05-06-2026, 05:54 AM
(Última modificación: 20-08-2026, 06:09 AM por Hyákinthos.)
¿Qué el gobierno podía lograr más en sus laboratorios? ¡Por supuesto que sí! Siempre podían…sus instalaciones para ese tipo de cosas debían ser fascinantes. Aun podía recordar aquella ocasión en la que se infiltró en una base de la marina por un par de estaciones. Tanto la biblioteca como la enfermería eran un sueño hecho realidad, además, tuvo acceso a libros de medicina que no habría podido leer de no ser porque se hizo pasar por un marine médico.
Chasqueó la lengua y frunció el ceño…Claro, entendía muy bien lo que el cocinero quería decir y eso lo hacia rabiar, aunque podía contener esa emoción muy bien, lo suficiente como para que, en segundos, su expresión regresara a esa calma distraída que lo caracterizaba.
—Hay muchas cosas probables en el mundo, cocinero…Tal vez deberías llamar a ese chico que nos habló de esa isla… ¿Omar? ¿Oscar? ¿Otaniel? ¡Ah! No lo recuerdo…pero sabes de quien hablo. Seguro se emocionaría de escuchar algo que pueda ayudar a su investigación —. En ese momento su mirada se desvió hacia el dinosaurio, quien seguía durmiendo tan apaciblemente que nadie podría imaginar que está siendo sometido a una experimentación que podría calificarse como tortura si estuviera despierto. —Quien sabe, tal vez esta isla pueda ser una pista para lo que busca, así como lo es para ti…y para mí —. Cuando dejó de hablar, ahora con los guantes nuevos que se había colocado, sacó de un estante un den den mushi de video, cortesía de Merlot (en verdad era de ella), que usó para tomar un par de fotos a la herida de la quemadura que poco a poco se iba cerrando… ¿Cuántos minutos habían pasado? Bueno, al menos unos cinco desde que la sabia empezó a actuar.
—Y sí, este es mi terreno…Aquí no olvido las cosas —. Pronunció de manera casual mientras dejaba en una mesa contigua al pequeño caracol que terminó acercándose a un plato plano que estaba lleno de lechuga…el animalito tenía que comer. —Además, estas tareas son sencillas, nada complicado —. O así lo veía él después de años de estudio.
Suspiró, aunque no por cansancio, si no con ilusión…sí, de verdad se sentía cómodo dentro de esas cuatro paredes; sin embargo, la calma se fue nublando en cuanto tuvo que hablar sobre lo que requería para seguir con su investigación. Intentó no ser explícito, buscó la forma de no mencionar la palabra; sin embargo, ignorar al elefante en la habitación no era fácil, de hecho, la dificultad aumentó cuando el mismo cocinero mencionó aquella palabra que estaba evitando: humanos.
Sí, necesitaba humanos para que funcionaran como sujetos de prueba.
El médico, al escuchar al cocinero, simplemente levantó su cabeza y encaró al otro hombre, buscando en su rostro algún rastro de moralidad que pudiera poner en peligro sus ideas o a él mismo, pero…no encontró nada de eso, si no la calma de alguien que parecía acostumbrado a ese tipo de conversaciones… ¿Habría hecho él algo como eso antes? Ahora se lo preguntaba…no es que supiera nada del otro hombre después de todo y, aunque le hubiera contado algo, tal vez se le habría olvidado.
—Sí, humanos —. Confirmó ahora con naturalidad, después de todo, había comprobado que no sería juzgado…no quería eso…porque el que fuera juzgado significaba que podía perder un aliado, aunque, con la respuesta que le dio el hombre, de hecho, sintió que ganaba uno oficialmente. Sonrió de medio lado, le gustaba hacia donde iba la conversación.
—Lo sé. Sé que no hay muchos humanos en esta isla, de haberlos ya había trabajado con ellos y los resultados que te entregaría hoy serían distintos y mucho más claros ¡Ah! Es una lástima, aunque…supongo que, si la isla estuviera plagada de seres pensantes, la mayoría de las especies que he encontrado aquí estarían extintas…sí…eso también sería una lástima —. Ya se había ido por completo el tono “tímido” y cauteloso con el que propuso la idea en un inicio. Era tiempo de sacar sus verdaderos colores…bueno, a medias…Nunca era bueno mostrarse 100% como era.
—Y créeme no soy tan valiente ni tan estúpido para enfrentar por mi cuenta a un grupo de marines. No quisiera una diana en mi espalda ¿Sabes? He permanecido sin recompensa por muchos años como para tener una ahora —. A estas alturas se le había olvidado que ahora sí que tenía una recompensa por su cabeza. —Así que mi opción es…
Silencio.
La habitación quedó en silencio cuando el médico escuchó la propuesta.
Podría esperarse cualquier otra cosa, incluso podría esperarse a que le ofreciera a alguien más como “ofrenda”, pero no…nunca pensó que se atrevería a ofrecerse a sí mismo como sujeto de pruebas.
El médico abrió la boca para decir algo y procedió a cerrarla casi de inmediato, para luego morder con fuerza el interior de su boca, todo mientras procesaba la información y con su mirada recorría el rostro del pelinegro para encontrar algún rastro de broma en sus ojos…porque eso…eso debía ser un chiste. No conocía a nadie que se le hubiera entregado tan fácil para una experimentación…es decir…sí, en el pasado tuvo amantes que fueron parte de algunos experimentos, pero eso no fue porque ellos se ofrecieran de buenas a primeras, no, eso fue después de una manipulación tan bien elaborada y discreta que ellos terminaron cediendo…habían sido casos planeados, pero esto…esto superaba sus expectativas.
