11-08-2026, 06:15 PM
Kisuke tuvo la pericia de probar con la contraseña que les había revelado Jean Paul durante su interrogatorio, a ver si con esas el hombre candado podía ayudarles a abrir la puerta y se ahorraban algún que otro disgusto en el proceso, pero rápidamente perdió la paciencia y desenvainó a Yamigiri para intentar facilitar las relaciones diplomáticas. Si no fluía la conversación, fluiría la sangre, y esto era algo que el bueno de Adolf debía tener muy claro. Con una sonrisa forzada y un nerviosismo evidente para la percepción extrasensorial de Bambú, el hombre candado dijo que esa contraseña no funcionaría con ellos y se presentó como Adolf Vorhängeschloss, es decir, Adolfo Candado en la lengua regional. Su destino parecía escrito desde el mismo momento de su nacimiento, aunque quizás lo hubieran puesto de portero por esta misma circunstancia. Al parecer llegó a Mogaro cuando todavía era un reino y debió ser entonces o poco después cuando lo reclutaron para lo que sea que se haga en este castillo. Pidió permiso para coger un cigarrillo y Bambú se lo concedió, aunque siguió de cerca sus movimientos con la mirada para no toparse con sorpresas desagradables. Conocía la marca de tabaco que sacó y evitó hacer gesto alguno de desagrado al respecto, ya que era tabaco negro. Es decir, un tipo de tabaco por cuya fermentación es propenso a estar contaminado con los hongos del capitalismo. No existe peor sabor para la boca ni peor inquilino en un bolsillo derecho, el único bolsillo al que puede pertenecer un veneno de tal calibre.
Adolfo lo fumaba como quien bebía agua después de una larga tarde de verano y les agradecía el no haber matado a Jean. Al parecer el señor del castillo parecía estar relacionado con el antiguo monarca de Mogaro. No era poco habitual que los nobles tuvieran protegidos en varios lugares. Si acaso lo sorprendente hubiera sido que no existiera alguien como el león de aquel castillo. Si Bambú había entendido bien la historia, el único verdaderamente culpable a parte del león era DonDinDin, que parecía disfrutar de servir a su amo y hacía todo por complacerle sin importar la moral. El resto parecían trabajadores, seguramente traumatizados desde el primer momento, que no se iban por puro miedo. Por último, aunque seguía negándose a abrirles la puerta, les reveló dónde se encontraban las chicas, que debían tener cuidado con DonDinDin, con su látigo y con la horda de cuchillos. Adolfo extendió sus manos como buscando que lo esposaran, a lo que Bambú iba a negar porque tampoco es que llevase esposas como si fuera un madero marinero, pero antes siquiera de hacer algún comentario jocoso al respecto, su haki de observación le alertó de una presencia en la boca del túnel que había dejado a lo largo de su viaje. Se trataba de Jean Paul que se había despertado y había llegado y estaba gritando como un loco para alertar a todos de la llegada de los Toros Negros. —Maldito seas Jean Paul, podías haberte ido sin más. —Aquella cobardía jamás se la perdonaría. La aparición del candelabro distrajo su atención de Adolf Vorhängeschloss, que de uno de sus bolsillos extrajo una pistola y se voló los sesos sin contemplaciones ante las posibles consecuencias de sus actos. —¿Tanto miedo le tienen a ese puto león de los coj...? —Un rugido ensordeció las últimas palabras de Bambú y la presencia de un poderosísimo enemigo hizo acto de presencia en su radar. Le sorprendía no haberla sentido antes junto a la vorágine de presencias pálidas que estaban empezando a moverse por el castillo.
Mientras las tropas parecían organizarse, Bambú decidió aprovechar el tiempo y castigar la traición de Jean Paul con la máxima severidad, porque no sólo había dado la alarma, sino que además había empezado a correr hacia el dúo revolucionario con plenas intenciones hostiles. —Si tantas ganas tienes de morir te concederé esta gracia. —Podía seguir sus movimientos sin necesidad de emplear su haki de observación de mayor nivel, de modo que flexionó sus piernas y empezó a correr hacia delante, pasando por un lateral de Kisuke, hacia la posición de Jean Paul. Don Bambú era por lo menos tres veces más rápido que él, incluso aunque le costase arrancar en los primeros instantes de un entrenamiento, de modo que cuando el candelabro llegó a recorrer 10 metros hacia delante, el panda ya había recorrido 30 y estaba justo delante de él con el brazo izquierdo levantado y su puño recubierto de una gruesa capa de armadura espiritual. Con una úrsida furia que ya ha abandonado toda diplomacia, Bambú hundió su puño en el rostro de Jean Paul y le concedió el descanso que con tanto ahínco buscaba. Su cabeza reventó por la fuerza del impacto y su mano se tiño de rojo sobre negro, los colores de su bandera, que junto a la modesta presencia del dorado anunciaban el final de los enemigos de la Revolución.
