17-08-2026, 08:26 PM
El puño del gigante, como una roca venida del cielo, un fragmento del infinito, descendió sobre la joven mink, quien sólo pudo observar como el mundo mismo se convertía en una cortina de humo y fuego a su alrededor. La fuerza del golpe la estampó contra el suelo y la posterior explosión sólo aumentó su presión en el asfalto, enterrándola parcialmente. Se convirtió en una figura, un calco, un cuadro pintado en la acera con la violencia desproporcionada que un gigante podía descargar sobre un ser que no era ni la mitad de su tamaño, ni un cuarto de su peso.
—¡Paru! —exclamó Saru, cubriéndose de la explosión con los dos brazos. La corriente de viento ocasionada por la detonación estuvo a punto de arrojarla hacia atrás. Sus pies se arrastraban en el suelo, la suela gastada contra la piedra—. ¡Maldición! ¡¿Qué demonios fue eso?! —exclamó, frustrada. Nunca había visto nada parecido y nadie les advirtió que el gigante tenía un poder de ese tipo—. ¿Es un usuario de Fruta del Diablo?
La cortina de humo y tierra se extinguió al cabo de un suspiro. Frente a sus ojos, lo que quedó de la explosión fue la imagen de su compañera parcialmente enterrada y severamente herida, los ojos desorbitados, las pestañas quemadas y el pelaje ennegrecido por la ceniza.
Saru apretó el agarre sobre su daga, se giró nuevamente hacia Arceo y, justo cuando pretendía adelantarse para volver al ataque, una sombra la cubrió. Alcanzó a levantar la mirada y abrir los ojos con sorpresa, incredulidad y hasta miedo cuando la enorme mano del gigante alcanzó su cuerpo. Los dedos del marine se cerraron sobre ella. La estrujaron. Sus huesos, como palillos en manos de un niño, crujieron y se quejaron. Perdió el aliento en una exhalación forzada y en ese instante, supo con certeza lo que se sentía ser exprimida
—¡Gah! —balbuceó, pero no había forma de que construyera una palabra con el poco aire que le quedaba en los pulmones.
Los pasos del gigante retumbaban en la acera y en los alrededores, en la mitad del pueblo, pues su tamaño y peso al acelerar hacían temblar las paredes de las casas en la manzana circundante. Cualquiera que mirase al cielo vería, de soslayo, la silueta de Arceo avanzar a toda velocidad por la calle. En su sombra, la noche se hacía más oscura, pues ni la escasa luz de la luna abrigaba.
Taru sintió, inevitablemente, el estruendo a su espalda, pero cuando quiso mirar por encima del hombro ya era demasiado tarde: Arceo estaba encima suyo.
—¡Qué…! —Se atragantó con las palabras y, en un acto reflejo de auto preservación, dejó caer la carreta a un costado del camino y se puso en guardia—. ¡¿A ti no te tenían que retener las otras…?! ¿Ah? ¡¿Saru?!
En la mano del gigante reconoció a su compañera, estrujada y apenas consciente entre los enormes dedos.
—¿Qué demonios pasó con Paru? ¿Esa explosión…?
—¡Quieto!
El chasquido del martillo de un mosquete le hizo correr una sensación fría por la espalda. Taru, el gyojin de las profundidades, sudó una gota de hiel mientras, lentamente, movía su mirada a la derecha. Por el rabillo del ojo los vio: dos siluetas. Dos marines. Dos armas apuntándole.
Lengua y Dientes, al aterrizar la carreta, habían logrado bajar de ella, reponerse al mareo y ahora apuntaban al último bandido que quedaba por aprehender.
—¡Estás arrestado! ¡Baja las manos lentamente! —exclamó Dientes, tensando el índice sobre el gatillo—. ¡Arceo! ¿Estás bien? Parece que te encargaste de esas dos.
Levantó la mano libre con el pulgar extendido.
—¡Sí! A este lo tenemos. ¡Ve y asegura a la minina! —agregó Lengua, mientras, al mismo tiempo, el gyojin bajaba lentamente las manos hasta colocarlas tras la espalda. Lengua sacó un par de grilletes de su bolsillo y se los colocó en un único movimiento.
