11-06-2026, 05:58 AM
El pudor era cosa del pasado. Lo perdió en la época oscura, cuando deambulaba por la calle pasado de copas, anestesiado por el alcohol y otras sustancias. En esa turbulenta era, su vergüenza desapareció. La extravió. Quizá estaba escondida dentro de la bolsa donde recibió el pago por su calzado, el día que vendió su último par. Probablemente se había caído de alguno de los bolsillos rotos de la gabardina andrajosa que encontró aquella vez en la basura, y que adoptó como suya. ¿Quién la iba a encontrar ahora? Quien la buscara, probablemente. Pero ese no sería él. Capitán de la marina, capitán de su división, amigo de sus amigos; no tenía por qué buscar la vergüenza. Ya no.
Sintió, en la pequeña pausa que se tomó Miyori, reminiscencias de su corto pero significativo paso por la Grand Line. El mar podía ser muy cruel; las personas, injustas. Encontrarla sola y siendo acosada por un grupo de imbéciles le dió una primera impresión de lo que podía haber estado enfrentando el último mes.
«Está sola»
De pronto, se sintió enojado con personas que no conocía. Una sensación familiar teniendo en cuenta que a quienes más odiaba en el mundo tampoco los conocía.
—Sí, me ascendieron poco después de llegar aquí. Todo el asunto de los esclavistas tomó bastante relevancia, me sorprende que no haya salido en el periódico todavía. —Se ató la chaqueta de capitán a la cintura, puesta del revés. Esconder las marcas de rango podía ser buena idea si iba a pasear junto a una criminal con recompensa por su cabeza—. ¿Ah? ¿Una cerveza? —Alzó una ceja—. Pensé que eras más de los juguitos de manzana, cariño. Pero una cerveza suena bien.
No la necesitaba, pero la quería. Una buena jarra de cerveza fría que mantuviera la garganta húmeda y la lengua fresca para charlar. Era un alivio, y un orgullo, descubrirse deseando el alcohol solamente como un acompañante, y no la atracción principal. Sonrió, extendió la mano, apuntando su palma a la pared de arbusto, y emitió veneno en cantidad para rociar y derretir la pared del laberinto. Después la siguiente, y la que estaba después de esa, hasta haberse agenciado un pasillo recto hacia la libertad.
—¿Sabes? Normalmente diría “después de usted”, pero será mejor que yo vaya adelante. No me vayas a estar mirando el culo —advirtió antes de tomar la delantera y guiar el camino.
Desde el parque hasta el primer bar, por lo que sea, no había demasiada distancia. Un lugar sencillo, sobrio, poco concurrido en días de semana pero que podría ofrecerles lo que necesitaban: una mesa, algo de maní y una jarra de cerveza para cada uno. Se ubicaron en la acera, dentro de un recinto cerrado pero que permitía la vista del parque y el laberinto desde su posición. Los mozos trajeron el maní y una bandeja de madera con pan fresco. La cerveza debía llegar en cualquier momento.
—Entonces… navegando sola —matizó, llevándose una poca de maní a la boca—. ¿Qué pasó con el chico que viajaba contigo?
Sintió, en la pequeña pausa que se tomó Miyori, reminiscencias de su corto pero significativo paso por la Grand Line. El mar podía ser muy cruel; las personas, injustas. Encontrarla sola y siendo acosada por un grupo de imbéciles le dió una primera impresión de lo que podía haber estado enfrentando el último mes.
«Está sola»
De pronto, se sintió enojado con personas que no conocía. Una sensación familiar teniendo en cuenta que a quienes más odiaba en el mundo tampoco los conocía.
—Sí, me ascendieron poco después de llegar aquí. Todo el asunto de los esclavistas tomó bastante relevancia, me sorprende que no haya salido en el periódico todavía. —Se ató la chaqueta de capitán a la cintura, puesta del revés. Esconder las marcas de rango podía ser buena idea si iba a pasear junto a una criminal con recompensa por su cabeza—. ¿Ah? ¿Una cerveza? —Alzó una ceja—. Pensé que eras más de los juguitos de manzana, cariño. Pero una cerveza suena bien.
No la necesitaba, pero la quería. Una buena jarra de cerveza fría que mantuviera la garganta húmeda y la lengua fresca para charlar. Era un alivio, y un orgullo, descubrirse deseando el alcohol solamente como un acompañante, y no la atracción principal. Sonrió, extendió la mano, apuntando su palma a la pared de arbusto, y emitió veneno en cantidad para rociar y derretir la pared del laberinto. Después la siguiente, y la que estaba después de esa, hasta haberse agenciado un pasillo recto hacia la libertad.
—¿Sabes? Normalmente diría “después de usted”, pero será mejor que yo vaya adelante. No me vayas a estar mirando el culo —advirtió antes de tomar la delantera y guiar el camino.
Desde el parque hasta el primer bar, por lo que sea, no había demasiada distancia. Un lugar sencillo, sobrio, poco concurrido en días de semana pero que podría ofrecerles lo que necesitaban: una mesa, algo de maní y una jarra de cerveza para cada uno. Se ubicaron en la acera, dentro de un recinto cerrado pero que permitía la vista del parque y el laberinto desde su posición. Los mozos trajeron el maní y una bandeja de madera con pan fresco. La cerveza debía llegar en cualquier momento.
—Entonces… navegando sola —matizó, llevándose una poca de maní a la boca—. ¿Qué pasó con el chico que viajaba contigo?

