Kibai Jones y el Néctar del Sol [Fic Recolección]
#2

La antecámara era un espacio de proporciones majestuosas que desafiaban toda expectativa que uno pudiese tener de una estructura subterrámea. Kibai había imaginado una sala abovedada, quizá circular, pero lo que encontró al otro lado de la puerta era una construcción que parecía más un templo en miniatura que una simple antesala. La estancia se abría ante él tenia la forma un octágono perfecto, cada una de sus ocho paredes talladas con relieves que narraban historias de la isla, de batallas ganadas y perdidas y de las peripecias que el pueblo había ido superando. El techo, en lugar de curvarse en una bóveda tradicional, se elevaba en una serie de escalones concéntricos que se estrechaban hacia un punto central, como un ojo de piedra que miraba hacia abajo haciendo las funciones de clave de bóveda. En su centro, suspendido por cadenas de metal oxidado que apenas se distinguían en la penumbra, colgaba un disco de bronce que reflejaba la escasa luz de las antorchas del corredor, proyectando destellos danzantes sobre las paredes.

El suelo, sin embargo, era lo que capturó la atención de Kibai. A partir del primer metro de la entrada, todo el piso estaba compuesto de un patrón de losas hexagonales que encajaban unas con otras como el caparazón de una tortuga gigante.

Justo debajo del disco de bronce, habían construido una especie de pozo de color negro y dorado. Sin embargo, cuando Kibai dio un paso dentro de la antecámara,a quel pozo cobró vida, y un agudo siseo inundó la estancia.

Abriendo los ojos por la sorpresa, Kibai advirtió que loque había tomado por un pozo era una gigantesca cobra, que dormía enroscada sobre si misma. La criatura asomó su cabeza por encima de los anillos de su cuerpo. Los ojos, de un amarillo pálido que carecían de pupila parecían brillar con una luz propia a pesar de la penumbra de la estancia.

El mink se movió con cuidado, analizando aquella aberración. El cuerpo de la serpiente, cubierto de aquellas escamas negras y doradas que él había confundido con mampostería, tan grandes que parecían placas de armadura, era realmente enorme, tan grueso que dos hombres con los brazos extendidos no habrían podido rodearlo.

La cobra no se movió cuando Kibai entró en la antecámara, limitándose a sisear quedamente mientras analizaba a su vez a aquel nuevo intruso. Su lengua bífida, de un negro profundo, se deslizó de entre sus fauces cerradas y olfateó el aire con una lentitud deliberada, registrando la presencia del mink. Kibai sintió que el animal lo estaba evaluando, midiendo su temperatura, su pulso, su olor. Y puede que, seguramente, calculando si podría devorarlo de un solo bocado y cuanto tiempo tendría que echarse la siesta para digerir sus restos.

— No deseo matarte, serpiente. —dijo Kibai. — Pero ambos sabemos que no me vas a dejar pasar y marcharme con lo que he venido a buscar.

La cobra respondió con un silbido grave, profundo, que resonó en el espacio octogonal y rebotó en las paredes talladas, multiplicándose en un eco que parecía venir de todas partes a la vez. A pesar de carecer de palabras, al mink le quedó bastante claro su significado:

“has llegado hasta aquí, pero no pasarás.”

Kibai desenvainó a Raimei. La hoja del arma brillo ante al escasa luz que el disco de bronce refractaba hacia el suelo de la cámara, proyectando un destello que se reflejó en los ojos amarillos de la cobra. El mink adoptó una postura baja, con las piernas flexionadas y el peso bien distribuido entre ambas, manteniendo la hoja de la espada apuntando hacia el suelo en un ángulo que le permitiría atacar o defender con la misma rapidez.

La cobra se movió sin previo aviso, lanzándose hacia el mink con una velocidad que nada tenía que ver con el tamaño de su cuerpo. Su cabeza se proyectó hacia adelante como una bala de cañón disparada desde un acorazado, con las fauces abiertas mostrando unos colmillos largos como cuchillos que goteaban un veneno viscoso y brillante. Kibai saltó hacia un lado, sintiendo el aire desplazado por el cráneo del reptil pasar a centímetros de su rostro. La mandíbula de la cobra chocó contra la pared que tenía a su espalda, y el impacto levantó una nube de polvo y astillas de piedra.

