22-11-2023, 03:24 PM
Según Panda realizaba su trabajo, pudo escuchar cómo Caoba reconocía que había notado la marcha de Moris. Don Bambú se consideraba un mink de ciencia y rechazaba la espiritualidad con fervor, pero respetaba las creencias de los demás al mismo tiempo, siempre y cuando el fanatismo no se apoderase de ellas. La iglesia le parecía una aberración, pero no así las tribus que practicaban inocuos ritos consistentes en bailar alrededor de las hogueras o fingir conversaciones con seres que no estaban allí. No hizo ningún comentario porque era respetuoso y sabía callar cuando debía.
El barco se detendría a orillas de la playa, a suficiente distancia para llegar de un salto o bajar hundiéndose tan solo hasta la cintura. Algunos irían a cambiarse de ropa para ponerse algo más solemne, supuso el panda, pero él no tenía ropa para tales eventos. Lo mejor que podía llevar era lo que llevaba puesto: Una camisa verde claro y unos pantalones azul oscuros.
Como era el más fuerte allí, decidió ser el que llevase a Moris hacia el lugar indicado para su enterramiento. Se dirigió al interior del barco, a la habitación donde lo tenían cubierto de sábanas pulcras para preservarlo lo mejor posible (que no es mucho). Una vez allí, con delicadeza levantó su cuerpo inerte y lo cargó hasta la cubierta del barco. La imagen del panda con la minúscula (en comparación) figura humanoide envuelta en sábanas sobre sus brazos debía de ser impactante.
Don Bambú escogió saltar hasta un punto cercano donde Kovashi había abierto una tumba con forma cúbica. Aterrizó sin a penas alterar la arena de la playa, que se tambaleó levemente como si de un charco de agua recibiendo gotas de lluvia se tratase. Introdujo el cadáver de Moris con delicadeza en la tumba y se situó a un lateral con ambas manos entrelazadas sobre su cintura, esperando. No tenía palabras para Moris, porque acababa de conocerlo, pero sí se sentía culpable de su muerte. Podría haber sido más fuerte, más rápido. Soñaría con su padre recordándoselo, ya podía sentirlo llegar. La primera en hablar fue Caoba, y aunque lo hizo brevemente, sus palabras iban cargadas de una emoción inigualable. Depositó en la tumba lo que parecía ser una flor de papel. Era una rosa. En algunas culturas, reconoció el panda, el blanco era el color de la muerte. Se preguntó si todos dejarían algo. Tampoco tenía nada para depositar en la tumba a modo de regalo hacia la otra vida.
Lo mejor que supo hacer, de nuevo, era quedarse quieto y callado donde estaba.
El barco se detendría a orillas de la playa, a suficiente distancia para llegar de un salto o bajar hundiéndose tan solo hasta la cintura. Algunos irían a cambiarse de ropa para ponerse algo más solemne, supuso el panda, pero él no tenía ropa para tales eventos. Lo mejor que podía llevar era lo que llevaba puesto: Una camisa verde claro y unos pantalones azul oscuros.
Como era el más fuerte allí, decidió ser el que llevase a Moris hacia el lugar indicado para su enterramiento. Se dirigió al interior del barco, a la habitación donde lo tenían cubierto de sábanas pulcras para preservarlo lo mejor posible (que no es mucho). Una vez allí, con delicadeza levantó su cuerpo inerte y lo cargó hasta la cubierta del barco. La imagen del panda con la minúscula (en comparación) figura humanoide envuelta en sábanas sobre sus brazos debía de ser impactante.
Don Bambú escogió saltar hasta un punto cercano donde Kovashi había abierto una tumba con forma cúbica. Aterrizó sin a penas alterar la arena de la playa, que se tambaleó levemente como si de un charco de agua recibiendo gotas de lluvia se tratase. Introdujo el cadáver de Moris con delicadeza en la tumba y se situó a un lateral con ambas manos entrelazadas sobre su cintura, esperando. No tenía palabras para Moris, porque acababa de conocerlo, pero sí se sentía culpable de su muerte. Podría haber sido más fuerte, más rápido. Soñaría con su padre recordándoselo, ya podía sentirlo llegar. La primera en hablar fue Caoba, y aunque lo hizo brevemente, sus palabras iban cargadas de una emoción inigualable. Depositó en la tumba lo que parecía ser una flor de papel. Era una rosa. En algunas culturas, reconoció el panda, el blanco era el color de la muerte. Se preguntó si todos dejarían algo. Tampoco tenía nada para depositar en la tumba a modo de regalo hacia la otra vida.
Lo mejor que supo hacer, de nuevo, era quedarse quieto y callado donde estaba.