—¡Oh…! —Escuchó las palabras del hombre, las que siguieron después de su ofrecimiento, también prestó atención a las cicatrices que le mostraba…Eran muchas, le dio curiosidad como se las hizo, pero no tanta como para desviar la conversación cuando parecía estar en su punto más importante. —¿De verdad quieres eso?
El shock inicial de la propuesta pasó con en el momento en que pronunció esa pregunta, de hecho, se pudo notar el brillo interesado en las irises doradas del médico y una sonrisa ladina que dejaba entrever diversión.
El hombre se levantó de su asiento y, antes de responderle al pelinegro cualquier cosa, tomó al dinosaurio bebé con delicadeza y lo colocó en el interior de la jaula. La quemadura no había sanado del todo aún, pero lo haría en unos minutos, además, la criatura ya había mostrado su punto, no tenía sentido seguir usándola como objeto de observación, más cuando ya tenía los datos de tiempo en que la sabia del áloe gigante actuaba dependiendo del tipo y profundidad de la herida. Cerró la puerta de la jaula y se aseguró de que la cría de dinosaurio estuviera en una buena posición…no quería perder a su “sujeto” de pruebas, así que, cuando se aseguró de que estaría bien, se alejó unos pasos y volvió a quitarse los guantes con los que había manipulado al animal, cambiándoselos por unos nuevos…Todo esto mientras el silencio reinaba y dejaba al cocinero esperando por una respuesta.
—Bien, supongo que puedo trabajar con eso —. Respondió al fin, al mismo tiempo que se colocaba unos guantes limpios y sacaba de un cajón un bisturí que, a simple vista, estaba más que afilado. —Extiende tu brazo.
No esperó a que el otro hombre respondiera, de hecho, se acercó con rapidez y él mismo tomó el brazo ajeno, el mismo en donde el cocinero le había mostrado sus heridas y, acto seguido, lo colocó sobre la mesa metálica en donde estaban trabajando…Sí, así tal cual, sin preparación, sin colocar un papel absorbente ni nada debajo.
—¿Prefieres que cuente hasta tres? —Una de las manos del médico sujetaba con fuerza el brazo ajeno y la otra sostenía el bisturí, peligrosamente, cerca de la marcada piel ajena. —Uno…
El dos nunca fue pronunciado, la mano del médico simplemente bajó con rapidez, el bisturí apuntando directo hacia la carne ajena…al menos hasta antes de llegar a la piel, así se desvió y en lugar de cortar la carne, pasó el filo del bisturí por la mesa metálica, haciendo que un chirrido metálico llenara la habitación. Después de eso soltó con brusquedad el brazo ajeno y bufó con molestia mientras se ponía de pie y se daba medio vuelta, una actuación que finalizó con el médico soltando una risa entre burlona y sarcástica.
—¿Enloqueciste, cocinero? —El pelirrosa dejó caer el bisturí a un lado, sobre esa misma mesa, de nuevo el metal chocó, pero esta vez solo fue un tintineo. —No me sirve de nada tener a un aliado muerto… ¿Acaso eres idiota? Te acabo de decir que no tengo la más mínima idea de que reacciones puede tener en humanos y en este lugar no tengo la tecnología para comprobar la compatibilidad del ADN de un dinosaurio con el nuestro…que dudo que sea muy alta…así que ¡No! No voy a cortarte y hacer una apuesta con esta planta para ver si te cura o te mata.
No es que el médico tuviera algún tipo de empatía con el pelinegro, simplemente, valoraba a los aliados que consideraba fuertes, a los que creía que podrían ayudarlo si él los ayudaba, además, no quería perder a alguien que lo mantenía entretenido con una investigación que le parecía interesante.
Suspiró y volvió a sentarse en la silla en la que estaba antes, tomó el bisturí entre sus dedos y empezó a juguetear con él. Ahora, más que animado, parecía agobiado.
—Me sorprende tu nulo sentido de supervivencia ¿Sabes? ... ¿Cómo es que llegaste hasta aquí con vida? No me digas que eras de esos niños come goma —. Miró al médico, esta vez con una expresión más calmada y hasta divertida, pero que pronto se transformó en un gesto más serio.
—Escucha…tu preocúpate por conseguir más de esta planta —. Con su mano libre, el médico acercó un frasco en cuyo interior había una hoja cortada de la planta. —Eso te servirá de muestra y…Jmmm…si es posible, también consigue otras especies de dinosaurios que puedan servirme, eso sí, que no midan más de metro y 20 centímetros…De los otros sujetos me encargo yo…cuando salga de esta isla, claro —. Se vio en la necesidad de hacer esa aclaración, porque ya no sabía con que saldría el cocinero. —¡Por favor! Creí que como mínimo me ofrecerías ayudarme al salir de esta isla, no que te ibas a ofrecer como sacrificio…De todos modos… ¿Por qué lo harías? Si la planta resulta ser venenosa para nosotros y te mueres…Adiós a tu inmortalidad ¿No? Tal vez debes empezar a ser más coherente con tu propio sueño.
Karma
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