23-05-2026, 03:40 PM
Día 15 de invierno, Reino de Briss
EL invierno azotaba con fuerza las duras paredes del reino de Briss, que no acostumbraba a tener días tan fríos como este. Pero la gélida temperatura no sería la principal foco de atención en el día de hoy, las personas se agrupaban como copos de nieve frente a una de las murallas del castillo, algunos curiosos, otros expectantes, algún que otro despistado simplemente pasaba por allí y aprovechaba para dar un ojo.
¿El principal protagonista de esta conmoción? Mustachy Javert, un soldado del reino, que hoy estaría a cargo del espectáculo, acompañado de multitud de soldados que vigilaban la zona. O al menos eso era para algunos un grotesco espectáculo, lo que el diminuto soldado presentaba hoy para las buenas gentes no era ni más ni menos que la ejecución pública de tres criminales. Estos pobres desgraciados servirían de ejemplo para demostrar a las buenas gentes, que nada, ni nadie, está por encima de la ley. La plataforma de ejecución donde serían ahorcados los criminales estaba colocada pegada a los muros del castillo, compuesta principalmente por maderas viejas que habían visto ya muchos inviernos.
En este escenario nos encontramos a Roger, envuelto entre los plebeyos y escuchando, con sus afiladas orejas, el discurso del diligente soldadito. —A continuación… Damas y caballeros, daremos paso a la ejecución— Los pasos del militar se escuchaban con una contundencia anormal para alguien de tan reducido tamaño, eclipsando las pisadas del gran verdugo que le acompañaba. Este acompañante le quitó la tela que le tapaba el rostro al primero de los tres criminales, un gyojin pez roca de gran tamaño.
Sin esperar un instante, el tontatta continuó su discurso —¡Marius Dubois! Sentenciado a la horca por robar a las buenas gentes de nuestro reino— El robusto ladrón no se contuvo para responderle —¡FUE MEDIA BARRA DE PAN! ¡Mis hermanos tienen hambre!— Pero sus palabras no hicieron flaquear la resolución de Mustachy, un hombre que era considerado pulcro por todos los que le conocían, admirado por sus compañeros y vecinos… Un hombre de inquebrantable convicción que se rumoreaba que estaba próximo a ascender.
El verdugo quitó la bolsa que tapaba la cara del siguiente criminal, mostrando al mundo el rostro de un hombre de cabellos castaños —¡Louis Valjean! Uno de los criminales más activos de los últimos meses. Condenado a la horca por organizar múltiples altercados, manifestaciones y por tentativa de terrorismo.— Al escuchar la condena de Louis, se pudo apreciar en la plaza el creciente murmullo de los espectadores, algunos juzgando severamente, apuñalando al convicto con sus miradas. Los otros, algunos de ellos que le conocían desde que era un chaval que corría por las intrincadas calles del pueblo, miraban con tristeza, incrédulos ante tales afirmaciones. —¡VIVA EL PUEBLO! ¡LEVANTÁOS!— Grito con convicción el condenado, esperando una respuesta de la gente.
Javert continuó andando hacia el que para él era el lado izquierdo de la plataforma mientras miraba a su público, haciendo sonar cada vez más y más el sonido de los maltratados tabiques. El verdugo despojó de la bolsa que cubría su rostro al último criminal, esta vez, una hermosa mujer que vería el día de hoy su último día si nada alteraba el intachable itinerario del tontatta —¡Éponine “La silenciosa”! Una peligrosa pirata que lleva años sembrando el terror por los mares del sur bajo el mando de su capitán. Condenada a la horca por piratería, relacionarse con piratas, robo, asesinato y terrorismo— La mujer movía con ritmo su cabeza mientras hacían recuento de sus crímenes, pero acabó visiblemente ofendida al terminar —¡Te faltan cosas, enano! También he secuestrado <3—
Javert, que observaba con especial atención a la multitud, no se dejaba provocar por las palabras de una sucia pirata. Colocado en la esquina de la plataforma, se dirigió esta vez a su ayudante —¡Quasimodo! A tu puesto— Haciendo que el gran hombre, de semblante poderoso y que llevaba una bolsa de cartón con dos agujeros para los ojos en la cabeza, tuviese que recorrer de nuevo y con pesadez su camino hacia la palanca que pondría fin a la vida de los criminales, cuyos cuellos estaban ya atados a las frágiles y desaliñadas cuerdas que marcaban su partida al otro mundo. Algo estaba claro para el bueno de Quasimodo, NADA ni nadie le impediría tirar de esa palanca.
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Resumen
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Personajes
Narrador

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