28-05-2026, 09:46 AM
Venimos de este tema.
Un sinnúmero de barcos se acercaban discretamente, en la penumbra, a Baltigo, la isla blanca que refulgía en mitad de la noche. Su inconspicua superficie, cubierta de polvo blanquecino, arena y rocas, se encontraba aún a cierta distancia, protegida por los escarpados acantilados que bordeaban la totalidad de la isla. Para aquellos expuestos al viento marino, hacía un frío desgarrador, similar al que uno encontraría en las noches más gélidas del desierto más árido, que solo parecía intensificarse a medida que uno se acercaba a la isla. Sin embargo, la mayoría de nuestros protagonistas no habrían tenido ocasión de percibir la brisa aún, puesto que seguirían instrucciones estrictas de permanecer ocultos en las bodegas y los cargos de sus respectivos navíos hasta que llegase el momento de desembarcar, algo que, si bien dejaba escaso lugar a la épica, proporcionaba confidencialidad y discreción. Esto también indujo en ellos un fuerte sentido de desorientación, la mayoría de ellos siendo incapaces de saber cuánto tiempo llevaban exactamente de viaje, sin ser capaces de ver siquiera la luz del sol. La regla había sido estrictia, y ni siquiera habían podido salir a echar un vistazo al abrigo de la noche, cada una de las bodegas cerrada siempre a cal y canto.
El trayecto continuaba como lo había hecho, en líneas generales, desde que cada una de las embarcaciones saliese del puerto de recogida: en un silencio que únicamente rompían los gritos y las órdenes entre los marineros y los operarios de cada barco, propias de cualquier navío que se preciase. Por el bien de la operación, todos los revolucionarios presentes en ellos habían recibido órdenes estrictas de, además de permanecer ocultos de la vista y no moverse de la bodega de cada navío, procurar mantener silencio, o, al menos, no armar más jaleo del estrictamente necesario. El Ejército Revolucionario había sabido escoger bien los métodos de transporte para cada cual: habían elegido barcos que no levantasen sospechas de nadie en condiciones normales, habilitados para circular con normalidad a través de aquellos mares, y regidos por patrones o capitanes que supiesen bien lo que se hacían, minimizando el riesgo de que alguno de ellos se fuese a pique. Y, claro, que fuesen gente de confianza. Por una vía o por otra, se habían asegurado de que no quedase ningún cabo suelto. Los barcos, si bien independientes entre sí, llegaban en tres grupos que parecían bastante diferenciados, alcanzando Baltigo desde distintas corrientes y direcciones.
Estos no eran los únicos: a medida que se aproximaban a Baltigo, más y más barcos se volvían visibles. Había una enorme y polvorienta gabarra dedicada al transporte de ladrillos y tejas, y, no muy lejos de ella, un pequeño barco mercante cargado de grano. Hacía aparición también un barco de reparto de pescado salado, cargado, además de con quienes ya podéis imaginar, con barriles de salazón, así como un par de mercantes de verduras y frutas de todo tipo. Uno de los más curiosos era un enorme mercante de patatas y tubérculos, de una pesadez y una elegancia que haría palidecer a muchos de los buques insignia del mismísimo Gobierno Mundial, que parecía navegar junto a un barco que transportaba brea y alquitrán por varios astilleros. Y todos, con un silencio comprado u obtenido mediante la coacción, iban cargados también de quienes se disponían a prenderle fuego al mundo. En algunos casos, el viaje no había tomado más que un par de días, pero en otros uno podría haber jurado que llevaban semanas. Y esto no era únicamente debido a las enormes distancias a recorrer, sino a elementos variables y mucho más impredecibles como las inclemencias del tiempo, los caprichos de las corrientes, o algún inesperado amago de inspección que habría puesto bastante nervioso al más pintado. Sin embargo, tras tan tortuosos trayectos, aquellos navíos se acercaban finalmente a su destino, Baltigo, donde los esperaba un suceso sin precedentes en la historia del mundo.
