11-06-2026, 08:19 AM
—(...)y así fue como mi abuelo conoció a su tercer esposa, que después se convertiría en mi abuela.
—Wow, hermano… —Lengua se limpió una lágrima traicionera y empezó a aplaudir—. Esas son las historias que le cambian a uno la vida.
—¿En serio? —replicó Dientes, la ilusión brillante en sus ojos—. ¿Te gustó?
La respuesta a sus preguntas fue un controlado pero firme golpe detrás de la nuca, seco. Dientes se encogió en el asiento y frotó con insistencia la zona. Había picado.
—¡Si no fueran puras tonterías, tal vez me conmovería! ¿Cómo es eso de que la segunda esposa de tu abuelo fue una Tempesta y la primera una tenryubito? ¿Estás tonto? —Lengua volvió a darle un correctivo a su fiel amigo y compañero, está vez en la cabeza—. Un superior te llega a escuchar citando a personas tan importantes… ¡A un Dragón Celestial! En tus estúpidas historias, ¡y nos cuelgan de las gónadas a los dos!
—¿Y a ti por qué?
—¡Por escucharte!
Lengua y dientes, como era usual, estaban haciendo un numerito. El chofer y el tercer compañero, que viajaban al frente, apenas daban señales de escucharlos. Alguna risa ocasional. Un comentario bajo citando sus bribonadas, que, aunque bobas e infantiles, sí que lograban hacer del viaje algo más llevadero. Para silenciosa ya estaba la noche.
—¿Hm?
De pronto, sin embargo, algo más hizo eco en el camino. Algo diferente al ocasional barullo que provenía de las casas. Dientes, acurrucado en su asiento, abrazándose las piernas y la cabeza para que Lengua dejara de golpearlo, fue el primero en escucharlo. Se incorporó, sentó las rodillas en el banco y levantó la cabeza, la mirada al frente, extrañado.
—¿Escucharon eso? ¿Megas?
Llamó la atención del gigante haciéndole señas con las manos y señalándose los oídos.
—¿Escuchar qué? ¿Te estás volviendo loco, viejo? —replicó Lengua, para, poco después, tragarse sus palabras al percibirlo también—. Por mi madre… ¿Es música?
Lo que primero sintieron por el oído, a Megas le entra por los ojos: unas calles más adelante, emergiendo de las penumbras como una linterna que flota en un lago de brea, apareció: color, luz y movimiento. Personas. A simple vista no se podía apreciar, pero los agudos ojos del gigante bastaban y sobraban, ayudados de su posición ventajosa, para reconocer lo que estaba pasando. Un poco más adelante, en la esquina del cruce entre las dos calles principales, se había montado un pequeño espectáculo. Tres taburetes, repartidos en tres de las cuatro esquinas, hacían de escenario para tres pintorescos artistas. Tres bailarines.
—Ah, sí —mencionó el chófer—. Escuché que habían estado montando un espectáculo en la calle. No pensé que el show duraría hasta tan tarde.
A medida que se acercaban, la imagen se volvía más nítida. Los artistas eran un gyojin de boca enorme, una mink leopardo de pelaje morado y una humana, morena, cuya voz sonaba… peculiarmente profunda. Cada uno bailaba sobre su taburete, distintos ritmos y distintas danzas. La morena era elegante en sus movimientos, fluida. ¿La mink? Más rígida, pero había poder en cada postura. El gyojin arrancaba risas a los niños con un baile más teatral y cómico.
—No se preocupen —mencionó el tercer guardia—. Solo mantengan la guardia alta, que nadie se acerque mucho a la carroza y todo estará bien. No hay que sobrereaccionar a estas cosas, solo hacer nuestro trabajo.
Todos asintieron al unísono y, súbitamente, el ambiente se tornó serio, tenso. Lengua y Dientes dejaron de hablar por lo alto y ahora susurraban.
La carroza, inevitablemente, llegó al cruce de calles y pasó junto a los tres pequeños escenarios. La legalidad de ese espectáculo podía ser motivo de debate, pero su trabajo, esa noche, en ese preciso momento, no era reprender a un grupo de artistas callejeros, sino entregar a un reo en el puerto para su traslado. Las luces envolvieron la carroza, junto a la música y las voces de la gente. Dentro de la jaula, gracias a la nueva iluminación, se podía apreciar la silueta robusta de un hombre encadenado. Estaba de rodillas, las manos juntas al frente y la mirada gacha. La única señal de vida en él era el movimiento lento pero constante de su pecho, inhalando lento y reteniendo el aire un largo tiempo antes de exhalar.
Se internaron en el meollo de la cuestión, rodeados de pronto por un buen número de civiles que habían asistido al espectáculo. La mayoría miraba con admiración y ojos cansados. Pronto partirían a casa para cerrar el día.
—¡Para cerrar el espectáculo, tenemos un último acto colectivo! —anunció la mink—. ¿Están listos para la sorpresa?
Lengua, tras agitar la mano tratando de llamar la atención de Megas, se señaló los ojos y después hacia los bailarines. «Vigilalos», era el mensaje implícito.
