El equipo asintió y nos movimos. Me preocupaba que todos estuvieran tan de acuerdo con mi plan e intenciones. Por una parte me gustaba que el equipo estuviera alineado, por otra parte me daba cierta pena ver que Joe era la verdadera brújula moral del grupo y que sin él, ahora parezco serlo yo. Y yo estoy mucho más cerca de un asesino que de un justiciero. Así que esto me hacía plantearme muchas cosas mientras avanzábamos al establo de Holly, con el ceño fruncido y en silencio.
Una vez en el establo, en “Hol’s Horses”, pasamos al interior donde los dos hermanos nos recibieron hablando de las hazañas de Fuguwu, Karl y Apolo. Gracias a la simpatía natural de la División 9, nos podríamos llevar los caballos de manera gratuita. Asentí con gratitud, no me esperaba un gesto así de estos pueblerinos pero, desde luego nos ayudaría. Karl al escuchar esto, no supo que decir y para no llevárnoslos sin más, ofreció que Fuguwu lo ayudara a cocinar y nos pudiéramos llevar provisiones, incluso pagando algo por los ingredientes. Desde luego necesitábamos provisiones. — Es cierto que algo de comida y agua nos vendría bien para el camino. — reafirmé las palabras de Karl. Acto seguido pasamos con Billy a la cuadra donde pudimos escoger caballos. Karl se decantó por uno rojo y negro con trenzas. Grande y fuerte para poder llevarla. Fuguwu eligió uno pardo que parecía tranquilo y amable, acto seguido comenzó a practicar con Billy. Apolo por su parte y siendo tan caótico como siempre, comenzó montando un pony de manera cómica hasta pasar a recibir una coz por el que sería su caballo. Mientras la División pasaba un momento ameno en la cuadra, yo observaba las monturas, pasaba la vista entre ellas hasta que me detuve en uno al fondo de la cuadra. Blanco ceniza y de mirada aterradora y pálida. Sus ojos se clavaron en los míos como si me reconociera, totalmente tranquilo, sin un ápice de miedo. Me acerqué lento hacia él hasta parar a unos centímetros sin perder la mirada con el animal. Elevé mi mano a la altura de su cabeza, dejando unos diez centímetros hasta su nariz y, tras dejar que me oliese, fue él mismo quien inclinó su cabeza hacia mi mano, lenta y gentilmente, permitiendo que lo acariciara por encima de la nariz. Su correa, negra, tenía un broche plateado con una inscripción. — Desesperación. Yo soy Viktor, y hoy cabalgaremos juntos. — dije, antes de abrir la puerta de su recinto y montar en él. Teníamos las provisiones, el agua y los caballos, tocaba partir. Salimos despidiéndonos de los vaqueros, quienes nos habían dado las herramientas para continuar.
Durante el camino, que se hizo largo y pesado, Karl se quejaba sobre el calor y Fuguwu trataba de calmarla, mientras Apolo cantaba para amenizar el viaje. — Quería aprovechar para poner cosas en común. — dije tras carraspear un poco — Como dije antes, quería hablar sobre las Akuma no mi. Pero no solo sobre eso, si no sobre las habilidades de lucha. — dije acercándome al grupo y cabalgando lo más pegados posibles para no dar voces — Vosotros os conocéis, y, aunque desconozco cuantas peleas juntos habéis tenido, entiendo que tendréis vuestras estrategias. Yo os conozco, al menos un poco. — dije mirando a la División — Karl usa la Tori Tori Modelo Fénix y lucha cuerpo a cuerpo con fuerza bruta. Fuguwu es un luchador de Karate Gyojin y Apolo combina el cuerpo a cuerpo con el rokushiki y su Suna Suna. — dije mirando a los miembros uno a uno. — Sois un grupo variopinto en cuanto a habilidades, pero no tenéis más que una marcha: el cuerpo a cuerpo. No es que me queje. — dije con retintín en lo último — Pero vosotros no me conocéis a mi. Me habéis visto hacer algunas cosas y algunos hemos entrenado sin mostrar casi nada, así que hay ciertos aspectos de pelear conmigo que debéis saber. Lo primero: como ya sabéis, soy un usuario de tipo Zoan. Porto al Inu Inu Modelo Okuchi no Makami. Una fruta casi tan rara como la de Karl, pero con otras habilidades. Particularmente se me da bien el invierno. Cuando las cosas se vuelven feas, tengo cierta costumbre entorpecer a mis enemigos y, lamentablemente a mis amigos también. — dije encogiéndome de hombros — Hasta ahora no era un problema pues mi compañero era totalmente inmune a estos efectos pero, intuyo que vosotros no lo sois. Así que si la batalla se recrudece, es prudente mantener cierta distancia conmigo para evitar ser afectos por mis poderes. — sentencié advirtiendo a la División 9 — Así que a no ser que alguien quiera revelar algún superpoder oculto al equipo… creo que ya sabemos con qué cartas jugamos todos. — finalicé, cerca de llegar al lago.