Unas palabras llegaron a los oídos de Bambú al tiempo que las fuerzas del castillo empezaban a aglomerarse en su entrada. Kisuke le dejaba lidiar con el asunto de las tropas del castillo mientras él acometía la tarea más peligrosa: enfrentarse al lugarteniente del león y tal vez a este último también. —A sus órdenes, comandante. —Contestó al tiempo que volvía a flexionar sus piernas, esta vez el doble que cuando empezó a correr y se impulsó con un poderosísimo salto de treinta metros hacia su posición original, teniendo cuidado de no pisar el cadáver del pobre Adolf. Las puertas se abrieron finalmente y Bambú hizo contacto visual con el señor del castillo, que chasqueó su mano derecha y le señaló, ordenando a su horda de cuchillos atacarle. Lamentablemente, Bambú no consideró que las tropas del castillo fueran a ser tan veloces como para atacarle sin que él pudiera reaccionar, de modo que no activó su haki de observación de mayor nivel en previsión y pagó las consecuencias con su cuerpo. Centenas de hombres vestidos de cuchillo se abalanzaron sobre el mink panda y empezaron a acuchillarle por todo el cuerpo, fundamentalmente las piernas que es a donde solían llegar los humanos normales. A pesar del dolor de las heridas, Bambú fue quién de echar sus brazos hacia atrás mientras flexionaba su torso hacia delante y una vez tuvo a toda la horda rodeándole, empezó a golpear el suelo mientras gritaba furioso. —¡APARTAOS! —El suelo empezó a agitarse violentamente bajo sus pies, como si una centena de martillos neumáticos estuvieran golpeando los pies de todos los cuchillos desde el suelo. La brutalidad de aquella técnica se llevaría por delante a la mayoría de soldados de un golpe, pero sin duda todavía quedarían los más resilientes para contarlo, de modo que Bambú avanzó otros diez metros hacia delante, adentrándose en el castillo, y girándose para encarar la puerta desde su interior. Delante de él, los remanentes de la horda intentaban recuperarse del primer ataque del panda, pero este no les daría tregua alguna. Con la misma fuerza que había empleado con su primera técnica, Max golpeó el suelo frente sus pies y lo deformó con los poderes de su fruta, generando una ola enorme de pavimento que se elevaría una altura de seis metros y abarcaría una anchura de ocho, llevándose por delante el resto de cuchillos y rematando las fuerzas de defensa del castillo. —Ya no deberían quedar soldados, comandante. —Informó mientras reducía su haki de observación básico hasta los cincuenta metros de radio y activaba el medio hasta los 15.
Adolfo lo fumaba como quien bebía agua después de una larga tarde de verano y les agradecía el no haber matado a Jean. Al parecer el señor del castillo parecía estar relacionado con el antiguo monarca de Mogaro. No era poco habitual que los nobles tuvieran protegidos en varios lugares. Si acaso lo sorprendente hubiera sido que no existiera alguien como el león de aquel castillo. Si Bambú había entendido bien la historia, el único verdaderamente culpable a parte del león era DonDinDin, que parecía disfrutar de servir a su amo y hacía todo por complacerle sin importar la moral. El resto parecían trabajadores, seguramente traumatizados desde el primer momento, que no se iban por puro miedo. Por último, aunque seguía negándose a abrirles la puerta, les reveló dónde se encontraban las chicas, que debían tener cuidado con DonDinDin, con su látigo y con la horda de cuchillos. Adolfo extendió sus manos como buscando que lo esposaran, a lo que Bambú iba a negar porque tampoco es que llevase esposas como si fuera un madero marinero, pero antes siquiera de hacer algún comentario jocoso al respecto, su haki de observación le alertó de una presencia en la boca del túnel que había dejado a lo largo de su viaje. Se trataba de Jean Paul que se había despertado y había llegado y estaba gritando como un loco para alertar a todos de la llegada de los Toros Negros. —Maldito seas Jean Paul, podías haberte ido sin más. —Aquella cobardía jamás se la perdonaría. La aparición del candelabro distrajo su atención de Adolf Vorhängeschloss, que de uno de sus bolsillos extrajo una pistola y se voló los sesos sin contemplaciones ante las posibles consecuencias de sus actos. —¿Tanto miedo le tienen a ese puto león de los coj...? —Un rugido ensordeció las últimas palabras de Bambú y la presencia de un poderosísimo enemigo hizo acto de presencia en su radar. Le sorprendía no haberla sentido antes junto a la vorágine de presencias pálidas que estaban empezando a moverse por el castillo.