El mink aterrizó sobre una de las losas hexagonales, y sintió cómo la superficie cedía ligeramente bajo su peso. Un sonido similar al de una cuerda tensada sonó a su derecha, y el mink interpuso a Raimei de milagro desviando un dardo que había salido disparado de un aguejro disimulado en la pared. Kibai no tuvo tiempo de analizarlo; la cola de la cobra ya estaba en movimiento, barriendo el suelo en un arco amplio que lo obligó a saltar de nuevo para evitar que le rompiese los huesos.

Esta vez aterrizó sobre otra losa, y el mismo hundimiento se repitió. Ya alerta, escuchó un ruido bajo sus pies y se movió rápidamente a su derecha, observando como grandes espinas de acero surgían de la baldosa. Comprendió entonces que el suelo no era un mero elemento decorativo; era parte de la defensa de la tumba. Cada losa que pisaba podía activar algo, y la cobra, que conocía el terreno, lo estaba usando para llevarlo a zonas peligrosas.

—Eres buena, lo admito. — murmuró entre dientes. — Pero no soy tan fácil de engañar.

La cobra atacó de nuevo, y esta vez Kibai no esquivó por completo. El borde de su mandíbula lo rozó, y un dolor agudo se extendió por su hombro izquierdo. Sintió el pelaje desgarrarse, la piel abrirse, y la sangre caliente empezar a empapar la túnica. El veneno, sin embargo, no entró en su cuerpo; el roce no había sido suficiente para que los colmillos perforaran la carne.

El mink rodó sobre el suelo y se puso en pie, apretando los dientes contra el dolor. La herida no era profunda, pero sangraba lo suficiente para que el olor llegara a la cobra, que ahora sacaba la lengua con mayor frecuencia, olfateando la sangre del mink con renovado interés.

—Vale. — dijo Kibai, apretando los dedos alrededor del pomo de Raimei mientras el Electro volvía a invadir su sistema. — Se acabó el andarse con rodeos.

La cobra se preparó para un nuevo ataque, pero esta vez el mink fue más rápido. En lugar de esperar, cargó directamente hacia la plataforma, corriendo en zigzag entre las losas, evitando las que parecían más inestables. La cobra lanzó su cabeza hacia él, y Kibai, en lugar de esquivar, se dejó caer al suelo, deslizándose bajo el ataque.

Desde allí, boca arriba, asestó un golpe ascendente con Raimei. La hoja encontró la garganta de la cobra, la zona más vulnerable, donde las escamas eran más finas y la piel más blanda. Sintió cómo la punta penetraba, cómo la carne cedía, y el calor de la sangre del reptil cayó sobre su rostro y su túnica.

La cobra lanzó un silbido de agonía que resonó en todo el octágono, haciendo vibrar las cadenas del disco de bronce y sacudiendo el polvo de las paredes. Su cuerpo se retorció en espasmos violentos, golpeando la plataforma y el suelo con una fuerza que astillaba las losas y hacía temblar la estancia entera. Multitud de dardos salieron disparados de las paredes a medida que varias trampas bajo el suelo eran activadas en el estertor de aquella bestia. Kibai rodó hacia un lado, buscando refugio junto a una de las paredes talladas, y observó cómo la criatura se debatía en sus últimos momentos.

El rugido de la cobra se fue apagando gradualmente, convirtiéndose en un silbido débil, en un gorgoteo, hasta que finalmente el cuerpo del reptil cayó de lado y se quedó inmóvil. La sangre, oscura y espesa, se extendió por la plataforma y comenzó a filtrarse entre las juntas de las losas. Kibai se quedó donde estaba, apoyado contra la pared, respirando con dificultad. Su hombro sangraba, pero la herida era superficial. El verdadero daño era el cansancio: dos días de travesía por el desierto, la falta de sueño y todo el periplo en el interior de la cámara. Se permitió unos segundos para recuperar el aliento, y luego se levantó, apoyándose en Raimei como si la espada fuera un bastón.

Cruzó la sala con paso lento, evitando los charcos de sangre y las losas que parecían más hundidas. Al otro lado del octágono, una localizó una pared totalmente plana, sin ningún tipo de símbolos ni mecanismos visibles. Solo una losa que se deslizó hacia un lado al tocarla, revelando el interior de la Cámara del Sol.


