25-11-2023, 01:56 AM
Ambas estaban sumergidas en una conversación amena y cordial, su tono era suave y acogedor. Erika incluso mencionó, con un deje de humor, que esperaba que atraparan a Glatus si resultaba ser un pirata. Su comentario fue recibido con una sonrisa radiante, iluminando el rostro de Ikirami.
Cuando Ikirami concluyó su relato, Erika expresó su gratitud por la sinceridad compartida, su mirada reflejaba un vergonzoso aprecio. Momentos después, el camarero interrumpió brevemente su intercambio, llegando con su pedido. El aroma que emanaba de los Tteokbokki era embriagador, un olor picante y tentador que llenaba el aire. El camarero, con un toque de orgullo, aseguró que eran especialmente picantes.
Erika instó a Ikirami a probar el plato, mientras resaltaba la conveniencia de tener una cerveza helada para suavizar el picante, su entusiasmo era contagioso.
-¡Menuda pinta tiene esto! Solo de ver el color tan rojo que tiene ha multiplicado mi hambre por diez. Ssshsshssh - exclamó Ikirami con una risa ligera, sus ojos chispeantes de anticipación.
A pesar de su educación refinada, que no había perdido ni en los tiempos difíciles en los barrios bajos, Ikirami abordó el plato con elegancia y un toque de urgencia. El sabor era intenso, un siete sobre diez en su escala personal de picante. Tras limpiarse los labios cuidadosamente con una servilleta, no pudo evitar elogiar la comida.
-Está increíble, realmente delicioso. - dijo con una sonrisa amplia, saboreando la frescura de la cerveza.
Entonces, Erika comenzó a desvelar fragmentos de su vida, una narración que Ikirami escuchaba atentamente mientras comía. La historia de Erika resonaba con una familiaridad desconcertante: una lucha por la supervivencia, un hogar en una casa abandonada, trasteando con chatarra. Ikirami se vio reflejada en esos relatos, recordando su propia vida pocos años antes de la Marina. Erika habló de su tendencia a destruir lo que tocaba, una afirmación que parecía extenderse más allá de los objetos a las relaciones personales, como si se considerara maldita.
-No creo que eso sea así, solo has tenido mala suerte... - Ikirami respondió con una mirada llena de empatía y comprensión, tomando otro trago de cerveza.
Erika prosiguió, describiendo una existencia de dejarse llevar por las circunstancias, a menudo con resultados desfavorables. Su semblante se ensombreció, impulsando a Ikirami a cambiar de tema para aliviar su tristeza. Pero antes de que pudiera hacerlo, Erika recuperó la compostura, restando importancia a sus problemas con una risa ligera. Ikirami le devolvió la sonrisa, admirando la fortaleza de su nueva amiga.
La conversación volvió al tema del pirata, e Ikirami reflexionó sobre lo que haría después.
Contempló su cerveza, observando las gotas de condensación deslizándose lentamente por el vaso mientras su mente se debatía en pensamientos profundos.
-Supongo que mañana debería informar sobre lo que he descubierto, posiblemente… - murmuró, su voz reflejando una mezcla de deber y duda. Se detuvo, su mirada perdida en la distancia, consciente de la inevitable orden de regresar a la base que probablemente recibiría- me hagan volver a la base.
En el silencio que siguió, Ikirami se enfrentó a un dilema interno. Aunque no quería irse, sabía que tenía que hacerlo. Era una promesa que se había hecho a sí misma, un compromiso sellado no solo en su mente sino también en su corazón. Era una promesa inquebrantable y grabada en sangre en un barco que hacía tiempo era pasto de los peces. Aun así, la idea de dejar atrás a Erika, alguien con quien había establecido un vínculo tan rápido y significativo, le pesaba. "¿Cuantas veces en la vida te encuentras con alguien con la que de verdad conectas, que incluso te ayuda a olvidarte de los problemas solo con estar ahí? Me gustaría pasar más tiempo con ella", pensó, mientras sus emociones se agitaban en su interior.
Tuvo una idea y en un momento de inspiración, Ikirami terminó su cerveza de un sorbo. Apoyándose en la mesa con ambos brazos, buscando fuerzas para lo que estaba a punto de proponer, levantó la mirada hacia Erika.
-Erika, por lo que me comentas, nada te ata a este lugar. Yo... siento que hemos conectado. Hace mucho que no me siento tan a gusto con nadie. - confesó, bajando la cabeza ligeramente, su voz teñida de timidez- Perdona si te pilla de sopetón, sé que nos conocemos hace nada, pero… - vaciló un momento antes de continuar, mirando de nuevo a Erika directamente a los ojos- ¿Por qué no te vienes conmigo a la Marina?