Una vez allí el sol estaba cerca de esconderse. Un enorme lago de cientos de metros de ancho y rodeado por una capa de arena y arcilla, sin ningún ápice de vida, era lo único que encontramos. Eso y unas antorchas ubicadas en la orilla, cerca de nosotros. Bajé de Desesperación y le miré serio — Quieto. — ordené al equino que ni se movió. Karl fue pragmática y ante no ver nada que llamara la atención, sopesó montar campamento y hacer guardia. — No es mala idea. Rompamos algunos árboles secos y hagamos un fuego para cuando llegue la noche. — dije mientras me acercaba a Fuguwu, que parecía analizar el lago. Puse mi diestra sobre su hombro y este aseveró que olía a trampa pues no había vida en el lago y de entrar, sería fácilmente detectable. — Bien… — dije golpeando dos veces su hombro izquierdo con camaradería. Apolo me preguntó directamente por ideas y, para mi desgracia, no había ninguna. — Ha sido un día largo. Veo y subo la apuesta de Karl de acampar. Hagamos un fuego y cenemos algo. Quizás hasta me anime a contaros historias que he leído en mis libros. — dije, volviendo a la zona de los caballos tras guiñar un ojo a Apolo.
Las horas pasaron y el sol cayó, con el fuego que habíamos preparado y las piedras que juntamos en círculo para cenar en compañía. Los caballos descansaban tumbados y nosotros pudimos comer los burritos que Fuguwu preparó -exquisitos por cierto- y bebimos para hidratarnos de nuevo. Pasadas unas horas y ya bien entrada la noche pero aún no muy cansados, me animé a contar historias con el fuego para subir la moral del equipo. — Venga, os contaré una historia. — dije arengando al equipo a atender — Erase una vez un reino muy lejano donde la gente sufría por una plaga de ratas. Casi como aquí, pero ratas de verdad. El rey de aquel lugar no sabía como solucionar el problema y las ratas no paraban de comerse las cosechas, de enfermar a la gente y, con el tiempo, diezmar a la población. — gesticulé sacando el mechero y comenzando a abrirlo y cerrarlo mientras con la zurda hacía señas para escenificar la historia — Fue entonces que el pueblo decidió contratar a un hombre que prometía terminar con la plaga. Un flautista. Un músico que hipnotizaría a las ratas y las llevaría directas al río para que se ahogaran. Así lo hizo el buen flautista, quien con maña y música llevó a las ratas al río y las ahogó, librando al pueblo de su pesar. Mas el pueblo, codicioso, no quiso darle su pago al flautista: una simple moneda de oro. El flautista montó en cólera. — me levanté escenificando con un palo como si fuera la flauta y señalaba a los marines — Harto y desesperado el flautista decidió hacer pagar al pueblo. Con la misma flauta que tocó la melodía que los salvó, tocó una diferente que hizo a los hijos de los hombres codiciosos del pueblo seguirlo al mismo sitio donde había ahogado a los animales y los arrojó al agua, haciendo que todos murieran. — dije frenando el tono y abriendo el mechero de Joe — El pueblo creyó que el río se había tragado su problema gratis. Pero la lección es simple: el guía que te lleva al