21-06-2026, 08:55 AM
Un puñado de mani a la boca y munch-munch, Enji masticó. Se sentía bien. Estaba cómodo, fresco y bien servido, disfrutando de una buena jarra de cerveza a la luz de la luna. Qué locura, pensó. Después de todo lo que pasó en Kutsukku, después de sufrir lo árido e inmisericorde del desierto de Sabakun y salir vivos, después de todo eso y más, ahora estaban allí, sentados en un pintoresco bar bajo el cobijo de una ciudad tranquila, charlando de forma amena, pasando el rato. En unos días, semanas o, cómo máximo, algunos meses, probablemente volverían a cambiar de escenario. Quizá esa isla sería el último lugar medianamente tranquilo que fueran a pisar. Quizá esa noche sería la última ocasión en que podrían relajarse. El mundo era demasiado caótico y la vida, demasiado impredecible. El confort que le quedaba era saber que esos momentos volvían. Tarde o temprano, la calidez regresaba, y con ello el motivo para seguir adelante.
—Oe, que no ando desnudo. ¿No ves el boxer? —replicó—. Un marine no puede andar desnudo por allí.
Empinó la jarra y dos tragos largos finiquitaron su contenido. La dejó de nuevo en la mesa, vacía, y el mozo se la llevó tras recibir su asentimiento. Pidió una segunda ronda con el gesto de su mano extendiendo índice y corazón, y el muchacho partió a cumplir su diligencia.
—Aclarado eso —retomó. El alcohol, aunque leve, estaba haciendo su efecto, y lo primero que notó fue como se le aflojaba la lengua. ¿Más todavía? Sí, más todavía—. ¿Por qué iba a estarme quitando la camiseta y los pantalones? Pues porque tengo calor, chica. Es obvio. —En su cabeza por supuesto que lo era—. Yo no sé cómo ustedes no lo notan. Incluso en otoño, algunas islas son… un infierno. Cómo no me quite algunas cosas de encima, empiezo a transpirar y me pica el cuerpo. Es una tortura.
Nadie tenía porqué entenderlo y no, no era algo obvio. Incluso Matsuri, con su buen clima, era fresco en otoño, pero allí estaba él: ni pantalones, ni camiseta. Apenas cargaba la chaqueta consigo y porque sabía que lo reprenderían si no lo hacía. Lo suyo iba un poco más allá y entraba dentro de un trastorno, una marca psicológica confabulada con la naturaleza de su isla de origen.
Pero ese era un trauma para otra ocasión. Tenían temas importantes de los que hablar, como por ejemplo: JUAN.
—Juancho Sebastiancho Franpereanimo Sexto. No es tan difícil.
Puro invento, pero ya le había gustado ese nombre innecesariamente largo. Cómo el del pirata Alas Negras, el tal Yojimbro Lamemarcas Corneta en Cuatro… o algo así.
—Sí, eso suena al viejo Juancho… ¡¿Te subiste en su caparazón?! —Abrió grandes los ojos—. ¡Shihahahaha! A qué es divertidísimo, eh. Yo siempre busco la manera de subirme cuando se convierte en una tortuga completa. ¡El día del viaje al parque falso llegué encima suyo a la costa! La gente no paraba de mirarme, je.
Se frotó las uñas en el pecho, presumido. Cabalgar a lomos de la tortuga de la Gloriosa División 80 era cosa de gente especial solamente.
—Juancho es un gran cangrejo, una gran tortuga, un todavía más grande marine y un enorme amigo —dijo, recibiendo la segunda jarra de manos del mozo, que había regresado—. Es el único tipo que me he cruzado a quien creo que no podría tumbar… al menos, no fácilmente. Y el vegetariano menos molesto, dentro de todo.
Atacó la cerveza de nuevo. Esta vez, mientras bebía, su mano libre, la derecha, se posó sobre la mesa, y fue en ese trajín que Miyori la capturó. Parecía curiosa por algo. En verdad, mirándola bien, había varios detalles pequeños pero significativos que se podían apreciar. Estaba distinta, y ese gesto, ese movimiento repentino para atraparle, fue la prueba más grande de que algo andaba raro en Miyori. Tenía los párpados ligeramente más caídos de lo normal, lo que convertía su mirada, típicamente vivaz y amable, en una mucho más… ¿Descarada? ¿Irreverente?
—¿Mi fruta? —repitió—. ¿Te da curiosidad la Fruta del Diablo que me comí?
Apoyó el codo en la mesa y sobre la palma de la mano, su mentón. Otro asunto del que hablaba francamente muy poco.
