20-06-2026, 12:03 AM
La caravana atravesó la calle. O lo intentó.
—¿Qué demonios…?
Una sacudida repentina puso a todo el personal de seguridad alerta. La carreta se detuvo en seco, inclinándose ligeramente hacia adelante para luego caer fuerte hacia atrás presa de la inercia que traía. Los marines saltaron de sus lugares, unos por la sorpresa, otros por la falta de equilibrio. Dientes y Lengua estaban en ese último grupo, pues, al ir de espaldas al frente, el repentino freno los pegó al asiento y el latigazo los tiró al suelo. Dientes se levantó antes que Lengua, lamentando nada más que un raspón en la rodilla y una herida en el labio.
—¡Eh! ¿Qué carajos pasó?
Se asomó hacia el frente, pidiendo explicaciones a quien tenía la rienda de los caballos.
—¡Un tipo se tiró frente a la carreta! —exclamó un compañero desde la parte delantera de la carreta—. Carajo, creo que le fracturó la pierna la rueda… ¿Qué demonios estaba pensando?
Desde la privilegiada posición del gigante, todo había ocurrido muy rápido. Uno de los tantos hombres que paseaban en torno a los tres bailarines, de pronto y sin aparente motivo, desvió su camino y saltó delante de la carreta. No hubo gritos, nadie lo empujó. El tipo simplemente giró sobre sí mismo, miró la carreta y saltó. Nadie tuvo la capacidad de reaccionar, pues nadie le prestaba demasiada atención siendo una persona común y corriente hasta el último momento. Nada lo haría sospechoso.
Ahora estaba bajo la carreta, sujetándose la pierna con una fractura expuesta a la altura del muslo.
Lengua y Dientes, los dos guardias que hasta entonces cuidaban la retaguardia, rodearon el carro y se acercaron al hombre herido. En parte, para socorrerlo; en parte, para averiguar que lo había llevado a saltar así ( porque definitivamente no se había caído ) y descartar que se tratase de alguien interesado en su prisionero.
De pronto, más movimiento.
Las muchas personas que hasta entonces ocupaban la zona, dispersas, saltando de un espectáculo a otro, se coordinaron para voltear todas a la vez en dirección a la carreta. Con su increíble visión, el gigante se percató del momento justo en que todo mundo desvió su atención y se centró en ellos. Y así como giraron, empezaron a moverse. Primero, caminando. Después corrieron. Todos a la vez. Hombres, mujeres y niños empezaron a asediar el carro, sujetándolo y meciéndolo de lado a lado a fuerza de empujones extrañamente coordinados.
—¿Qué está pasando?
—¡No tiene sentido! ¡Conozco a la mitad de ellos!
—¡Reduzcanlos! ¡No podemos permitir esto! Así sean sus putisimos primos.
Órdenes cruzadas se dispararon. Algunos marines guardaron las armas y empezaron a forcejear, otros se atrincheraron a cada lado de la jaula para impedir el paso a cualquiera que quisiera intentar acercarse a los candados que contenían al preso. Dientes y Lengua estaban forcejeando, por momentos con la gente, por momentos entre ellos.
—¿Qué demonios…?
Una sacudida repentina puso a todo el personal de seguridad alerta. La carreta se detuvo en seco, inclinándose ligeramente hacia adelante para luego caer fuerte hacia atrás presa de la inercia que traía. Los marines saltaron de sus lugares, unos por la sorpresa, otros por la falta de equilibrio. Dientes y Lengua estaban en ese último grupo, pues, al ir de espaldas al frente, el repentino freno los pegó al asiento y el latigazo los tiró al suelo. Dientes se levantó antes que Lengua, lamentando nada más que un raspón en la rodilla y una herida en el labio.
—¡Eh! ¿Qué carajos pasó?
Se asomó hacia el frente, pidiendo explicaciones a quien tenía la rienda de los caballos.
—¡Un tipo se tiró frente a la carreta! —exclamó un compañero desde la parte delantera de la carreta—. Carajo, creo que le fracturó la pierna la rueda… ¿Qué demonios estaba pensando?
Desde la privilegiada posición del gigante, todo había ocurrido muy rápido. Uno de los tantos hombres que paseaban en torno a los tres bailarines, de pronto y sin aparente motivo, desvió su camino y saltó delante de la carreta. No hubo gritos, nadie lo empujó. El tipo simplemente giró sobre sí mismo, miró la carreta y saltó. Nadie tuvo la capacidad de reaccionar, pues nadie le prestaba demasiada atención siendo una persona común y corriente hasta el último momento. Nada lo haría sospechoso.
Ahora estaba bajo la carreta, sujetándose la pierna con una fractura expuesta a la altura del muslo.
Lengua y Dientes, los dos guardias que hasta entonces cuidaban la retaguardia, rodearon el carro y se acercaron al hombre herido. En parte, para socorrerlo; en parte, para averiguar que lo había llevado a saltar así ( porque definitivamente no se había caído ) y descartar que se tratase de alguien interesado en su prisionero.
De pronto, más movimiento.
Las muchas personas que hasta entonces ocupaban la zona, dispersas, saltando de un espectáculo a otro, se coordinaron para voltear todas a la vez en dirección a la carreta. Con su increíble visión, el gigante se percató del momento justo en que todo mundo desvió su atención y se centró en ellos. Y así como giraron, empezaron a moverse. Primero, caminando. Después corrieron. Todos a la vez. Hombres, mujeres y niños empezaron a asediar el carro, sujetándolo y meciéndolo de lado a lado a fuerza de empujones extrañamente coordinados.
—¿Qué está pasando?
—¡No tiene sentido! ¡Conozco a la mitad de ellos!
—¡Reduzcanlos! ¡No podemos permitir esto! Así sean sus putisimos primos.
Órdenes cruzadas se dispararon. Algunos marines guardaron las armas y empezaron a forcejear, otros se atrincheraron a cada lado de la jaula para impedir el paso a cualquiera que quisiera intentar acercarse a los candados que contenían al preso. Dientes y Lengua estaban forcejeando, por momentos con la gente, por momentos entre ellos.
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