Saru yacía completamente inmovilizada en la mano de Arceo mientras Paru, varios metros atrás, hacia lo posible por levantarse, aunque mucho le estaba costando debido a los daños del impacto recibido. Taru yacía de rodillas tras recibir una patada en la parte trasera de la articulación que lo obligó a caer. Y en la carreta, caída a un costado del camino, solamente se oía un respirar lento y controlado.
—¡Paru! —exclamó Saru, cubriéndose de la explosión con los dos brazos. La corriente de viento ocasionada por la detonación estuvo a punto de arrojarla hacia atrás. Sus pies se arrastraban en el suelo, la suela gastada contra la piedra—. ¡Maldición! ¡¿Qué demonios fue eso?! —exclamó, frustrada. Nunca había visto nada parecido y nadie les advirtió que el gigante tenía un poder de ese tipo—. ¿Es un usuario de Fruta del Diablo?
La cortina de humo y tierra se extinguió al cabo de un suspiro. Frente a sus ojos, lo que quedó de la explosión fue la imagen de su compañera parcialmente enterrada y severamente herida, los ojos desorbitados, las pestañas quemadas y el pelaje ennegrecido por la ceniza.
Saru apretó el agarre sobre su daga, se giró nuevamente hacia Arceo y, justo cuando pretendía adelantarse para volver al ataque, una sombra la cubrió. Alcanzó a levantar la mirada y abrir los ojos con sorpresa, incredulidad y hasta miedo cuando la enorme mano del gigante alcanzó su cuerpo. Los dedos del marine se cerraron sobre ella. La estrujaron. Sus huesos, como palillos en manos de un niño, crujieron y se quejaron. Perdió el aliento en una exhalación forzada y en ese instante, supo con certeza lo que se sentía ser exprimida
—¡Gah! —balbuceó, pero no había forma de que construyera una palabra con el poco aire que le quedaba en los pulmones.
Los pasos del gigante retumbaban en la acera y en los alrededores, en la mitad del pueblo, pues su tamaño y peso al acelerar hacían temblar las paredes de las casas en la manzana circundante. Cualquiera que mirase al cielo vería, de soslayo, la silueta de Arceo avanzar a toda velocidad por la calle. En su sombra, la noche se hacía más oscura, pues ni la escasa luz de la luna abrigaba.
Taru sintió, inevitablemente, el estruendo a su espalda, pero cuando quiso mirar por encima del hombro ya era demasiado tarde: Arceo estaba encima suyo.
—¡Qué…! —Se atragantó con las palabras y, en un acto reflejo de auto preservación, dejó caer la carreta a un costado del camino y se puso en guardia—. ¡¿A ti no te tenían que retener las otras…?! ¿Ah? ¡¿Saru?!
En la mano del gigante reconoció a su compañera, estrujada y apenas consciente entre los enormes dedos.
—¿Qué demonios pasó con Paru? ¿Esa explosión…?
—¡Quieto!
El chasquido del martillo de un mosquete le hizo correr una sensación fría por la espalda. Taru, el gyojin de las profundidades, sudó una gota de hiel mientras, lentamente, movía su mirada a la derecha. Por el rabillo del ojo los vio: dos siluetas. Dos marines. Dos armas apuntándole.
Lengua y Dientes, al aterrizar la carreta, habían logrado bajar de ella, reponerse al mareo y ahora apuntaban al último bandido que quedaba por aprehender.
—¡Estás arrestado! ¡Baja las manos lentamente! —exclamó Dientes, tensando el índice sobre el gatillo—. ¡Arceo! ¿Estás bien? Parece que te encargaste de esas dos.
Levantó la mano libre con el pulgar extendido.
—¡Sí! A este lo tenemos. ¡Ve y asegura a la minina! —agregó Lengua, mientras, al mismo tiempo, el gyojin bajaba lentamente las manos hasta colocarlas tras la espalda. Lengua sacó un par de grilletes de su bolsillo y se los colocó en un único movimiento.
Saru yacía completamente inmovilizada en la mano de Arceo mientras Paru, varios metros atrás, hacia lo posible por levantarse, aunque mucho le estaba costando debido a los daños del impacto recibido. Taru yacía de rodillas tras recibir una patada en la parte trasera de la articulación que lo obligó a caer. Y en la carreta, caída a un costado del camino, solamente se oía un respirar lento y controlado.
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