13-06-2026, 03:27 AM
—Perdone, señor Kisuke.— Dije levantando ambas manos en señal de rendición cuando el comandante logró detener aquella avalancha de palabras que amenazaba con convertirse en otro discurso de media hora. —Mi mamá siempre me dijo que tengo hiperactividad, pero yo nunca le creí. Creo que simplemente tengo muchas ganas de saber cosas.— y era verdad o al menos esa era la explicación que yo prefería, porque mientras Kisuke hablaba, tuve que hacer algo que rara vez hacía de manera consciente, quedarme callado. Mis orejas permanecían erguidas, mis brazos cruzados detrás de la espalda, incluso mi pie dejó de golpear el suelo durante unos segundos, todo mi esfuerzo estaba concentrado en escuchar y valió la pena, porque las historias que salían de la boca del comandante parecían imposibles, un almirante, había peleado contra un almirante. No solo eso, había necesitado la ayuda de otros dos piratas poderosos para hacerle frente. Mi mente intentó imaginarlo.
Los mares rugiendo, las explosiones, la destrucción, tres hombres enfrentándose a una de las armas más poderosas del Gobierno Mundial y aun así sobreviviendo para contarlo, mis ojos brillaban con una admiración imposible de ocultar, por un instante comprendí algo importante yo hablaba mucho sobre la revolución, muchísimo, hablaba de ideales, ce cambios, de corrupción, de libertad, pero frente a mí estaba alguien que había vivido aquello de verdad, alguien que había puesto el cuerpo donde otros solo ponían palabras, las preguntas dejaron de intentar salir atropelladamente de mi boca, no porque hubieran desaparecido. Al contrario, ahora tenía más preguntas que antes, miles, quería saber cómo había sido aquella batalla, qué sintió, qué había aprendido, qué errores cometió, qué debía hacer alguien como yo para algún día estar a esa altura, pero algo dentro de mí entendió que aquel no era el momento.
Mi padre siempre decía que quien mucho abarca, poco aprieta, quizás escuchar también era una forma de aprender, quizás incluso una necesaria, así que simplemente asentí varias veces mientras el comandante terminaba de hablar. Una sonrisa enorme apareció lentamente en mi rostro. —Entiendo— y por una vez aquella palabra fue sincera. No porque entendiera la magnitud de una batalla contra un almirante, probablemente estaba a años luz de comprender algo si quiera parecido, pero sí entendía una cosa y es que quería llegar tan lejos como él, no por fama, no por poder, sino porque si hombres como Kisuke estaban arriesgándolo todo para cambiar el mundo, entonces la revolución era aún más grande de lo que había imaginado.
Y eso solo consiguió que quisiera formar parte de ella con más fuerza que nunca, aunque, siendo honestos, me estaba costando una barbaridad no hacer otras veinte preguntas. Mis orejas temblaban, mi pie volvía a moverse inquieto y sentía las palabras acumulándose detrás de los dientes como una presa a punto de romperse, pero resistí, al menos durante unos segundos. Las respuestas del comandante se quedó dando vueltas dentro de mi cabeza más de lo que me habría gustado admitir, normalmente, cuando alguien me daba un consejo, yo encontraba la forma de responder con tres opiniones, dos preguntas y algún discurso improvisado sobre la revolución, pero esta vez no. Esta vez estaba pensando, pensando de verdad porque Kisuke no me había hablado de fuerza, no me había hablado de fama, ni siquiera de victorias. Había hablado de compañeros, de personas, de rodearse de individuos capaces de cubrir las debilidades de uno mismo.
Y siendo completamente honesto conmigo mismo, tenía unas cuantas, quizás más de las que me gustaba admitir. —Señor Kisuke, yo soy un orador.— Comencé diciendo con una sonrisa algo más moderada de lo habitual. —Y quizás parezca que solo soy eso, pero también puedo pelear, levantar un grupo y hacer cosas. No quiero ser únicamente el sujeto que da discursos mientras otros hacen el trabajo difícil.— Mis enormes orejas se movieron ligeramente mientras hablaba. —Por eso quisiera preguntarle si sabe de algunos compañeros a los que pudiera unirme. Porque usted mismo dijo que para llegar a ser como usted hay que rodearse de buenos compañeros que complementen a uno.— y era cierto, yo podía hablar con cualquiera, podía inspirar, podía convencer y podía correr hacia un problema sin pensarlo dos veces, pero también era ruidoso, impaciente, terriblemente incapaz de pasar desapercibido y aunque jamás lo admitiría en voz alta delante de la mayoría de personas, sabía perfectamente que alguien como yo necesitaba aliados.
Alguien que supiera observar cuando yo hablaba, alguien que pensara cuando yo actuaba, alguien que recordara nombres, porque yo claramente no era ese individuo, solté una pequeña risa. —Además, si sigo intentando hacer todo solo, probablemente terminaré secuestrando accidentalmente a un noble equivocado o iniciando una revolución en una isla donde ya exista una revolución.— Lo peor era que aquello sonaba perfectamente posible, por un momento desvié la mirada hacia los revolucionarios que caminaban por Baltigo esos hombres y mujeres de todos los mares, de todas las edades, de historias completamente distintas y comprendí algo que hasta entonces nunca me había detenido a considerar. Durante años había intentado llamar la atención de la revolución, pero nunca había pensado demasiado en conocer a la revolución, no de verdad, no como una organización formada por personas, quizás esa era la diferencia entre escuchar conversaciones ajenas y escuchar a los demás.
