01-07-2026, 02:14 AM
(Última modificación: 01-07-2026, 02:16 AM por Max D. Bambú.)
El estado de Kisuke después de su último golpe era peligroso. Le había herido de cierta gravedad, aunque sabía de sobra que todavía podía moverse. No era peligroso por lo que pudiera sucederle si volvía a recibir un golpe. Dentro de la incapacidad para contenerse que tenía el mink había un atisbo de inteligencia. Sabía más o menos lo que un oponente podía resistir de él antes de desfallecer y nunca apretaba tanto como para asfixiar a nadie. No voluntariamente al menos. No. El estado de Kisuke era peligroso por otro motivo. Ante el precipicio de una derrota, un samurái podía volverse mucho más agresivo, impredecible y, por encima de todo, letal. Creer que una persona como él se rendiría o trataría de retirarse sería caer en un error garrafal. Confiarse podría suponer un viaje rápido hasta el cementerio, no necesariamente de una pieza.
Observó en silencio cómo Kisuke golpeaba la arena por pura frustración y se levantaba lentamente con las espadas empuñadas. Quería vencer, decía. Esa era la actitud que quería de su superior. Esa y no otra. Apretó sus puños, listo para lo que se avecinaba, y sonrió abiertamente emocionado ante su declaración. El haki brillaba en aquellas espadas con una negrura si cabe más intensa de lo habitual. Sus filos negros eran la promesa de una batalla digna de tal nombre. —¡Ahí viene! —Se tensó cuando Kisuke colocó ambas espadas en cruz delante suya y su haki de observación le alertó de su plena intención de golpearle con todo. En sus emociones podía leer una determinación inamovible. No lo interrumpiría en esta ocasión y tampoco lo evitaría apartándose de su camino. Lo recibiría de frente y se enfrentaría a la determinación de su comandante con todo lo que tenía, incluso si eso suponía salir herido en el choque. Cruzando sus brazos de forma parecida a la que Kisuke había cruzado sus espadas, Bambú los imbuyó en su poderoso haki armadura y los interpuso en el trayecto del ataque. Estaba listo para recibir el golpe de su vida. La propia musculatura del panda se convirtió en una pared de acero. Aquella era una de las técnicas de las que estaba más orgulloso, porque no servía para herir a nadie, sino para proteger a aquellos que no podían protegerse por sí mismos. De este modo, Bambú se convertía en la última defensa de los débiles. En el baluarte de los miserables.
Brazos y espadas colisionaron emitiendo infinidad de chispas, como si dos superficies de acero estuvieran rozándose a altas velocidades la una con la otra. La potencia del ataque fue tal que la defensa de Bambú terminó por ceder ante la ofensiva, recibiendo dos feas marcas cortantes, una en cada uno de sus brazos. Si aquel ataque llegaba a darle en el torso... Probablemente habría sido él el que tendría que levantarse del suelo entre estertores. Él no era capaz de lograr tanta potencia si no usaba sus mejores técnicas y aun así habría que ver si lograba acercarse a su nivel. Después de su ataque, el samurái retrocedió cuatro metros para ganar algo de distancia con Bambú, pero esa distancia no le favorecía en absoluto. —Me toca. —Su puño derecho, ahora también recubierto de haki armadura, empezó a acumular la electricidad nacida de su electro hasta formar una esfera blanca y brillante, como si fuera una luna de energía. —Maximum Luna. —Lo anunció como solía hacerlo años atrás. Una costumbre que se había quitado, pero que volvía de vez en cuando cuando la seriedad de la situación llamaba a su puerta.
Aquel golpe sería decisivo, a no ser que Kisuke tuviera todavía un as bajo la manga. No quería darle tregua, a él mismo no le gustaría. Le atacaría como atacaría a cualquier otro enemigo cuya principal herramienta de combate fuera una espada. Sin más aviso que el nombre de la técnica, Don Bambú se desplazó a toda velocidad hacia delante, acortando los escasos metros que separaban a ambos y lanzó su puño hacia la mano derecha del samurái, aquella que sujetaba a Yamigiri con firmeza. La fuerza del impacto sería tal que no sólo mandaría volando la espada, sino también a Kisuke que terminaría de nuevo en el suelo. Don Bambú no se quedó inmóvil allí donde dio el golpe, sino que empezó a avanzar despacio, caminando, hacia su comandante. Poco a poco acortó la distancia que los separaba a diez metros en total. No demasiada, pero tampoco demasiado poca. Sólo restaba averiguar si el samurái tenía la convicción para levantarse una vez más.
