era una cuestión de cómo organizarse. Kisuke era el que mandaba en estos aspectos, pero el panda le asistiría todo lo posible. Había llegado el momento de abandonar la biblioteca y empezar a trabajar por la Revolución una vez más. Dejó el mapa que había curioseado por encima de sus posibilidades como Mariscal del Ejército frente a una de las mismísimas Manos y se cuadró como correspondía una vez más. —Déjelo en nuestras manos, señor. Esos hombres y mujeres trabajarán duramente por la libertad en esta isla, como corresponde. —Dijo con tono marcial, centrándose por entero en la tarea que tenían delante.
Repentinamente, un gato. Siempre hacían igual los felinos. Aparecían cuando ellos querían aparecer y se convertían en el centro de las conversaciones. El panda lo entendía y lo aceptaba: le gustaban los gatos. El indiferente animal terminó reposando sobre el hombro de una de las figuras más importantes de la Revolución como si el animal fuera la mismísima Comandante Suprema, lo cual, a decir verdad, todavía no podía descartarse. Reprimió las ganas de soltarle un pspsps a la gata que se le acababan de presentar y se mantuvo a la misma distancia que ya le separaba de su superior, guardando silencio. Seguro que Kisuke tenía alguna última cosa que añadir antes de terminar con la reunión.
El silencio grave duró unos escasos segundos antes de que la suposición de Kisuke sobre los contenidos de la caja desatase la personalidad más animosa de Alhen. Don Bambú escuchó en silencio, sin ánimos de reírse con su superior ni de sonreír tan siquiera ante sus chistes oportunos. La apertura de la caja no le alteró demasiado más allá de la sorpresa inicial de un montón de papeles volando por doquier. Nunca le interesó demasiado el dinero, pero sabía que era importante tenerlo y que se invirtiera en la isla en pos de construir un importante astillero. Uno de los mapas le rozaba el pie, dándole una ligera sensación de cosquilleo, y el panda no pudo reprimir la curiosidad de echarle un ojo. Se agachó para recogerlo al tiempo que lo verdaderamente importante de la caja se desparramaba por el suelo en forma de fajos y fajos de billetes. Cien millones de Berries, probablemente una cantidad que no había visto junta, en una caja, en toda su vida. —No hay nada que perdonar, señor, los mapas siempre son interesantes. —Comentó mirando el que tenía entre sus manos con absoluta curiosidad y fascinación, quizás tratando de distraerse de las terribles noticias que acababa de recibir.
La reunión tendría lugar en un mes y las preparaciones tendrían que estar en marcha antes de salir de allí. Trabajar con fechas cerradas le resultaba más agradable que disponer de una cantidad indeterminada de tiempo entre sus manos. Había un mes y en un mes tenía que estar. Sabiendo esto, el resto era una cuestión de cómo organizarse. Kisuke era el que mandaba en estos aspectos, pero el panda le asistiría todo lo posible. Había llegado el momento de abandonar la biblioteca y empezar a trabajar por la Revolución una vez más. Dejó el mapa que había curioseado por encima de sus posibilidades como Mariscal del Ejército frente a una de las mismísimas Manos y se cuadró como correspondía una vez más. —Déjelo en nuestras manos, señor. Esos hombres y mujeres trabajarán duramente por la libertad en esta isla, como corresponde. —Dijo con tono marcial, centrándose por entero en la tarea que tenían delante.
Repentinamente, un gato. Siempre hacían igual los felinos. Aparecían cuando ellos querían aparecer y se convertían en el centro de las conversaciones. El panda lo entendía y lo aceptaba: le gustaban los gatos. El indiferente animal terminó reposando sobre el hombro de una de las figuras más importantes de la Revolución como si el animal fuera la mismísima Comandante Suprema, lo cual, a decir verdad, todavía no podía descartarse. Reprimió las ganas de soltarle un pspsps a la gata que se le acababan de presentar y se mantuvo a la misma distancia que ya le separaba de su superior, guardando silencio. Seguro que Kisuke tenía alguna última cosa que añadir antes de terminar con la reunión.