La cámara del tesoro no era grande, pero su tamaño no era lo que importaba. Una sala de planta rectangular, de unos ocho metros de largo por cinco de ancho, con un techo tan bajo que Kibai podía tocarlo con la punta de los dedos si estiraba el brazo. Las paredes, a diferencia de las de la antecámara, carecían de relieves o inscripciones. Lisas y pulidas, estaban cubiertas por una capa de estuco que había resistido el paso de los siglos con una integridad casi milagrosa. Pero lo que las hacía extraordinarias era el color: un azul profundo, tan intenso que parecía absorber la luz, salpicado de pequeños puntos dorados que brillaban como estrellas en un cielo nocturno. Un firmamento artificial que un artista había decidido esconder a tantos metros bajo tierra era sin duda una elección de decoración muy particular.

En el centro de la sala, elevado sobre una plataforma de tres escalones de piedra caliza, descansaba un arca de piedra, uuna estructura monumental de granito negro, tallada con formas onduladas y rodeada de una miríada de símbolos que Kibai no supo averiguar el significado La tapa, que reproducía un rostro humano que miraba hacia el cielo pintado con una expresión de gran serenidad, estaba cubierta por una capa de polvo que se agitó levemente cuando el mink se acercó.

Con cuidado de no dejar caer la losa para evitar que algo tan antiguo se dañase, Kibai empujó el borde con suavidad, deslizando la piedra hacia un lado para abrir el arca y revelar lo que atesoraba en su interior.

Una vasija de piedra, de forma ovalada, tan grande que habría necesitado dos hombres para moverla yacía dentro del arca, acolchada entre telas de seda. Su superficie era de un alabastro traslúcido, veteado con tonalidades que iban del blanco lechoso al ámbar, y estaba coronada por un sello de cera que aún conservaba la impronta original, revelando que nadie lo había roto en siglos.

Kibai dejó la los ade piedra apoyada en el suelo y se acercó lentamente al arca ahora abierta, con cada paso de sus pies descalzos resonando con un suave eco en el silencio de la cámara. Se detuvo frente a la vasija, y sus dedos temblaron ligeramente al rozar la superficie del alabastro. La cera del sello crujió cuando la tocó. Durante siglos, aquella ofrenda había permanecido intacta, esperando a alguien que fuera lo suficientemente audaz, o lo suficientemente loco, para venir a buscarla. Y ahora, aquel alguien había resultado ser él.

Tensando los músculos por el esfuerzo, Kibai incorporó al vasija, asentádnola sobe su base. Con un movimiento cuidadoso, como quien desenvuelve un objeto de valor incalculable, empleó una de sus garras para romper el sello. La cera se astilló y cayó al suelo en pequeños fragmentos, y la tapa de la vasija, que no estaba fijada, se levantó con un suave rechinar sin mayor resistencia.

El aroma que emergió del interior fue abrumador. Kibai, a pesar de que había probado la miel de sangre en Little Garden y otras cuantas sustancias primigenias en la isla, no había olido nunca nada como aquello. La sustancia que había en aquella vasija era de un color dorado profundo, aún líquida a pesar del tiempo que llevaba allí almacenada,lo cual fue algo que hizo que el mink enarcase las cejas. La mail era famosa por nunca estropearse,s i, pero se solidificaba si pasaba demasiado tiempo en un recipiente, y era necesario calentarla para volver a  su estado original. Aquella miel, sin embargo, parecía tan fresca como el primer día. Un poco dubitativo al principio, pero sin detenerse. el mink alargó una garra y la introdujo en la superficie dorada, extrayéndolo con una brillante gota adherida a su superficie. COn una leve sonrisa, Kibai se llevó el dedo a los labios.

El sabor era indescriptible, profundo e intenso, más que cualquier otra miel que el mink hubiese probado nunca. Aquel líquido inundó todo su paladar, deslizándose por su garganta casi como si quemase, a la vez que el mink notaba como devolvía la fuerza a sus músculos cansados por el viaje, el combate y el uso continuado del Electro. Fuese lo que fuese aquella miel en realidad,sin duda era lo suficientemente potente como para solventar las necesidades de la División 60 durante un tiempo al menos.