Lo primero servía para obtener información, lo segundo servía para entenderla, solo entonces volví a mirar al comandante y una sonrisa regresó a mi rostro, mas tranquila y sincera que antes. —Creo que empiezo a entender lo que quiso decir.— Admití. —Porque uno puede tener ideales, fuerza o determinación, pero si no tiene a nadie a su lado, termina siendo solo una voz gritando contra una tormenta, porque un conejo rara vez sobrevive mucho tiempo estando solo.—
Los mares rugiendo, las explosiones, la destrucción, tres hombres enfrentándose a una de las armas más poderosas del Gobierno Mundial y aun así sobreviviendo para contarlo, mis ojos brillaban con una admiración imposible de ocultar, por un instante comprendí algo importante yo hablaba mucho sobre la revolución, muchísimo, hablaba de ideales, ce cambios, de corrupción, de libertad, pero frente a mí estaba alguien que había vivido aquello de verdad, alguien que había puesto el cuerpo donde otros solo ponían palabras, las preguntas dejaron de intentar salir atropelladamente de mi boca, no porque hubieran desaparecido. Al contrario, ahora tenía más preguntas que antes, miles, quería saber cómo había sido aquella batalla, qué sintió, qué había aprendido, qué errores cometió, qué debía hacer alguien como yo para algún día estar a esa altura, pero algo dentro de mí entendió que aquel no era el momento.
Mi padre siempre decía que quien mucho abarca, poco aprieta, quizás escuchar también era una forma de aprender, quizás incluso una necesaria, así que simplemente asentí varias veces mientras el comandante terminaba de hablar. Una sonrisa enorme apareció lentamente en mi rostro. —Entiendo— y por una vez aquella palabra fue sincera. No porque entendiera la magnitud de una batalla contra un almirante, probablemente estaba a años luz de comprender algo si quiera parecido, pero sí entendía una cosa y es que quería llegar tan lejos como él, no por fama, no por poder, sino porque si hombres como Kisuke estaban arriesgándolo todo para cambiar el mundo, entonces la revolución era aún más grande de lo que había imaginado.
Y eso solo consiguió que quisiera formar parte de ella con más fuerza que nunca, aunque, siendo honestos, me estaba costando una barbaridad no hacer otras veinte preguntas. Mis orejas temblaban, mi pie volvía a moverse inquieto y sentía las palabras acumulándose detrás de los dientes como una presa a punto de romperse, pero resistí, al menos durante unos segundos. Las respuestas del comandante se quedó dando vueltas dentro de mi cabeza más de lo que me habría gustado admitir, normalmente, cuando alguien me daba un consejo, yo encontraba la forma de responder con tres opiniones, dos preguntas y algún discurso improvisado sobre la revolución, pero esta vez no. Esta vez estaba pensando, pensando de verdad porque Kisuke no me había hablado de fuerza, no me había hablado de fama, ni siquiera de victorias. Había hablado de compañeros, de personas, de rodearse de individuos capaces de cubrir las debilidades de uno mismo.
Y siendo completamente honesto conmigo mismo, tenía unas cuantas, quizás más de las que me gustaba admitir. —Señor Kisuke, yo soy un orador.— Comencé diciendo con una sonrisa algo más moderada de lo habitual. —Y quizás parezca que solo soy eso, pero también puedo pelear, levantar un grupo y hacer cosas. No quiero ser únicamente el sujeto que da discursos mientras otros hacen el trabajo difícil.— Mis enormes orejas se movieron ligeramente mientras hablaba. —Por eso quisiera preguntarle si sabe de algunos compañeros a los que pudiera unirme. Porque usted mismo dijo que para llegar a ser como usted hay que rodearse de buenos compañeros que complementen a uno.— y era cierto, yo podía hablar con cualquiera, podía inspirar, podía convencer y podía correr hacia un problema sin pensarlo dos veces, pero también era ruidoso, impaciente, terriblemente incapaz de pasar desapercibido y aunque jamás lo admitiría en voz alta delante de la mayoría de personas, sabía perfectamente que alguien como yo necesitaba aliados.
Alguien que supiera observar cuando yo hablaba, alguien que pensara cuando yo actuaba, alguien que recordara nombres, porque yo claramente no era ese individuo, solté una pequeña risa. —Además, si sigo intentando hacer todo solo, probablemente terminaré secuestrando accidentalmente a un noble equivocado o iniciando una revolución en una isla donde ya exista una revolución.— Lo peor era que aquello sonaba perfectamente posible, por un momento desvié la mirada hacia los revolucionarios que caminaban por Baltigo esos hombres y mujeres de todos los mares, de todas las edades, de historias completamente distintas y comprendí algo que hasta entonces nunca me había detenido a considerar. Durante años había intentado llamar la atención de la revolución, pero nunca había pensado demasiado en conocer a la revolución, no de verdad, no como una organización formada por personas, quizás esa era la diferencia entre escuchar conversaciones ajenas y escuchar a los demás.
Lo primero servía para obtener información, lo segundo servía para entenderla, solo entonces volví a mirar al comandante y una sonrisa regresó a mi rostro, mas tranquila y sincera que antes. —Creo que empiezo a entender lo que quiso decir.— Admití. —Porque uno puede tener ideales, fuerza o determinación, pero si no tiene a nadie a su lado, termina siendo solo una voz gritando contra una tormenta, porque un conejo rara vez sobrevive mucho tiempo estando solo.—
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