14-08-2023, 06:52 PM
Un día nublado de otoño, hace ya unos cuantos años, un panda se encontraba de viaje por el East Blue. Había recogido todo su dinero, que en aquella época era más bien poco, y se había pagado un ferry para escapar de su hogar, de su padre y dirigirse hacia un nuevo amanecer. Pero el camino hacia los nuevos amaneceres está siempre plagado de tristes tardes y negras noches. En su camarote, para nada diseñado para albergar criaturas que casi llegan a los 4 metros de altura, Don Bambú se encontraba tirado en el suelo, mirando al techo con unos ojos enrojecidos y una boca seca, muy seca. Había tenido una mala noche. Todavía tenía unas cuantas desde el fallecimiento de su madre. Unirse a la revolución le había dado rumbo a su vida. Le había dado algo que hacer más que levantarse por las mañanas e ir a la biblioteca donde ella trabajaba para hacer lo mismo que el día anterior hasta bien caída la tarde. Pero entre misión y misión siempre había hueco para la introspección y lo que Don Bambú encontraba a través de ella nunca era bueno. El recuerdo persistente de su madre le había llevado a beberse la noche a través de cristales tintados, había vomitado tres veces, una de ellas en la cubierta, y el capitán le había ordenado que se quedase en su camarote hasta que se serenase. Ahí fue donde su compostura se fracturó. Lloró en silencio hasta que la luz de un nuevo día sin sol le golpeó en la cara desde la ventana del barco. Dejó pasar las horas sin cambiar de postura, sin mirar nada más que el techo y justo cuando iba a cerrar los ojos para dejarse llevar por el sueño, unos golpes en la puerta de su camarote le despertaron de nuevo. —¡Panda! ¡Hemos llegado a tierra firme, el ferry continuará su camino mañana a las 6 de la mañana hasta Dawn! —No hubo respuesta por parte de Don Bambú. —¿Me has oído? ¡Tienes que bajarte! —La puerta del camarote se abrió de golpe. El panda no miró al que le estaba hablando, pero parecía enfadado. Seguramente era el que tuvo que limpiar el estropicio de la noche pasada. Sin mediar palabra, la mole de músculo y pelo se medio irguió y salió a gatas del camarote. Caminó encorvado por los pasillos del barco hasta finalmente poder enderezarse en la cubierta y respiró el aire húmedo del puerto. Todo estaba lleno de marines, pero no por ir a por él, sino porque la isla, por su posición estratégica y las facilidades que daba para la defensa, era una de las más valiosas para la marina.
Don Bambú endureció su rostro y pasó de largo de los marines como un pasajero más, aunque atrayendo un par de miradas. Los mink eran raros, pero no inexistentes en los Blues, de modo que no había preguntas que hacer. Una vez superado el puerto, la presencia de la marina ya no era tan evidente. Sí, había más marines de lo habitual, pero Shell's Town estaba compuesta de otras cosas también. Había comerciantes por todas partes en las zonas colindantes a la del puerto, y un poco más adentro estaban los hostales y hoteles que acogían a los viajeros de paso y a los turistas. La zona residencial se entremezclaba con la zona turística, pero era mucho más extensa y la ciudad se extendía alrededor de una gran formación rocosa coronada por una base de la marina enorme. Desde aquella posición de poder, los perros del Estado tenían un control superior sobre la ciudad. Parecía imposible la existencia crímenes en un lugar como aquel, pero precisamente por lo difícil que era cometerlos sin ser capturado, más atractiva era la idea de hacerlo.