Ikirami apretó el puño sobre la mesa, su ansiedad era palpable ante la posibilidad de una respuesta negativa.
-Sé que es algo peligroso, no es una decisión que se pueda tomar en un momento... Y menos si te lo propone un extraño al que acabas de conocer. Pero... ¿no te gustaría la idea de viajar por el mundo en búsqueda de los malos? Sabiendo que a cada paso que das, estás labrando un futuro mejor para la gente. -su voz se tornó más ligera, incluso algo avergonzada, al reconocer que su propia experiencia en la Marina no siempre había sido tan heroica- Vale, cuando eres un novato la cosa no es tan glamurosa, lo reconozco, puede ser tedioso incluso. -dijo, volviendo a fijar su mirada en Erika, esta vez con una renovada determinación- Pero pienso labrarme un nombre, ascender lo más alto que pueda y ayudar a que el mundo sea un lugar seguro en el que vivir. Donde los niños crezcan sin miedo a que piratas aparezcan y echen por suelo sus vidas, en el que los monstruos no tiñan sus sueños de pesadilla. Un mundo sin piratas.
Sus ojos ardían con determinación, más rojos que nunca. Antes de que Erika pudiera responder, Ikirami se levantó de la mesa de un salto, buscó en su bolsa y sacó un Den den mushi, colocándolo ante Erika sobre la mesa.
-Sé que lo que te propongo es precipitado. Pero reflexiónalo. Decidas lo que decidas, toma este Den den mushi. Así nos mantendremos en contacto aunque estemos lejos. Si en algún momento necesitas algo, llámame, aunque sea para hablar sobre cualquier cosa, como hoy. No tengo ni idea de a dónde voy a ir después de Ohara, pero así podremos seguir en contacto. -expresó Ikirami, su voz vibrante de emoción y un toque de nerviosismo.
Al darse cuenta de que había hablado más de lo previsto, Ikirami se sintió abrumada y avergonzada. Se sentó de nuevo, colocando sus manos en el hueco de las piernas, sus mejillas ardían con un tono rojizo debido a la mezcla de vergüenza y el efecto de la cerveza.
-Tú solo... di que me llamarás, ¿vale? - pidió con una voz suave, implorando una promesa de conexión futura- Por favor.
Cuando Ikirami concluyó su relato, Erika expresó su gratitud por la sinceridad compartida, su mirada reflejaba un vergonzoso aprecio. Momentos después, el camarero interrumpió brevemente su intercambio, llegando con su pedido. El aroma que emanaba de los Tteokbokki era embriagador, un olor picante y tentador que llenaba el aire. El camarero, con un toque de orgullo, aseguró que eran especialmente picantes.
Erika instó a Ikirami a probar el plato, mientras resaltaba la conveniencia de tener una cerveza helada para suavizar el picante, su entusiasmo era contagioso.
-¡Menuda pinta tiene esto! Solo de ver el color tan rojo que tiene ha multiplicado mi hambre por diez. Ssshsshssh - exclamó Ikirami con una risa ligera, sus ojos chispeantes de anticipación.
A pesar de su educación refinada, que no había perdido ni en los tiempos difíciles en los barrios bajos, Ikirami abordó el plato con elegancia y un toque de urgencia. El sabor era intenso, un siete sobre diez en su escala personal de picante. Tras limpiarse los labios cuidadosamente con una servilleta, no pudo evitar elogiar la comida.
-Está increíble, realmente delicioso. - dijo con una sonrisa amplia, saboreando la frescura de la cerveza.
Entonces, Erika comenzó a desvelar fragmentos de su vida, una narración que Ikirami escuchaba atentamente mientras comía. La historia de Erika resonaba con una familiaridad desconcertante: una lucha por la supervivencia, un hogar en una casa abandonada, trasteando con chatarra. Ikirami se vio reflejada en esos relatos, recordando su propia vida pocos años antes de la Marina. Erika habló de su tendencia a destruir lo que tocaba, una afirmación que parecía extenderse más allá de los objetos a las relaciones personales, como si se considerara maldita.
-No creo que eso sea así, solo has tenido mala suerte... - Ikirami respondió con una mirada llena de empatía y comprensión, tomando otro trago de cerveza.