La cantidad que había dentro de la vasija de alabastro era abundante, suficiente para llenar varios odres si los hubiera tenido. Pero no los tenía. Durante un instante, Kibai se maldijo por su falta de previsión. Luego, una idea se formó en su mente. La vasija no era tan grande como para resultar imposible de transportar. Pesada, sí, pero no insoportable. Abrazando la vasija y apretando los dientes por el esfuerzo, el mink alzó el pesado recipiente a pulso, y se dispuso a emprender el camino de regreso hasta la entrada principal.

La noche se había cerrado sobre el desierto, pero la luna creciente brillaba con claridad, iluminando las dunas con un resplandor plateado. Kibai salió de la Cámara del Sol y se dejó caer de rodillas en la arena, con la vasija aún abrazada contra su pecho. El aire nocturno, frío y seco, le golpeó el rostro como una bofetada, pero era tan revitalizante tras pasar tanto tiempo metido bajo tierra con aquel miasma viciado por tantos años de abandono que el mink aspiro a bocanadas, deleitándose en el mero acto de la respiración.

El camello lo observaba con su mirada impasible, masticando algo que había encontrado entre las rocas. Kibai esbozó una sonrisa cansada, y se puso en pie con esfuerzo. La vasija era demasiado pesada para llevarla sobre el lomo del camello sin asegurarla adecuadamente, pero decidió apoyarla contra el costado de la bestia, y la sujetó con las cuerdas que llevaba en la bolsa. Kibai montó de un salto, sintiendo el peso de la vasija contra su pierna, y tiró de las riendas para poner a su montura en marcha.

Mientras emprendía el camino de vuelta a Alubarna para entregar los documentos prestados de vuelta al anciano Basim (y seguramente dejarle una muestra de la miel si el viejo archivista la aceptaba), Kibai echó la cabeza atrás, observando el cielo estrellado, permitiéndose al fin un momento de relajación. Había logrado su objetivo, y tenía algo sin dudas valioso entre manos. Ahora tocaba decidir que hacer con él.


La antecámara era un espacio de proporciones majestuosas que desafiaban toda expectativa que uno pudiese tener de una estructura subterrámea. Kibai había imaginado una sala abovedada, quizá circular, pero lo que encontró al otro lado de la puerta era una construcción que parecía más un templo en miniatura que una simple antesala. La estancia se abría ante él tenia la forma un octágono perfecto, cada una de sus ocho paredes talladas con relieves que narraban historias de la isla, de batallas ganadas y perdidas y de las peripecias que el pueblo había ido superando. El techo, en lugar de curvarse en una bóveda tradicional, se elevaba en una serie de escalones concéntricos que se estrechaban hacia un punto central, como un ojo de piedra que miraba hacia abajo haciendo las funciones de clave de bóveda. En su centro, suspendido por cadenas de metal oxidado que apenas se distinguían en la penumbra, colgaba un disco de bronce que reflejaba la escasa luz de las antorchas del corredor, proyectando destellos danzantes sobre las paredes.

El suelo, sin embargo, era lo que capturó la atención de Kibai. A partir del primer metro de la entrada, todo el piso estaba compuesto de un patrón de losas hexagonales que encajaban unas con otras como el caparazón de una tortuga gigante.

Justo debajo del disco de bronce, habían construido una especie de pozo de color negro y dorado. Sin embargo, cuando Kibai dio un paso dentro de la antecámara,a quel pozo cobró vida, y un agudo siseo inundó la estancia.

Abriendo los ojos por la sorpresa, Kibai advirtió que loque había tomado por un pozo era una gigantesca cobra, que dormía enroscada sobre si misma. La criatura asomó su cabeza por encima de los anillos de su cuerpo. Los ojos, de un amarillo pálido que carecían de pupila parecían brillar con una luz propia a pesar de la penumbra de la estancia.

El mink se movió con cuidado, analizando aquella aberración. El cuerpo de la serpiente, cubierto de aquellas escamas negras y doradas que él había confundido con mampostería, tan grandes que parecían placas de armadura, era realmente enorme, tan grueso que dos hombres con los brazos extendidos no habrían podido rodearlo.