—Es la Doku Doku no Mi —dijo—. La fruta del veneno. Puedo generarlo y controlarlo en esa forma líquida que viste, además de darle distintas propiedades. Es… todo un tema. Tuve que leer y practicar bastante para aprender a hacer cosas específicas con el veneno, como aumentar su acidez. —Y todo lo que todavía no sabía, además, pese a llevar un año entero siendo usuario—. Es una fruta muy peligrosa, así que mis peleas tengo que llevarlas lejos de las ciudades porque, bueno, igual mato a alguien por accidente. Una gota perdida puede hacer mucho daño.
—Oe, que no ando desnudo. ¿No ves el boxer? —replicó—. Un marine no puede andar desnudo por allí.
Empinó la jarra y dos tragos largos finiquitaron su contenido. La dejó de nuevo en la mesa, vacía, y el mozo se la llevó tras recibir su asentimiento. Pidió una segunda ronda con el gesto de su mano extendiendo índice y corazón, y el muchacho partió a cumplir su diligencia.
—Aclarado eso —retomó. El alcohol, aunque leve, estaba haciendo su efecto, y lo primero que notó fue como se le aflojaba la lengua. ¿Más todavía? Sí, más todavía—. ¿Por qué iba a estarme quitando la camiseta y los pantalones? Pues porque tengo calor, chica. Es obvio. —En su cabeza por supuesto que lo era—. Yo no sé cómo ustedes no lo notan. Incluso en otoño, algunas islas son… un infierno. Cómo no me quite algunas cosas de encima, empiezo a transpirar y me pica el cuerpo. Es una tortura.
Nadie tenía porqué entenderlo y no, no era algo obvio. Incluso Matsuri, con su buen clima, era fresco en otoño, pero allí estaba él: ni pantalones, ni camiseta. Apenas cargaba la chaqueta consigo y porque sabía que lo reprenderían si no lo hacía. Lo suyo iba un poco más allá y entraba dentro de un trastorno, una marca psicológica confabulada con la naturaleza de su isla de origen.
Pero ese era un trauma para otra ocasión. Tenían temas importantes de los que hablar, como por ejemplo: JUAN.
—Juancho Sebastiancho Franpereanimo Sexto. No es tan difícil.
Puro invento, pero ya le había gustado ese nombre innecesariamente largo. Cómo el del pirata Alas Negras, el tal Yojimbro Lamemarcas Corneta en Cuatro… o algo así.
—Sí, eso suena al viejo Juancho… ¡¿Te subiste en su caparazón?! —Abrió grandes los ojos—. ¡Shihahahaha! A qué es divertidísimo, eh. Yo siempre busco la manera de subirme cuando se convierte en una tortuga completa. ¡El día del viaje al parque falso llegué encima suyo a la costa! La gente no paraba de mirarme, je.
Se frotó las uñas en el pecho, presumido. Cabalgar a lomos de la tortuga de la Gloriosa División 80 era cosa de gente especial solamente.
—Juancho es un gran cangrejo, una gran tortuga, un todavía más grande marine y un enorme amigo —dijo, recibiendo la segunda jarra de manos del mozo, que había regresado—. Es el único tipo que me he cruzado a quien creo que no podría tumbar… al menos, no fácilmente. Y el vegetariano menos molesto, dentro de todo.
Atacó la cerveza de nuevo. Esta vez, mientras bebía, su mano libre, la derecha, se posó sobre la mesa, y fue en ese trajín que Miyori la capturó. Parecía curiosa por algo. En verdad, mirándola bien, había varios detalles pequeños pero significativos que se podían apreciar. Estaba distinta, y ese gesto, ese movimiento repentino para atraparle, fue la prueba más grande de que algo andaba raro en Miyori. Tenía los párpados ligeramente más caídos de lo normal, lo que convertía su mirada, típicamente vivaz y amable, en una mucho más… ¿Descarada? ¿Irreverente?
—¿Mi fruta? —repitió—. ¿Te da curiosidad la Fruta del Diablo que me comí?
Apoyó el codo en la mesa y sobre la palma de la mano, su mentón. Otro asunto del que hablaba francamente muy poco.
—Es la Doku Doku no Mi —dijo—. La fruta del veneno. Puedo generarlo y controlarlo en esa forma líquida que viste, además de darle distintas propiedades. Es… todo un tema. Tuve que leer y practicar bastante para aprender a hacer cosas específicas con el veneno, como aumentar su acidez. —Y todo lo que todavía no sabía, además, pese a llevar un año entero siendo usuario—. Es una fruta muy peligrosa, así que mis peleas tengo que llevarlas lejos de las ciudades porque, bueno, igual mato a alguien por accidente. Una gota perdida puede hacer mucho daño.