río siempre exige que le pagues su moneda. — dije mientras me sentaba de nuevo y me callaba. — El guía que te lleva al río... — murmuré mientras cerraba por última vez el mechero, con un silencio sepulcral en el desierto terracota. — La moneda... La moneda, Fuguwu. — dije dos veces, la primera aún entrecortada y la segunda convencida, extendiendo la mano al Gyojin esperando la moneda. Tras esto, me levanté, esperando que me siguieran. — Leí un mito de tierras lejanas. Allí el infierno tenía por puerta un río, un río tan muerto como el infierno que custodiaba, sin vida alguna. — dije acercándonos a las antorchas. — No había ser mortal capaz de cruzarlo y, para ello, debías hacerlo con Caronte, el barquero del río Estigia… el río de los muertos. — me frené junto a los Marines entre las antorchas con la moneda en la mano derecha. — Y el guía que te lleva al río siempre exige que le pagues su moneda — espeté lanzando con el pulgar la moneda al agua, a diez metros de distancia aproximadamente.
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Durante el camino, que se hizo largo y pesado, Karl se quejaba sobre el calor y Fuguwu trataba de calmarla, mientras Apolo cantaba para amenizar el viaje. — Quería aprovechar para poner cosas en común. — dije tras carraspear un poco — Como dije antes, quería hablar sobre las Akuma no mi. Pero no solo sobre eso, si no sobre las habilidades de lucha. — dije acercándome al grupo y cabalgando lo más pegados posibles para no dar voces — Vosotros os conocéis, y, aunque desconozco cuantas peleas juntos habéis tenido, entiendo que tendréis vuestras estrategias. Yo os conozco, al menos un poco. — dije mirando a la División — Karl usa la Tori Tori Modelo Fénix y lucha cuerpo a cuerpo con fuerza bruta. Fuguwu es un luchador de Karate Gyojin y Apolo combina el cuerpo a cuerpo con el rokushiki y su Suna Suna. — dije mirando a los miembros uno a uno. — Sois un grupo variopinto en cuanto a habilidades, pero no tenéis más que una marcha: el cuerpo a cuerpo. No es que me queje. — dije con retintín en lo último — Pero vosotros no me conocéis a mi. Me habéis visto hacer algunas cosas y algunos hemos entrenado sin mostrar casi nada, así que hay ciertos aspectos de pelear conmigo que debéis saber. Lo primero: como ya sabéis, soy un usuario de tipo Zoan. Porto al Inu Inu Modelo Okuchi no Makami. Una fruta casi tan rara como la de Karl, pero con otras habilidades. Particularmente se me da bien el invierno. Cuando las cosas se vuelven feas, tengo cierta costumbre entorpecer a mis enemigos y, lamentablemente a mis amigos también. — dije encogiéndome de hombros — Hasta ahora no era un problema pues mi compañero era totalmente inmune a estos efectos pero, intuyo que vosotros no lo sois. Así que si la batalla se recrudece, es prudente mantener cierta distancia conmigo para evitar ser afectos por mis poderes. — sentencié advirtiendo a la División 9 — Así que a no ser que alguien quiera revelar algún superpoder oculto al equipo… creo que ya sabemos con qué cartas jugamos todos. — finalicé, cerca de llegar al lago.