—Wow, hermano… —Lengua se limpió una lágrima traicionera y empezó a aplaudir—. Esas son las historias que le cambian a uno la vida.
—¿En serio? —replicó Dientes, la ilusión brillante en sus ojos—. ¿Te gustó?
La respuesta a sus preguntas fue un controlado pero firme golpe detrás de la nuca, seco. Dientes se encogió en el asiento y frotó con insistencia la zona. Había picado.
—¡Si no fueran puras tonterías, tal vez me conmovería! ¿Cómo es eso de que la segunda esposa de tu abuelo fue una Tempesta y la primera una tenryubito? ¿Estás tonto? —Lengua volvió a darle un correctivo a su fiel amigo y compañero, está vez en la cabeza—. Un superior te llega a escuchar citando a personas tan importantes… ¡A un Dragón Celestial! En tus estúpidas historias, ¡y nos cuelgan de las gónadas a los dos!
—¿Y a ti por qué?
—¡Por escucharte!
Lengua y dientes, como era usual, estaban haciendo un numerito. El chofer y el tercer compañero, que viajaban al frente, apenas daban señales de escucharlos. Alguna risa ocasional. Un comentario bajo citando sus bribonadas, que, aunque bobas e infantiles, sí que lograban hacer del viaje algo más llevadero. Para silenciosa ya estaba la noche.
—¿Hm?
De pronto, sin embargo, algo más hizo eco en el camino. Algo diferente al ocasional barullo que provenía de las casas. Dientes, acurrucado en su asiento, abrazándose las piernas y la cabeza para que Lengua dejara de golpearlo, fue el primero en escucharlo. Se incorporó, sentó las rodillas en el banco y levantó la cabeza, la mirada al frente, extrañado.
—¿Escucharon eso? ¿Megas?
Llamó la atención del gigante haciéndole señas con las manos y señalándose los oídos.
—¿Escuchar qué? ¿Te estás volviendo loco, viejo? —replicó Lengua, para, poco después, tragarse sus palabras al percibirlo también—. Por mi madre… ¿Es música?
Lo que primero sintieron por el oído, a Megas le entra por los ojos: unas calles más adelante, emergiendo de las penumbras como una linterna que flota en un lago de brea, apareció: color, luz y movimiento. Personas. A simple vista no se podía apreciar, pero los agudos ojos del gigante bastaban y sobraban, ayudados de su posición ventajosa, para reconocer lo que estaba pasando. Un poco más adelante, en la esquina del cruce entre las dos calles principales, se había montado un pequeño espectáculo. Tres taburetes, repartidos en tres de las cuatro esquinas, hacían de escenario para tres pintorescos artistas. Tres bailarines.
—Ah, sí —mencionó el chófer—. Escuché que habían estado montando un espectáculo en la calle. No pensé que el show duraría hasta tan tarde.
A medida que se acercaban, la imagen se volvía más nítida. Los artistas eran un gyojin de boca enorme, una mink leopardo de pelaje morado y una humana, morena, cuya voz sonaba… peculiarmente profunda. Cada uno bailaba sobre su taburete, distintos ritmos y distintas danzas. La morena era elegante en sus movimientos, fluida. ¿La mink? Más rígida, pero había poder en cada postura. El gyojin arrancaba risas a los niños con un baile más teatral y cómico.
—No se preocupen —mencionó el tercer guardia—. Solo mantengan la guardia alta, que nadie se acerque mucho a la carroza y todo estará bien. No hay que sobrereaccionar a estas cosas, solo hacer nuestro trabajo.
Todos asintieron al unísono y, súbitamente, el ambiente se tornó serio, tenso. Lengua y Dientes dejaron de hablar por lo alto y ahora susurraban.
La carroza, inevitablemente, llegó al cruce de calles y pasó junto a los tres pequeños escenarios. La legalidad de ese espectáculo podía ser motivo de debate, pero su trabajo, esa noche, en ese preciso momento, no era reprender a un grupo de artistas callejeros, sino entregar a un reo en el puerto para su traslado. Las luces envolvieron la carroza, junto a la música y las voces de la gente. Dentro de la jaula, gracias a la nueva iluminación, se podía apreciar la silueta robusta de un hombre encadenado. Estaba de rodillas, las manos juntas al frente y la mirada gacha. La única señal de vida en él era el movimiento lento pero constante de su pecho, inhalando lento y reteniendo el aire un largo tiempo antes de exhalar.
Se internaron en el meollo de la cuestión, rodeados de pronto por un buen número de civiles que habían asistido al espectáculo. La mayoría miraba con admiración y ojos cansados. Pronto partirían a casa para cerrar el día.
—¡Para cerrar el espectáculo, tenemos un último acto colectivo! —anunció la mink—. ¿Están listos para la sorpresa?
Lengua, tras agitar la mano tratando de llamar la atención de Megas, se señaló los ojos y después hacia los bailarines. «Vigilalos», era el mensaje implícito.
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