El panda decidió alquilar una habitación en un hostal de mala calidad y dejar allí sus cosas, protegidas tras una puerta de madera vieja y debajo de una cama sin sábanas y con un colchón medio deshecho del que asomaban unos cuantos muelles. Era todo lo que podía pagarse, pero los paseos eran gratis. Decidió salir a explorar la ciudad. Vio los comercios y las zonas turísticas desde lejos. Evitó cruzarse con demasiados marines no por tener una recompensa sobre su cabeza (que no tenía), sino por tenerles un odio visceral a raíz de su relación con su padre. Caminó tanto que volvió a la zona costera, a un puerto, pero no era el puerto de antes, que estaba bien vigilado. Éste a penas tenía presencia policial por tratarse de una zona pesquera. Por la mañana muy temprano zarpaban los barcos de los pescadores y volvían bien entrada la tarde, casi al anochecer para vender su mercancía. Debía tratarse de una zona medio pobre. Don Bambú pensó que esto era mejor para él, ya que estaría más tranquilo lejos de la presencia policial y continuó su paseo por la zona. Las horas transcurrieron más deprisa de lo que imaginaba, porque cuando se propuso volver a su hostal ya estaban saliendo las primeras estrellas en el cielo y el sol estaba a punto de ocultarse del todo en el horizonte. En una zona más bien vacía de la calle, mientras estaba de paso, una voz llamó su atención susurrando. —Estás hecho un grandullón, ¿eh? —Su voz estaba rasgada, algo propio de la edad avanzada y de una salud deteriorada. Don Bambú giró su cabeza y atisbó una sombra en un callejón. —¿Qué te trae por aquí? —Le dijo la sombra. —¿Cómo sabes que no soy de aquí? —Respondió el panda, aunque era evidente. —Lo sé porque tengo ojos. ¿Necesitas dinero para espejos? —Ah, sí, con que de eso iba la conversación. —He tenido un mal día. Unos cuantos, la verdad. —No era ninguna amenaza, al contrario de lo que cualquiera podría pensar. El viejo, sin embargo, entendía los huecos entre las palabras. —No tengo cura para eso, chico, pero puedo ofrecerte algo para distraerte y dinero por tu tiempo. —De algún modo, Don Bambú supo que el viejo estaba sonriendo. Don Bambú pensó que lo de distraerse no le venía mal. Si se iba al hostal ahora se lo comerían las paredes. Además, con un poco más de dinero podría pagarse una cena caliente, que era lo que le estaba pidiendo su estómago en el momento. —¿Y qué tengo que hacer? —Ya había aceptado, el resto era mero trámite. —Ven conmigo, chico. —Y la sombra se desvaneció en el callejón. El panda miró a los lados y solo vio una calle desierta. Aprovechó su aparente soledad para meterse en el callejón sin ser visto y se deslizó por entre las frías paredes de piedra. El callejón no tenía salida, pero al final no había nadie. Miró a su alrededor en busca de alguna puerta o algún hueco por el que se hubiera podido colar el viejo y entonces la vio. Era una tapa de alcantarilla ligeramente abierta. El esfuerzo que tuvo que hacer para meterse dentro fue considerable, pero lo logró tras unos minutos de crisis en los que creyó que se había atascado.
Dentro de las alcantarillas todo estaba a oscuras. —Cierra la tapa, chico. —Don Bambú obedeció y un mechero se encendió en la oscuridad. En la penumbra pudo ver parte de la cara del anciano. Tenía la barba mal afeitada, una boina marrón y la dentadura medio deshecha. Estaba sonriendo. —Sígueme. —Y así lo hizo. La red de túneles del alcantarillado era compleja, muy compleja, pero el viejo se la sabía de memoria. Al final de lo que parecía otro callejón sin salida, pero subterráneo, el viejo golpeó una pared de piedra tres veces. Cuando lo hizo, lo que parecía el muro empezó a deshacerse piedra a piedra para dejar paso a una estancia iluminada por antorchas donde había más personas de las que podría haberse imaginado. Era una cámara tan grande, que Don Bambú cabía completamente erguido. Una vez traspasó el falso muro, los muchachos que lo deshicieron volvieron a ponerlo todo en su sitio. La pared era evidentemente falsa, pero para verla había que encontrarla y de lejos daba el pego. —¿Qué tal sabes usar esos puños que te traes? —Preguntó el viejo.
Don Bambú endureció su rostro y pasó de largo de los marines como un pasajero más, aunque atrayendo un par de miradas. Los mink eran raros, pero no inexistentes en los Blues, de modo que no había preguntas que hacer. Una vez superado el puerto, la presencia de la marina ya no era tan evidente. Sí, había más marines de lo habitual, pero Shell's Town estaba compuesta de otras cosas también. Había comerciantes por todas partes en las zonas colindantes a la del puerto, y un poco más adentro estaban los hostales y hoteles que acogían a los viajeros de paso y a los turistas. La zona residencial se entremezclaba con la zona turística, pero era mucho más extensa y la ciudad se extendía alrededor de una gran formación rocosa coronada por una base de la marina enorme. Desde aquella posición de poder, los perros del Estado tenían un control superior sobre la ciudad. Parecía imposible la existencia crímenes en un lugar como aquel, pero precisamente por lo difícil que era cometerlos sin ser capturado, más atractiva era la idea de hacerlo.