Erika prosiguió, describiendo una existencia de dejarse llevar por las circunstancias, a menudo con resultados desfavorables. Su semblante se ensombreció, impulsando a Ikirami a cambiar de tema para aliviar su tristeza. Pero antes de que pudiera hacerlo, Erika recuperó la compostura, restando importancia a sus problemas con una risa ligera. Ikirami le devolvió la sonrisa, admirando la fortaleza de su nueva amiga.
La conversación volvió al tema del pirata, e Ikirami reflexionó sobre lo que haría después.
Contempló su cerveza, observando las gotas de condensación deslizándose lentamente por el vaso mientras su mente se debatía en pensamientos profundos.
-Supongo que mañana debería informar sobre lo que he descubierto, posiblemente… - murmuró, su voz reflejando una mezcla de deber y duda. Se detuvo, su mirada perdida en la distancia, consciente de la inevitable orden de regresar a la base que probablemente recibiría- me hagan volver a la base.
En el silencio que siguió, Ikirami se enfrentó a un dilema interno. Aunque no quería irse, sabía que tenía que hacerlo. Era una promesa que se había hecho a sí misma, un compromiso sellado no solo en su mente sino también en su corazón. Era una promesa inquebrantable y grabada en sangre en un barco que hacía tiempo era pasto de los peces. Aun así, la idea de dejar atrás a Erika, alguien con quien había establecido un vínculo tan rápido y significativo, le pesaba. "¿Cuantas veces en la vida te encuentras con alguien con la que de verdad conectas, que incluso te ayuda a olvidarte de los problemas solo con estar ahí? Me gustaría pasar más tiempo con ella", pensó, mientras sus emociones se agitaban en su interior.
Tuvo una idea y en un momento de inspiración, Ikirami terminó su cerveza de un sorbo. Apoyándose en la mesa con ambos brazos, buscando fuerzas para lo que estaba a punto de proponer, levantó la mirada hacia Erika.
-Erika, por lo que me comentas, nada te ata a este lugar. Yo... siento que hemos conectado. Hace mucho que no me siento tan a gusto con nadie. - confesó, bajando la cabeza ligeramente, su voz teñida de timidez- Perdona si te pilla de sopetón, sé que nos conocemos hace nada, pero… - vaciló un momento antes de continuar, mirando de nuevo a Erika directamente a los ojos- ¿Por qué no te vienes conmigo a la Marina?
Ikirami apretó el puño sobre la mesa, su ansiedad era palpable ante la posibilidad de una respuesta negativa.
-Sé que es algo peligroso, no es una decisión que se pueda tomar en un momento... Y menos si te lo propone un extraño al que acabas de conocer. Pero... ¿no te gustaría la idea de viajar por el mundo en búsqueda de los malos? Sabiendo que a cada paso que das, estás labrando un futuro mejor para la gente. -su voz se tornó más ligera, incluso algo avergonzada, al reconocer que su propia experiencia en la Marina no siempre había sido tan heroica- Vale, cuando eres un novato la cosa no es tan glamurosa, lo reconozco, puede ser tedioso incluso. -dijo, volviendo a fijar su mirada en Erika, esta vez con una renovada determinación- Pero pienso labrarme un nombre, ascender lo más alto que pueda y ayudar a que el mundo sea un lugar seguro en el que vivir. Donde los niños crezcan sin miedo a que piratas aparezcan y echen por suelo sus vidas, en el que los monstruos no tiñan sus sueños de pesadilla. Un mundo sin piratas.
Sus ojos ardían con determinación, más rojos que nunca. Antes de que Erika pudiera responder, Ikirami se levantó de la mesa de un salto, buscó en su bolsa y sacó un Den den mushi, colocándolo ante Erika sobre la mesa.
-Sé que lo que te propongo es precipitado. Pero reflexiónalo. Decidas lo que decidas, toma este Den den mushi. Así nos mantendremos en contacto aunque estemos lejos. Si en algún momento necesitas algo, llámame, aunque sea para hablar sobre cualquier cosa, como hoy. No tengo ni idea de a dónde voy a ir después de Ohara, pero así podremos seguir en contacto. -expresó Ikirami, su voz vibrante de emoción y un toque de nerviosismo.
Al darse cuenta de que había hablado más de lo previsto, Ikirami se sintió abrumada y avergonzada. Se sentó de nuevo, colocando sus manos en el hueco de las piernas, sus mejillas ardían con un tono rojizo debido a la mezcla de vergüenza y el efecto de la cerveza.
-Tú solo... di que me llamarás, ¿vale? - pidió con una voz suave, implorando una promesa de conexión futura- Por favor.
Notas