La cobra no se movió cuando Kibai entró en la antecámara, limitándose a sisear quedamente mientras analizaba a su vez a aquel nuevo intruso. Su lengua bífida, de un negro profundo, se deslizó de entre sus fauces cerradas y olfateó el aire con una lentitud deliberada, registrando la presencia del mink. Kibai sintió que el animal lo estaba evaluando, midiendo su temperatura, su pulso, su olor. Y puede que, seguramente, calculando si podría devorarlo de un solo bocado y cuanto tiempo tendría que echarse la siesta para digerir sus restos.

— No deseo matarte, serpiente. —dijo Kibai. — Pero ambos sabemos que no me vas a dejar pasar y marcharme con lo que he venido a buscar.

La cobra respondió con un silbido grave, profundo, que resonó en el espacio octogonal y rebotó en las paredes talladas, multiplicándose en un eco que parecía venir de todas partes a la vez. A pesar de carecer de palabras, al mink le quedó bastante claro su significado:

“has llegado hasta aquí, pero no pasarás.”

Kibai desenvainó a Raimei. La hoja del arma brillo ante al escasa luz que el disco de bronce refractaba hacia el suelo de la cámara, proyectando un destello que se reflejó en los ojos amarillos de la cobra. El mink adoptó una postura baja, con las piernas flexionadas y el peso bien distribuido entre ambas, manteniendo la hoja de la espada apuntando hacia el suelo en un ángulo que le permitiría atacar o defender con la misma rapidez.

La cobra se movió sin previo aviso, lanzándose hacia el mink con una velocidad que nada tenía que ver con el tamaño de su cuerpo. Su cabeza se proyectó hacia adelante como una bala de cañón disparada desde un acorazado, con las fauces abiertas mostrando unos colmillos largos como cuchillos que goteaban un veneno viscoso y brillante. Kibai saltó hacia un lado, sintiendo el aire desplazado por el cráneo del reptil pasar a centímetros de su rostro. La mandíbula de la cobra chocó contra la pared que tenía a su espalda, y el impacto levantó una nube de polvo y astillas de piedra.

El mink aterrizó sobre una de las losas hexagonales, y sintió cómo la superficie cedía ligeramente bajo su peso. Un sonido similar al de una cuerda tensada sonó a su derecha, y el mink interpuso a Raimei de milagro desviando un dardo que había salido disparado de un aguejro disimulado en la pared. Kibai no tuvo tiempo de analizarlo; la cola de la cobra ya estaba en movimiento, barriendo el suelo en un arco amplio que lo obligó a saltar de nuevo para evitar que le rompiese los huesos.

Esta vez aterrizó sobre otra losa, y el mismo hundimiento se repitió. Ya alerta, escuchó un ruido bajo sus pies y se movió rápidamente a su derecha, observando como grandes espinas de acero surgían de la baldosa. Comprendió entonces que el suelo no era un mero elemento decorativo; era parte de la defensa de la tumba. Cada losa que pisaba podía activar algo, y la cobra, que conocía el terreno, lo estaba usando para llevarlo a zonas peligrosas.

—Eres buena, lo admito. — murmuró entre dientes. — Pero no soy tan fácil de engañar.

La cobra atacó de nuevo, y esta vez Kibai no esquivó por completo. El borde de su mandíbula lo rozó, y un dolor agudo se extendió por su hombro izquierdo. Sintió el pelaje desgarrarse, la piel abrirse, y la sangre caliente empezar a empapar la túnica. El veneno, sin embargo, no entró en su cuerpo; el roce no había sido suficiente para que los colmillos perforaran la carne.

El mink rodó sobre el suelo y se puso en pie, apretando los dientes contra el dolor. La herida no era profunda, pero sangraba lo suficiente para que el olor llegara a la cobra, que ahora sacaba la lengua con mayor frecuencia, olfateando la sangre del mink con renovado interés.

—Vale. — dijo Kibai, apretando los dedos alrededor del pomo de Raimei mientras el Electro volvía a invadir su sistema. — Se acabó el andarse con rodeos.

La cobra se preparó para un nuevo ataque, pero esta vez el mink fue más rápido. En lugar de esperar, cargó directamente hacia la plataforma, corriendo en zigzag entre las losas, evitando las que parecían más inestables. La cobra lanzó su cabeza hacia él, y Kibai, en lugar de esquivar, se dejó caer al suelo, deslizándose bajo el ataque.