Una vez allí el sol estaba cerca de esconderse. Un enorme lago de cientos de metros de ancho y rodeado por una capa de arena y arcilla, sin ningún ápice de vida, era lo único que encontramos. Eso y unas antorchas ubicadas en la orilla, cerca de nosotros. Bajé de Desesperación y le miré serio — Quieto. — ordené al equino que ni se movió. Karl fue pragmática y ante no ver nada que llamara la atención, sopesó montar campamento y hacer guardia. — No es mala idea. Rompamos algunos árboles secos y hagamos un fuego para cuando llegue la noche. — dije mientras me acercaba a Fuguwu, que parecía analizar el lago. Puse mi diestra sobre su hombro y este aseveró que olía a trampa pues no había vida en el lago y de entrar, sería fácilmente detectable. — Bien… — dije golpeando dos veces su hombro izquierdo con camaradería. Apolo me preguntó directamente por ideas y, para mi desgracia, no había ninguna. — Ha sido un día largo. Veo y subo la apuesta de Karl de acampar. Hagamos un fuego y cenemos algo. Quizás hasta me anime a contaros historias que he leído en mis libros. — dije, volviendo a la zona de los caballos tras guiñar un ojo a Apolo.
Las horas pasaron y el sol cayó, con el fuego que habíamos preparado y las piedras que juntamos en círculo para cenar en compañía. Los caballos descansaban tumbados y nosotros pudimos comer los burritos que Fuguwu preparó -exquisitos por cierto- y bebimos para hidratarnos de nuevo. Pasadas unas horas y ya bien entrada la noche pero aún no muy cansados, me animé a contar historias con el fuego para subir la moral del equipo. — Venga, os contaré una historia. — dije arengando al equipo a atender — Erase una vez un reino muy lejano donde la gente sufría por una plaga de ratas. Casi como aquí, pero ratas de verdad. El rey de aquel lugar no sabía como solucionar el problema y las ratas no paraban de comerse las cosechas, de enfermar a la gente y, con el tiempo, diezmar a la población. — gesticulé sacando el mechero y comenzando a abrirlo y cerrarlo mientras con la zurda hacía señas para escenificar la historia — Fue entonces que el pueblo decidió contratar a un hombre que prometía terminar con la plaga. Un flautista. Un músico que hipnotizaría a las ratas y las llevaría directas al río para que se ahogaran. Así lo hizo el buen flautista, quien con maña y música llevó a las ratas al río y las ahogó, librando al pueblo de su pesar. Mas el pueblo, codicioso, no quiso darle su pago al flautista: una simple moneda de oro. El flautista montó en cólera. — me levanté escenificando con un palo como si fuera la flauta y señalaba a los marines — Harto y desesperado el flautista decidió hacer pagar al pueblo. Con la misma flauta que tocó la melodía que los salvó, tocó una diferente que hizo a los hijos de los hombres codiciosos del pueblo seguirlo al mismo sitio donde había ahogado a los animales y los arrojó al agua, haciendo que todos murieran. — dije frenando el tono y abriendo el mechero de Joe — El pueblo creyó que el río se había tragado su problema gratis. Pero la lección es simple: el guía que te lleva al río siempre exige que le pagues su moneda. — dije mientras me sentaba de nuevo y me callaba. — El guía que te lleva al río... — murmuré mientras cerraba por última vez el mechero, con un silencio sepulcral en el desierto terracota. — La moneda... La moneda, Fuguwu. — dije dos veces, la primera aún entrecortada y la segunda convencida, extendiendo la mano al Gyojin esperando la moneda. Tras esto, me levanté, esperando que me siguieran. — Leí un mito de tierras lejanas. Allí el infierno tenía por puerta un río, un río tan muerto como el infierno que custodiaba, sin vida alguna. — dije acercándonos a las antorchas. — No había ser mortal capaz de cruzarlo y, para ello, debías hacerlo con Caronte, el barquero del río Estigia… el río de los muertos. — me frené junto a los Marines entre las antorchas con la moneda en la mano derecha. — Y el guía que te lleva al río siempre exige que le pagues su moneda — espeté lanzando con el pulgar la moneda al agua, a diez metros de distancia aproximadamente.
Resumen
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