31-07-2026, 11:26 AM
La presencia de Kisuke estaba cada vez más cercana, sin embargo nunca llegó a escuchar sus pasos a través del eco de las cuevas. Quizás sus oídos no estuvieran lo suficientemente entrenados o tal vez su comandante hubiera desarrollado un sigilo superior en este tiempo que llevaban entrenando a las nuevas promesas de la Revolución. Cerró un momento los ojos cuando sintió un susurro cerca de su oído izquierdo. Era la voz de Kisuke que le hablaba y le informaba de que estaba convertido en hollín. Con razón no podía escucharle, claro. Abrió los ojos y volvió a centrar su mirada en el cada vez más aterrorizado hombre candelabro. Su expresión era un cuadro de emociones cristalinas. Tenía los ojos abiertos como platos y estaba mirando la entrada a la cueva con absoluto horror. Sin duda ya se habría fijado en la masa informe de hollín que se aproximaba y que se fundía con las sombras provenientes de la cueva. Estaba claro que todo lo que habían hecho los revolucionarios por asustar a aquel sujeto había funcionado. No tanto por el terror que podían sentir en su aura a través del haki de observación, sino por el hecho de que había empezado a mearse encima, lo que propició que Bambú diera un par de pasos hacia atrás como medida de... seguridad. No quería tener que pisar el orín de nadie si no era estrictamente necesario. Y aunque lo fuera, tampoco querría.
El pobre hombre se cayó de rodillas sobre el propio charco de su meado y empezó a hiperventilar mientras constataba que Bambú y Kisuke seguían existiendo. Pidió un tiempo muerto y el panda se lo concedió por pura lástima, aunque su comandante había sido claro: no más de cinco minutos para la diplomacia. Contó los segundos mentalmente mientras Jean Paul Glotier se recomponía del ataque de ansiedad y confesaba su nombre y que él se trataba de un simple trabajador. ¿Otra víctima de todo este asunto? Fuera como fuese, aquel hombre estaba completamente roto y sólo necesitaba un empujón más para sonsacarle todo lo que sabía. El terror ya había funcionado y no tenía sentido seguir atemorizando al hombre candelabro hasta provocarle un ataque al corazón. Ahora que sus defensas estaban rotas, el último ataque debía ser una gentil mano que se presenta ante el desdichado para ofrecerle la salvación que tanto necesita. —Está claro que eres otra víctima más de lo que sea en lo que nos hemos metido todos nosotros, Jean Paul. —Tuvo el impulso de agacharse para quedarse a la altura del pobre diablo disfrazado de candelabro que tenía delante, pero se contuvo para no acercarse más de la cuenta al penetrante olor que emanaba del charco bajo sus pies. —Escucha, el comandante nos ha dado cinco minutos para la diplomacia y ya han pasado cuatro. —Confesó Bambú, que llevaba la cuenta mental del tiempo que estaba transcurriendo. Ni siquiera se molestó en explicar cómo se lo habían comunicado. —Estoy seguro de que eres una buena persona involucrada en un asunto desagradable y que te han ofrecido algo que necesitabas desesperadamente a cambio de lo que sea que estés haciendo. —Y ahí estaba, una metafórica ventana de huida y salvación para el muchacho y que Bambú desearía que fuera real para poder ventilar aquella estancia un poco. —Pero hemos de rescatar a una muchacha y resolver este asunto para garantizar la seguridad de la República y de todos sus ciudadanos, tú incluido Jean Paul. Así que por favor, cuando el comandante haga acto de presencia confiesa absolutamente todo lo que sabes de este asunto y déjanos hacer todo lo posible para que esto no vuelva a suceder. —Y con aquellas palabras los cinco minutos habían transcurrido. La aparición de Kisuke debía de ser inminente.
El pobre hombre se cayó de rodillas sobre el propio charco de su meado y empezó a hiperventilar mientras constataba que Bambú y Kisuke seguían existiendo. Pidió un tiempo muerto y el panda se lo concedió por pura lástima, aunque su comandante había sido claro: no más de cinco minutos para la diplomacia. Contó los segundos mentalmente mientras Jean Paul Glotier se recomponía del ataque de ansiedad y confesaba su nombre y que él se trataba de un simple trabajador. ¿Otra víctima de todo este asunto? Fuera como fuese, aquel hombre estaba completamente roto y sólo necesitaba un empujón más para sonsacarle todo lo que sabía. El terror ya había funcionado y no tenía sentido seguir atemorizando al hombre candelabro hasta provocarle un ataque al corazón. Ahora que sus defensas estaban rotas, el último ataque debía ser una gentil mano que se presenta ante el desdichado para ofrecerle la salvación que tanto necesita. —Está claro que eres otra víctima más de lo que sea en lo que nos hemos metido todos nosotros, Jean Paul. —Tuvo el impulso de agacharse para quedarse a la altura del pobre diablo disfrazado de candelabro que tenía delante, pero se contuvo para no acercarse más de la cuenta al penetrante olor que emanaba del charco bajo sus pies. —Escucha, el comandante nos ha dado cinco minutos para la diplomacia y ya han pasado cuatro. —Confesó Bambú, que llevaba la cuenta mental del tiempo que estaba transcurriendo. Ni siquiera se molestó en explicar cómo se lo habían comunicado. —Estoy seguro de que eres una buena persona involucrada en un asunto desagradable y que te han ofrecido algo que necesitabas desesperadamente a cambio de lo que sea que estés haciendo. —Y ahí estaba, una metafórica ventana de huida y salvación para el muchacho y que Bambú desearía que fuera real para poder ventilar aquella estancia un poco. —Pero hemos de rescatar a una muchacha y resolver este asunto para garantizar la seguridad de la República y de todos sus ciudadanos, tú incluido Jean Paul. Así que por favor, cuando el comandante haga acto de presencia confiesa absolutamente todo lo que sabes de este asunto y déjanos hacer todo lo posible para que esto no vuelva a suceder. —Y con aquellas palabras los cinco minutos habían transcurrido. La aparición de Kisuke debía de ser inminente.
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