Desde allí, boca arriba, asestó un golpe ascendente con Raimei. La hoja encontró la garganta de la cobra, la zona más vulnerable, donde las escamas eran más finas y la piel más blanda. Sintió cómo la punta penetraba, cómo la carne cedía, y el calor de la sangre del reptil cayó sobre su rostro y su túnica.

La cobra lanzó un silbido de agonía que resonó en todo el octágono, haciendo vibrar las cadenas del disco de bronce y sacudiendo el polvo de las paredes. Su cuerpo se retorció en espasmos violentos, golpeando la plataforma y el suelo con una fuerza que astillaba las losas y hacía temblar la estancia entera. Multitud de dardos salieron disparados de las paredes a medida que varias trampas bajo el suelo eran activadas en el estertor de aquella bestia. Kibai rodó hacia un lado, buscando refugio junto a una de las paredes talladas, y observó cómo la criatura se debatía en sus últimos momentos.

El rugido de la cobra se fue apagando gradualmente, convirtiéndose en un silbido débil, en un gorgoteo, hasta que finalmente el cuerpo del reptil cayó de lado y se quedó inmóvil. La sangre, oscura y espesa, se extendió por la plataforma y comenzó a filtrarse entre las juntas de las losas. Kibai se quedó donde estaba, apoyado contra la pared, respirando con dificultad. Su hombro sangraba, pero la herida era superficial. El verdadero daño era el cansancio: dos días de travesía por el desierto, la falta de sueño y todo el periplo en el interior de la cámara. Se permitió unos segundos para recuperar el aliento, y luego se levantó, apoyándose en Raimei como si la espada fuera un bastón.

Cruzó la sala con paso lento, evitando los charcos de sangre y las losas que parecían más hundidas. Al otro lado del octágono, una localizó una pared totalmente plana, sin ningún tipo de símbolos ni mecanismos visibles. Solo una losa que se deslizó hacia un lado al tocarla, revelando el interior de la Cámara del Sol.



La cámara del tesoro no era grande, pero su tamaño no era lo que importaba. Una sala de planta rectangular, de unos ocho metros de largo por cinco de ancho, con un techo tan bajo que Kibai podía tocarlo con la punta de los dedos si estiraba el brazo. Las paredes, a diferencia de las de la antecámara, carecían de relieves o inscripciones. Lisas y pulidas, estaban cubiertas por una capa de estuco que había resistido el paso de los siglos con una integridad casi milagrosa. Pero lo que las hacía extraordinarias era el color: un azul profundo, tan intenso que parecía absorber la luz, salpicado de pequeños puntos dorados que brillaban como estrellas en un cielo nocturno. Un firmamento artificial que un artista había decidido esconder a tantos metros bajo tierra era sin duda una elección de decoración muy particular.

En el centro de la sala, elevado sobre una plataforma de tres escalones de piedra caliza, descansaba un arca de piedra, uuna estructura monumental de granito negro, tallada con formas onduladas y rodeada de una miríada de símbolos que Kibai no supo averiguar el significado La tapa, que reproducía un rostro humano que miraba hacia el cielo pintado con una expresión de gran serenidad, estaba cubierta por una capa de polvo que se agitó levemente cuando el mink se acercó.

Con cuidado de no dejar caer la losa para evitar que algo tan antiguo se dañase, Kibai empujó el borde con suavidad, deslizando la piedra hacia un lado para abrir el arca y revelar lo que atesoraba en su interior.

Una vasija de piedra, de forma ovalada, tan grande que habría necesitado dos hombres para moverla yacía dentro del arca, acolchada entre telas de seda. Su superficie era de un alabastro traslúcido, veteado con tonalidades que iban del blanco lechoso al ámbar, y estaba coronada por un sello de cera que aún conservaba la impronta original, revelando que nadie lo había roto en siglos.