El panda decidió alquilar una habitación en un hostal de mala calidad y dejar allí sus cosas, protegidas tras una puerta de madera vieja y debajo de una cama sin sábanas y con un colchón medio deshecho del que asomaban unos cuantos muelles. Era todo lo que podía pagarse, pero los paseos eran gratis. Decidió salir a explorar la ciudad. Vio los comercios y las zonas turísticas desde lejos. Evitó cruzarse con demasiados marines no por tener una recompensa sobre su cabeza (que no tenía), sino por tenerles un odio visceral a raíz de su relación con su padre. Caminó tanto que volvió a la zona costera, a un puerto, pero no era el puerto de antes, que estaba bien vigilado. Éste a penas tenía presencia policial por tratarse de una zona pesquera. Por la mañana muy temprano zarpaban los barcos de los pescadores y volvían bien entrada la tarde, casi al anochecer para vender su mercancía. Debía tratarse de una zona medio pobre. Don Bambú pensó que esto era mejor para él, ya que estaría más tranquilo lejos de la presencia policial y continuó su paseo por la zona. Las horas transcurrieron más deprisa de lo que imaginaba, porque cuando se propuso volver a su hostal ya estaban saliendo las primeras estrellas en el cielo y el sol estaba a punto de ocultarse del todo en el horizonte. En una zona más bien vacía de la calle, mientras estaba de paso, una voz llamó su atención susurrando. —Estás hecho un grandullón, ¿eh? —Su voz estaba rasgada, algo propio de la edad avanzada y de una salud deteriorada. Don Bambú giró su cabeza y atisbó una sombra en un callejón. —¿Qué te trae por aquí? —Le dijo la sombra. —¿Cómo sabes que no soy de aquí? —Respondió el panda, aunque era evidente. —Lo sé porque tengo ojos. ¿Necesitas dinero para espejos? —Ah, sí, con que de eso iba la conversación. —He tenido un mal día. Unos cuantos, la verdad. —No era ninguna amenaza, al contrario de lo que cualquiera podría pensar. El viejo, sin embargo, entendía los huecos entre las palabras. —No tengo cura para eso, chico, pero puedo ofrecerte algo para distraerte y dinero por tu tiempo. —De algún modo, Don Bambú supo que el viejo estaba sonriendo. Don Bambú pensó que lo de distraerse no le venía mal. Si se iba al hostal ahora se lo comerían las paredes. Además, con un poco más de dinero podría pagarse una cena caliente, que era lo que le estaba pidiendo su estómago en el momento. —¿Y qué tengo que hacer? —Ya había aceptado, el resto era mero trámite. —Ven conmigo, chico. —Y la sombra se desvaneció en el callejón. El panda miró a los lados y solo vio una calle desierta. Aprovechó su aparente soledad para meterse en el callejón sin ser visto y se deslizó por entre las frías paredes de piedra. El callejón no tenía salida, pero al final no había nadie. Miró a su alrededor en busca de alguna puerta o algún hueco por el que se hubiera podido colar el viejo y entonces la vio. Era una tapa de alcantarilla ligeramente abierta. El esfuerzo que tuvo que hacer para meterse dentro fue considerable, pero lo logró tras unos minutos de crisis en los que creyó que se había atascado.
Dentro de las alcantarillas todo estaba a oscuras. —Cierra la tapa, chico. —Don Bambú obedeció y un mechero se encendió en la oscuridad. En la penumbra pudo ver parte de la cara del anciano. Tenía la barba mal afeitada, una boina marrón y la dentadura medio deshecha. Estaba sonriendo. —Sígueme. —Y así lo hizo. La red de túneles del alcantarillado era compleja, muy compleja, pero el viejo se la sabía de memoria. Al final de lo que parecía otro callejón sin salida, pero subterráneo, el viejo golpeó una pared de piedra tres veces. Cuando lo hizo, lo que parecía el muro empezó a deshacerse piedra a piedra para dejar paso a una estancia iluminada por antorchas donde había más personas de las que podría haberse imaginado. Era una cámara tan grande, que Don Bambú cabía completamente erguido. Una vez traspasó el falso muro, los muchachos que lo deshicieron volvieron a ponerlo todo en su sitio. La pared era evidentemente falsa, pero para verla había que encontrarla y de lejos daba el pego. —¿Qué tal sabes usar esos puños que te traes? —Preguntó el viejo.