Un sinnúmero de barcos se acercaban discretamente, en la penumbra, a Baltigo, la isla blanca que refulgía en mitad de la noche. Su inconspicua superficie, cubierta de polvo blanquecino, arena y rocas, se encontraba aún a cierta distancia, protegida por los escarpados acantilados que bordeaban la totalidad de la isla. Para aquellos expuestos al viento marino, hacía un frío desgarrador, similar al que uno encontraría en las noches más gélidas del desierto más árido, que solo parecía intensificarse a medida que uno se acercaba a la isla. Sin embargo, la mayoría de nuestros protagonistas no habrían tenido ocasión de percibir la brisa aún, puesto que seguirían instrucciones estrictas de permanecer ocultos en las bodegas y los cargos de sus respectivos navíos hasta que llegase el momento de desembarcar, algo que, si bien dejaba escaso lugar a la épica, proporcionaba confidencialidad y discreción. Esto también indujo en ellos un fuerte sentido de desorientación, la mayoría de ellos siendo incapaces de saber cuánto tiempo llevaban exactamente de viaje, sin ser capaces de ver siquiera la luz del sol. La regla había sido estrictia, y ni siquiera habían podido salir a echar un vistazo al abrigo de la noche, cada una de las bodegas cerrada siempre a cal y canto.
El trayecto continuaba como lo había hecho, en líneas generales, desde que cada una de las embarcaciones saliese del puerto de recogida: en un silencio que únicamente rompían los gritos y las órdenes entre los marineros y los operarios de cada barco, propias de cualquier navío que se preciase. Por el bien de la operación, todos los revolucionarios presentes en ellos habían recibido órdenes estrictas de, además de permanecer ocultos de la vista y no moverse de la bodega de cada navío, procurar mantener silencio, o, al menos, no armar más jaleo del estrictamente necesario. El Ejército Revolucionario había sabido escoger bien los métodos de transporte para cada cual: habían elegido barcos que no levantasen sospechas de nadie en condiciones normales, habilitados para circular con normalidad a través de aquellos mares, y regidos por patrones o capitanes que supiesen bien lo que se hacían, minimizando el riesgo de que alguno de ellos se fuese a pique. Y, claro, que fuesen gente de confianza. Por una vía o por otra, se habían asegurado de que no quedase ningún cabo suelto. Los barcos, si bien independientes entre sí, llegaban en tres grupos que parecían bastante diferenciados, alcanzando Baltigo desde distintas corrientes y direcciones.
- Por un lado, los Revolucionarios provenientes del South Blue habían sido aglomerados en la bodega de un barco pesquero de gran envergadura, el tipo de barco que uno podía ver con frecuencia pescando entre los más traicioneros oleajes del Grand Line. Su casco estaba hecho de gruesa madera reforzada con vigas por doquier, e incluso en el interior de la misma era posible ver percebes y moluscos de toda índola creciendo en la superficie de sus paredes, al calor de la humedad y la temperatura del lugar. Este barco había partido del Reino de Briss, donde había descargado su último cargamento, y había iniciado una estratégica ruta que seguía, con tal de no levantar sospechas, sus patrones habituales, deteniéndose en varias islas más del South Blue, como Isla Kárate, Baterilla o Samba. En todas ellas había hecho las paradas que hubiese cabido esperar de una embarcación como aquella, deteniéndose a efectuar reparaciones, vender parte de su cargamento y recoger a nuevos pescadores para su flota. Nada sospechoso, de no ser porque en su bodega, confinados entre enormes toneles llenos de pescado de todo tipo en diferentes grados de conservación y del hedor que los acompañaba, se encontraban varios reclutas del Ejército Revolucionario, que habían soportado estoicamente el trayecto. Junto al barco pesquero naveban otros tantos barcos, provenientes de los demás Blues. Desde el North Blue acudía lo que habitualmente se conocía como un collier brig, un colosal armatoste destinado al transporte de carbón. Era habitual ver navíos como aquel entre islas, sobre todo entre las más frías. En su bodega, entre los sacos de carbón, viajaban como polizones otros tantos reclutas norteños del Ejército Revolucionario. Venido desde el East Blue, en su travesía también los acompañaba un barco mercante de sake barato, destinado a aprovisionar decenas de tabernas porturarias y locales de dudosa reputación por todo el ancho mar, y en cuyos barriles viajaban, como pepinillos en salmuera, otro puñado de Revolucionarios con destino a Baltigo. Desde el West Blue llegaba uno de los navíos más distinguidos, destinado al restauración y coleccionismo de arte —legal y de otras clases—, cuya bodega, además de varios camaradas Revolucionarios, se encontraba repleta de cajas y estatuas de toda índole, acolchadas y sujetas con cuerdas.