Observó en silencio cómo Kisuke golpeaba la arena por pura frustración y se levantaba lentamente con las espadas empuñadas. Quería vencer, decía. Esa era la actitud que quería de su superior. Esa y no otra. Apretó sus puños, listo para lo que se avecinaba, y sonrió abiertamente emocionado ante su declaración. El haki brillaba en aquellas espadas con una negrura si cabe más intensa de lo habitual. Sus filos negros eran la promesa de una batalla digna de tal nombre. —¡Ahí viene! —Se tensó cuando Kisuke colocó ambas espadas en cruz delante suya y su haki de observación le alertó de su plena intención de golpearle con todo. En sus emociones podía leer una determinación inamovible. No lo interrumpiría en esta ocasión y tampoco lo evitaría apartándose de su camino. Lo recibiría de frente y se enfrentaría a la determinación de su comandante con todo lo que tenía, incluso si eso suponía salir herido en el choque. Cruzando sus brazos de forma parecida a la que Kisuke había cruzado sus espadas, Bambú los imbuyó en su poderoso haki armadura y los interpuso en el trayecto del ataque. Estaba listo para recibir el golpe de su vida. La propia musculatura del panda se convirtió en una pared de acero. Aquella era una de las técnicas de las que estaba más orgulloso, porque no servía para herir a nadie, sino para proteger a aquellos que no podían protegerse por sí mismos. De este modo, Bambú se convertía en la última defensa de los débiles. En el baluarte de los miserables.
Brazos y espadas colisionaron emitiendo infinidad de chispas, como si dos superficies de acero estuvieran rozándose a altas velocidades la una con la otra. La potencia del ataque fue tal que la defensa de Bambú terminó por ceder ante la ofensiva, recibiendo dos feas marcas cortantes, una en cada uno de sus brazos. Si aquel ataque llegaba a darle en el torso... Probablemente habría sido él el que tendría que levantarse del suelo entre estertores. Él no era capaz de lograr tanta potencia si no usaba sus mejores técnicas y aun así habría que ver si lograba acercarse a su nivel. Después de su ataque, el samurái retrocedió cuatro metros para ganar algo de distancia con Bambú, pero esa distancia no le favorecía en absoluto. —Me toca. —Su puño derecho, ahora también recubierto de haki armadura, empezó a acumular la electricidad nacida de su electro hasta formar una esfera blanca y brillante, como si fuera una luna de energía. —Maximum Luna. —Lo anunció como solía hacerlo años atrás. Una costumbre que se había quitado, pero que volvía de vez en cuando cuando la seriedad de la situación llamaba a su puerta.
Aquel golpe sería decisivo, a no ser que Kisuke tuviera todavía un as bajo la manga. No quería darle tregua, a él mismo no le gustaría. Le atacaría como atacaría a cualquier otro enemigo cuya principal herramienta de combate fuera una espada. Sin más aviso que el nombre de la técnica, Don Bambú se desplazó a toda velocidad hacia delante, acortando los escasos metros que separaban a ambos y lanzó su puño hacia la mano derecha del samurái, aquella que sujetaba a Yamigiri con firmeza. La fuerza del impacto sería tal que no sólo mandaría volando la espada, sino también a Kisuke que terminaría de nuevo en el suelo. Don Bambú no se quedó inmóvil allí donde dio el golpe, sino que empezó a avanzar despacio, caminando, hacia su comandante. Poco a poco acortó la distancia que los separaba a diez metros en total. No demasiada, pero tampoco demasiado poca. Sólo restaba averiguar si el samurái tenía la convicción para levantarse una vez más.
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