Kibai dejó la los ade piedra apoyada en el suelo y se acercó lentamente al arca ahora abierta, con cada paso de sus pies descalzos resonando con un suave eco en el silencio de la cámara. Se detuvo frente a la vasija, y sus dedos temblaron ligeramente al rozar la superficie del alabastro. La cera del sello crujió cuando la tocó. Durante siglos, aquella ofrenda había permanecido intacta, esperando a alguien que fuera lo suficientemente audaz, o lo suficientemente loco, para venir a buscarla. Y ahora, aquel alguien había resultado ser él.

Tensando los músculos por el esfuerzo, Kibai incorporó al vasija, asentádnola sobe su base. Con un movimiento cuidadoso, como quien desenvuelve un objeto de valor incalculable, empleó una de sus garras para romper el sello. La cera se astilló y cayó al suelo en pequeños fragmentos, y la tapa de la vasija, que no estaba fijada, se levantó con un suave rechinar sin mayor resistencia.

El aroma que emergió del interior fue abrumador. Kibai, a pesar de que había probado la miel de sangre en Little Garden y otras cuantas sustancias primigenias en la isla, no había olido nunca nada como aquello. La sustancia que había en aquella vasija era de un color dorado profundo, aún líquida a pesar del tiempo que llevaba allí almacenada,lo cual fue algo que hizo que el mink enarcase las cejas. La mail era famosa por nunca estropearse,s i, pero se solidificaba si pasaba demasiado tiempo en un recipiente, y era necesario calentarla para volver a  su estado original. Aquella miel, sin embargo, parecía tan fresca como el primer día. Un poco dubitativo al principio, pero sin detenerse. el mink alargó una garra y la introdujo en la superficie dorada, extrayéndolo con una brillante gota adherida a su superficie. COn una leve sonrisa, Kibai se llevó el dedo a los labios.

El sabor era indescriptible, profundo e intenso, más que cualquier otra miel que el mink hubiese probado nunca. Aquel líquido inundó todo su paladar, deslizándose por su garganta casi como si quemase, a la vez que el mink notaba como devolvía la fuerza a sus músculos cansados por el viaje, el combate y el uso continuado del Electro. Fuese lo que fuese aquella miel en realidad,sin duda era lo suficientemente potente como para solventar las necesidades de la División 60 durante un tiempo al menos.

La cantidad que había dentro de la vasija de alabastro era abundante, suficiente para llenar varios odres si los hubiera tenido. Pero no los tenía. Durante un instante, Kibai se maldijo por su falta de previsión. Luego, una idea se formó en su mente. La vasija no era tan grande como para resultar imposible de transportar. Pesada, sí, pero no insoportable. Abrazando la vasija y apretando los dientes por el esfuerzo, el mink alzó el pesado recipiente a pulso, y se dispuso a emprender el camino de regreso hasta la entrada principal.

La noche se había cerrado sobre el desierto, pero la luna creciente brillaba con claridad, iluminando las dunas con un resplandor plateado. Kibai salió de la Cámara del Sol y se dejó caer de rodillas en la arena, con la vasija aún abrazada contra su pecho. El aire nocturno, frío y seco, le golpeó el rostro como una bofetada, pero era tan revitalizante tras pasar tanto tiempo metido bajo tierra con aquel miasma viciado por tantos años de abandono que el mink aspiro a bocanadas, deleitándose en el mero acto de la respiración.

El camello lo observaba con su mirada impasible, masticando algo que había encontrado entre las rocas. Kibai esbozó una sonrisa cansada, y se puso en pie con esfuerzo. La vasija era demasiado pesada para llevarla sobre el lomo del camello sin asegurarla adecuadamente, pero decidió apoyarla contra el costado de la bestia, y la sujetó con las cuerdas que llevaba en la bolsa. Kibai montó de un salto, sintiendo el peso de la vasija contra su pierna, y tiró de las riendas para poner a su montura en marcha.

Mientras emprendía el camino de vuelta a Alubarna para entregar los documentos prestados de vuelta al anciano Basim (y seguramente dejarle una muestra de la miel si el viejo archivista la aceptaba), Kibai echó la cabeza atrás, observando el cielo estrellado, permitiéndose al fin un momento de relajación. Había logrado su objetivo, y tenía algo sin dudas valioso entre manos. Ahora tocaba decidir que hacer con él.
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RE: Kibai Jones y el Néctar del Sol [Fic Recolección] - por Kibai - 01-07-2026, 08:58 PM

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