22-08-2026, 05:36 AM
Día 7 de primavera, año 18.
El Kenbunshoku Haki fue todo un descubrimiento. Después de superar el escepticismo inicial, tomar las lecciones del maestro Kaelith y despertar ese sexto sentido, tercer ojo, segunda nariz o como quieran llamarlo, Enji empezó a ver el mundo de otra forma. Con otros colores. Se obsesionó un poco, sí. Como un niño con juguete nuevo, dedicó los siguientes días a usar ese poder de forma constante, sin darse apenas un descanso, hasta que activarlo y desactivarlo se volvió algo natural. Por momentos, la percepción de sus ojos se solapaba con ese otro mundo, esa ventana a una realidad diferente, y veía a las personas tintadas del color de sus almas. Era curioso de ver, extrañamente hipnótico y, por momentos, hasta divertido.
Excepto con Juan, que era rojo y su alma… también era roja. Rojo sobre rojo. ¿Qué sentido tenía eso? Hasta creyó que su compañero no tenía alma, pero, afortunadamente, uno de esos días lo vio transformado en la forma híbrida de su fruta y distinguió las llamas rojizo anaranjadas de su alma destellando sobre la piel verde.
Esa mañana, tras levantarse a primera hora y hacer un paneo de la zona con su nueva habilidad, Enji entró en la habitación de Juan. Comprendía el derecho del gyojin a la privacidad, pero reafirmaba su autoridad como capitán de la división entrando de cualquier forma y sin tocar antes.
—¡Arriba, Juancho! —gritó tras azotar la puerta de un empujón—. ¡Hoy seré… —Estaba ataviado en un uniforme marcial, un gi blanco, tenía un trozo de tela negra atado en la frente y no llevaba zapatos, para variar. Se ajustó el cinturón que tenía en la cintura y sonrió plenamente frente a su mano derecha—. ENJI-SENSEI! ¡SHIHAHAHAHA!
La voz del marine retumbó en las paredes de la vivienda, la misma que les asignase Zarutsuki tras el final del gran evento que los llevó a los cielos en primer lugar: Los Juegos del Soberano. El Ouka Shichibukai había tenido, en su infinita sabiduría, la buena iniciativa de mantener a los marines cerca de otros marines y bien alejados de los piratas. Así pues, tanto la GLORIOSA División 80 como la 75 y la 60 eran prácticamente vecinos en lo que él llamaba “El barrio azul”.
—¡TE VOY A ENSEÑAR A VER SIN USAR LOS OJOS! ¡Levanta, venga! ¡Vamos afuera! —Y saltó por la ventana ( no sin antes asegurarse de que estuviera abierta ) para aterrizar de pie frente a la casa—. ¡Vamooooos! ¡Que se me enfrían las ideas!
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