Mientras las tropas parecían organizarse, Bambú decidió aprovechar el tiempo y castigar la traición de Jean Paul con la máxima severidad, porque no sólo había dado la alarma, sino que además había empezado a correr hacia el dúo revolucionario con plenas intenciones hostiles. —Si tantas ganas tienes de morir te concederé esta gracia. —Podía seguir sus movimientos sin necesidad de emplear su haki de observación de mayor nivel, de modo que flexionó sus piernas y empezó a correr hacia delante, pasando por un lateral de Kisuke, hacia la posición de Jean Paul. Don Bambú era por lo menos tres veces más rápido que él, incluso aunque le costase arrancar en los primeros instantes de un entrenamiento, de modo que cuando el candelabro llegó a recorrer 10 metros hacia delante, el panda ya había recorrido 30 y estaba justo delante de él con el brazo izquierdo levantado y su puño recubierto de una gruesa capa de armadura espiritual. Con una úrsida furia que ya ha abandonado toda diplomacia, Bambú hundió su puño en el rostro de Jean Paul y le concedió el descanso que con tanto ahínco buscaba. Su cabeza reventó por la fuerza del impacto y su mano se tiño de rojo sobre negro, los colores de su bandera, que junto a la modesta presencia del dorado anunciaban el final de los enemigos de la Revolución.
Unas palabras llegaron a los oídos de Bambú al tiempo que las fuerzas del castillo empezaban a aglomerarse en su entrada. Kisuke le dejaba lidiar con el asunto de las tropas del castillo mientras él acometía la tarea más peligrosa: enfrentarse al lugarteniente del león y tal vez a este último también. —A sus órdenes, comandante. —Contestó al tiempo que volvía a flexionar sus piernas, esta vez el doble que cuando empezó a correr y se impulsó con un poderosísimo salto de treinta metros hacia su posición original, teniendo cuidado de no pisar el cadáver del pobre Adolf. Las puertas se abrieron finalmente y Bambú hizo contacto visual con el señor del castillo, que chasqueó su mano derecha y le señaló, ordenando a su horda de cuchillos atacarle. Lamentablemente, Bambú no consideró que las tropas del castillo fueran a ser tan veloces como para atacarle sin que él pudiera reaccionar, de modo que no activó su haki de observación de mayor nivel en previsión y pagó las consecuencias con su cuerpo. Centenas de hombres vestidos de cuchillo se abalanzaron sobre el mink panda y empezaron a acuchillarle por todo el cuerpo, fundamentalmente las piernas que es a donde solían llegar los humanos normales. A pesar del dolor de las heridas, Bambú fue quién de echar sus brazos hacia atrás mientras flexionaba su torso hacia delante y una vez tuvo a toda la horda rodeándole, empezó a golpear el suelo mientras gritaba furioso. —¡APARTAOS! —El suelo empezó a agitarse violentamente bajo sus pies, como si una centena de martillos neumáticos estuvieran golpeando los pies de todos los cuchillos desde el suelo. La brutalidad de aquella técnica se llevaría por delante a la mayoría de soldados de un golpe, pero sin duda todavía quedarían los más resilientes para contarlo, de modo que Bambú avanzó otros diez metros hacia delante, adentrándose en el castillo, y girándose para encarar la puerta desde su interior. Delante de él, los remanentes de la horda intentaban recuperarse del primer ataque del panda, pero este no les daría tregua alguna. Con la misma fuerza que había empleado con su primera técnica, Max golpeó el suelo frente sus pies y lo deformó con los poderes de su fruta, generando una ola enorme de pavimento que se elevaría una altura de seis metros y abarcaría una anchura de ocho, llevándose por delante el resto de cuchillos y rematando las fuerzas de defensa del castillo. —Ya no deberían quedar soldados, comandante. —Informó mientras reducía su haki de observación básico hasta los cincuenta metros de radio y activaba el medio hasta los 15.
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