- Por otro lado, aquellos Revolucionarios que venían desde otras islas del Grand Line lo hacían subidos en lo que se presentaba como transporte especializado en movilidad y logística bovinas y traslado pecuario no procesado, pero que en realidad resultaba mucho más simple: un carguero de ganado, originario de Matsuri. Era un barco grande, de casco ancho y pesado, de escasa elegancia, cuya madera oscura e hinchada por el salitre se dejaba ver entre los restos de varias capas de pintura desconchada. En su enorme bodega, centenares de vacas viajaban apretadas en compartimentos estrechos, nerviosas o somnolientas según el día, en un suelo casi íntegramente cubierto de paja, y bajo el cual se ocultaban algunas pequeñas trampillas que venían a ser de gran utilidad en situaciones como aquella. Allí, en lo que había acabado siendo un minúsculo compartimento bajo una portezuela oculta por la paja, impregnado del constante hedor impregnado por el cargamento, con líquidos que se filtraban a través de los tablones de madera, viajaban en secreto algunos miembros de la Revolución procedentes de diversas corrientes del Grand Line, sorteando las olas de tan particular manera, enmascarados bajo aquel olor que hubiera hecho alejarse a cualquier fisgón que pretendiese meter las narices donde no le correspondiese. Junto con este navío llegaban otros dos: uno era un barco de transporte de residuos, cuyo hedor podía olerse a millas de distancia, y del cual sus pobres pasajeros, procedentes de varias islas, no podrían deshacerse en un tiempo. Otro era, simplemente, un pequeño crucero de turistas excéntricos, con controles escasos y vigilancia inexistente, y cuyos polizones habían podido sustentarse con las sobras del excelso buffet que se preparaba cada noche en la travesía. Todo ello, claro, a costa del Ejército Revolucionario, que se había asegurado de que nadie se fuese de la lengua.
- Por último, aquellos Revolucionarios que venían desde más allá del otro lado de la Red Line, los que venían del llamado Nuevo Mundo, gozaban del medio de transporte más privilegiado de todos (sobre todo, con comparación con sus colegas del Paraíso): en solitario llegaba el mismísimo Yoru's Paradox, comandado por nada más y nada menos que Alhen Geouis, quien naturalmente también ponía rumbo a la Asamblea. El enorme y felino galeón, de presencia orgullosa, había navegado sin temor alguno a través de los mares con su llamativo casco rojo brillante, sus velas blancas y sus ornamentos dorados; poco importaba que destacase, Alhen, un maestro de la navegación, estaba acostumbrado a moverse con discreción y a evitar los lugares más peliagudos. A bordo del mismo, los Revolucionarios procedentes del Nuevo Mundo habían llevado a cabo una travesía que había transcurrido casi entre algodones, y habían disfrutado de la compañía de decenas de camaradas, compañeros del Ejército, además de todos los lujos que semejante barco pudiese ofrecer a sus cargos más importantes. A Alhen no le disgustaba la opulencia, eso estaba claro, pero sabía sostenerla con una navegación firme y segura. El Yoru's Paradox era una auténtica torre entre la discreción de los demás barcos que se acercaban a Baltigo, más bien insignificantes en comparación, tanto por su tamaño como su aspecto.
Estos no eran los únicos: a medida que se aproximaban a Baltigo, más y más barcos se volvían visibles. Había una enorme y polvorienta gabarra dedicada al transporte de ladrillos y tejas, y, no muy lejos de ella, un pequeño barco mercante cargado de grano. Hacía aparición también un barco de reparto de pescado salado, cargado, además de con quienes ya podéis imaginar, con barriles de salazón, así como un par de mercantes de verduras y frutas de todo tipo. Uno de los más curiosos era un enorme mercante de patatas y tubérculos, de una pesadez y una elegancia que haría palidecer a muchos de los buques insignia del mismísimo Gobierno Mundial, que parecía navegar junto a un barco que transportaba brea y alquitrán por varios astilleros. Y todos, con un silencio comprado u obtenido mediante la coacción, iban cargados también de quienes se disponían a prenderle fuego al mundo. En algunos casos, el viaje no había tomado más que un par de días, pero en otros uno podría haber jurado que llevaban semanas. Y esto no era únicamente debido a las enormes distancias a recorrer, sino a elementos variables y mucho más impredecibles como las inclemencias del tiempo, los caprichos de las corrientes, o algún inesperado amago de inspección que habría puesto bastante nervioso al más pintado. Sin embargo, tras tan tortuosos trayectos, aquellos navíos se acercaban finalmente a su destino, Baltigo, donde los esperaba un suceso sin precedentes en la historia del mundo.
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