12-06-2026, 07:25 PM
Todavía faltaban varias horas para que el sol apareciese en el horizonte de Báltigo. Bambú había dormido poco, pero era lo que le esperaba la próxima semana. Se había acostado a las 23:00 después de un día agotador, pero a las 4 de la mañana ya estaba con los ojos abiertos y decidió ceder su catre al siguiente. La cafetería, por suerte para él, por la ocasión de la reunión del Ejército, permanecía abierta las 24 horas del día. Después de un cuantioso desayuno con amplio surtido de café, el mink panda se paseó por los oscuros y silenciosos pasillos de la fortaleza buscando algo que hacer. Sobre las cuatro y largo de la mañana ya empezaba a haber algo de bullicio en los pabellones de entrenamiento. Algunos sargentos que querían quedar bien con sus jefes, entre ellos el panda, se empezaban en mover a sus escuadrones desde bien temprano para que hicieran su ejercicio matutino antes siquiera del amanecer. Eran los menos, sin embargo, y la mayor parte de los pabellones se encontraban vacíos en aquel momento. Ver a las juventudes revolucionarias tan entusiasmadas animó al mink a entrenarse un poco o, por lo menos, tantear el equipo que tuvieran los revolucionarios almacenado en sus salas de entrenamiento. Hacía eones que no iba a ninguna. La última vez que estuvo en Báltigo, fue en uno de los pabellones donde intentó hacer entender a Zorak y Kisuke cómo funcionaba el Kenbunshoku. Fracasó, claro, a aquel dúo aún le faltaba un poco de espiritualidad para llegar a comprender los entresijos de la percepción extrasensorial que otorgaba el haki de observación. Kisuke, sin embargo, a día de hoy estaba hecho todo un maestro en el arte. Don Bambú optó por meterse en el pabellón número 3, que parecía prometedor. Lo primero que valoró fue la cantidad de discos que podía poner en cada una de las barras grandes que estaban pensadas para levantarse con los dos brazos por un humano.
Él no era humano. Logró meterle 400 kilogramos de peso a cada una de las barras, pero el ejercicio le resultaba tan liviano que no merecía la pena realizarlo por mucho tiempo. Mientras sopesaba las posibilidades, una voz llamó su atención. Se trataba de otro de su raza, pero de menor tamaño que Bambú, pero grande para los humanos sin lugar a dudas. Shiryuko, pues así se llamaba, era un mink tigre blanco que vestía ropajes de estilo oriental. En su cinturón llevaba una espada bastante vistosa y se acercaba hacia el mariscal haciendo comentarios jocosos acerca de lo que él pensaba que eran los pandas. —Somos tranquilos, eso es cierto. Pero no pacíficos, honhonhon. —Su interlocutor se presentó con una sonrisa en el rostro. —Un placer Shiryuko. Me sorprende que no me conozcas ya, la verdad. Max D. Bambú, mariscal del Ejército ¡Firme soldado! —Dejó las pesas en el suelo y se giró hacia el mink realizando el saludo protocolario de la Revolución. —Dime, camarada, ¿qué te trae por aquí tan temprano? ¿No te deja dormir la emoción? Los altos cargos del Ejército tienen ese efecto en la gente. —Desde luego tenían ese efecto para el panda. Todavía le duraba la emoción de ver a los cinco comandantes juntos, a una mano del Ejército y a la mismísima Comandante Suprema.
Él no era humano. Logró meterle 400 kilogramos de peso a cada una de las barras, pero el ejercicio le resultaba tan liviano que no merecía la pena realizarlo por mucho tiempo. Mientras sopesaba las posibilidades, una voz llamó su atención. Se trataba de otro de su raza, pero de menor tamaño que Bambú, pero grande para los humanos sin lugar a dudas. Shiryuko, pues así se llamaba, era un mink tigre blanco que vestía ropajes de estilo oriental. En su cinturón llevaba una espada bastante vistosa y se acercaba hacia el mariscal haciendo comentarios jocosos acerca de lo que él pensaba que eran los pandas. —Somos tranquilos, eso es cierto. Pero no pacíficos, honhonhon. —Su interlocutor se presentó con una sonrisa en el rostro. —Un placer Shiryuko. Me sorprende que no me conozcas ya, la verdad. Max D. Bambú, mariscal del Ejército ¡Firme soldado! —Dejó las pesas en el suelo y se giró hacia el mink realizando el saludo protocolario de la Revolución. —Dime, camarada, ¿qué te trae por aquí tan temprano? ¿No te deja dormir la emoción? Los altos cargos del Ejército tienen ese efecto en la gente. —Desde luego tenían ese efecto para el panda. Todavía le duraba la emoción de ver a los cinco comandantes juntos, a una mano del Ejército y a la mismísima Comandante Suprema.
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Karmas
