22-08-2026, 01:03 PM
El amanecer había sorprendido a Kibai ya despierto, de modo que había decidido cocinarse un desayuno rápido a base de huevos de algún ave autóctona de Skypiea que vendían en el mercado (el mink sospechaba grandemente que eran de ñordiki) junto con una hogaza de pan tostado y unos trozos de fruta fresca.
Al ver que hacía un muy buen día, como era bastante habitual por lo que estaba acostumbrado en el tiempo que llevaban en aquella isla del cielo, decidió que tomarse el desayuno dentro de casa era una absurdez, y más con la gran cantidad de personas con un elevado grado de estramboticidad que se habían acuartelado en la zona de la ciudad de Shandora que el Emperador Zarutsuki había destinado a los miembros de las tres Divisiones de la Marina.
Sin molestarse en colocarse la camisa, en parte porque la herida del vientre aún le escocía si pasaba demasiado tiempo en contacto con la tela, y vestido solamente con los pantalones azules del uniforme, Kibai salió al exterior de la casa, con una silla al hombro y el plato de comida en perfecto equilibrio sobre su palma izquierda. Con un sonoro zunc, dejó caer la silla en en el suelo y tomó asiento, recostándose levemente hacia atrás, lo que hizo balancearse las dos patas delanteras del asiento.
La verdad, podría acostumbrarse a aquella vida... Había una selva gigante que explorar, el crimen parecía ser inexistente debido a la vigilancia de los Custudios, y las posibilidades culinarias y de estudio eran casi infinitas, debido a la riqueza de las bilbiotecas de la ciudad y los suministros que seguramente llegarían de manera regular de la misma forma en la que habían llegado ellos.
Mientras dejaba caer una uva dentro de su boca, un tremendo estruendo llegó a sus oídos desde la casa dónde, si no le fallaba la memoria, habían alojado al comandante Juan Sebastián. Dejándose caer de nuevo sobre las cuatro patas de la silla, el mink olfateó el aire a su alrededor. Aunque aún no lo tenía tan identificado como el tabaco de pipa de Stroud, juraría que el olro a los cigarrillos del capitán Enji flotaba en el ambiente...
Y no se equivocaba. El peliblanco, en medio de un gran griterío saltó por la ventana abierta en la fachada de la vivienda, vestido con un gi blanco de entrenamiento y una banda de tela negra en la frente, como si fuese un personaje de algún tipo de novela de artes marciales. Kibai sonrió ampliamente mientras levantaba una pierna para apoyar el pie descalzo sobre la silla y la mano sobre la rodilla. Aquel par era de lo mejor que había conocido en Skypiea, y se complementaban sorprendentemente bien, especialemente con el comandante convertido en aquella adorable (y aunque el mink nunca lo admitiría, seguramente muy sabrosa una vez cocinada) tortuga.
— Buenos días, capitán! — exclamó Kibai hacia Enji, a la vez que levantaba el plato que seguía sosteniendo con su otra mano, agitándolo levemente en dirección hacia él. — Unas uvitas de desayuno?
Al ver que hacía un muy buen día, como era bastante habitual por lo que estaba acostumbrado en el tiempo que llevaban en aquella isla del cielo, decidió que tomarse el desayuno dentro de casa era una absurdez, y más con la gran cantidad de personas con un elevado grado de estramboticidad que se habían acuartelado en la zona de la ciudad de Shandora que el Emperador Zarutsuki había destinado a los miembros de las tres Divisiones de la Marina.
Sin molestarse en colocarse la camisa, en parte porque la herida del vientre aún le escocía si pasaba demasiado tiempo en contacto con la tela, y vestido solamente con los pantalones azules del uniforme, Kibai salió al exterior de la casa, con una silla al hombro y el plato de comida en perfecto equilibrio sobre su palma izquierda. Con un sonoro zunc, dejó caer la silla en en el suelo y tomó asiento, recostándose levemente hacia atrás, lo que hizo balancearse las dos patas delanteras del asiento.
La verdad, podría acostumbrarse a aquella vida... Había una selva gigante que explorar, el crimen parecía ser inexistente debido a la vigilancia de los Custudios, y las posibilidades culinarias y de estudio eran casi infinitas, debido a la riqueza de las bilbiotecas de la ciudad y los suministros que seguramente llegarían de manera regular de la misma forma en la que habían llegado ellos.
Mientras dejaba caer una uva dentro de su boca, un tremendo estruendo llegó a sus oídos desde la casa dónde, si no le fallaba la memoria, habían alojado al comandante Juan Sebastián. Dejándose caer de nuevo sobre las cuatro patas de la silla, el mink olfateó el aire a su alrededor. Aunque aún no lo tenía tan identificado como el tabaco de pipa de Stroud, juraría que el olro a los cigarrillos del capitán Enji flotaba en el ambiente...
Y no se equivocaba. El peliblanco, en medio de un gran griterío saltó por la ventana abierta en la fachada de la vivienda, vestido con un gi blanco de entrenamiento y una banda de tela negra en la frente, como si fuese un personaje de algún tipo de novela de artes marciales. Kibai sonrió ampliamente mientras levantaba una pierna para apoyar el pie descalzo sobre la silla y la mano sobre la rodilla. Aquel par era de lo mejor que había conocido en Skypiea, y se complementaban sorprendentemente bien, especialemente con el comandante convertido en aquella adorable (y aunque el mink nunca lo admitiría, seguramente muy sabrosa una vez cocinada) tortuga.
— Buenos días, capitán! — exclamó Kibai hacia Enji, a la vez que levantaba el plato que seguía sosteniendo con su otra mano, agitándolo levemente en dirección hacia él. — Unas uvitas de desayuno?
La Caja de Pandora
