25-08-2026, 04:42 AM
—Más te vale que lo esquive, Juancho. O empezarás a notar una extraña y tóxica comezón en cada uno de tus calzoncillos —advirtió, su sonrisa ancha y maliciosa curvándose como espiral en sus comisuras. Enji era perfectamente capaz de cumplir esa amenaza y Juan debía saberlo. Entre todos los miembros de la GLORIOSA División Ochenta, después de todo, era el que más veneno había tenido que tragar durante las sesiones de entrenamiento. A esas alturas, el gyojin cangrejo pronto empezaría a desarrollar inmunidad a las toxinas o sus propias glándulas venenosas—. ¡Shihahaha! Que te ha dicho que hueles a mierda, Juancho. ¿Te vas a dejar?
El capitán, ataviado con el uniforme marcial que sabría Dios de dónde lo había sacado, se cruzó de brazos y observó por un momento a sus dos prospectos. Cangrejo y leopardo. Marisco y Gato. ¿Cómo les iba a enseñar una técnica que apenas había dominado hacía unos pocos días y de la que todavía desconocía el límite? Esa era una buena pregunta. Una muy buena pregunta. También, una pregunta que no se había hecho antes y, por supuesto, una pregunta que no lo iba a detener en lo más mínimo.
Hinchó el pecho de aire, exhaló un suspiro resignado y sacó un cigarrillo del bolsillo de su gi.
—Ten —dijo a Juan, extendiéndole la palma abierta con el cigarrillo sobre la misma.
Un instante después, en un movimiento demasiado rápido para que Juan pudiera apreciarlo pero que Kibai, valiéndose de sus reflejos felinos, vería venir con cierta anticipación, Enji saltó, inclinó el cuerpo hacia atrás en el aire y disparó los dos pies contra la cara del gyojin cangrejo de coraza roja. Sus plantas golpearon el rostro de Juan Sebastian en un chasquido seco. La mole acorazada, sin embargo, volvió a demostrar lo poderoso de su anatomía: no lo movió ni un centímetros y, de haber estado ciego, probablemente siquiera se hubiera percatado de que lo había golpeado dos veces en una ráfaga.
—¡Comprate tus putos cigarros si quieres fumar! —espetó tras aterrizar ambos pies en el suelo.
El cigarro que tenía se lo llevó rápidamente a la boca y le dio fuego con su mechero.
—¡Shihaha! ¡Así me gusta! ¿Ves, Juancho? Esa es la actitud que tienes que tener. “Enji-SENSEI”. —El ego se le inflamó de manera superlativa al escuchar su nombre seguido de un honorífico. Exhaló la primera bocanada de humo, sonriente y sosteniendo entre los dientes su cigarro—. ¡Primera lección! ¡Fuera luces! —exclamó, arrancándose trozos de tela de las mangas del uniforme para arrojarle después un tramo a cada uno de sus dos “aprendices”—. Enrosquen esa tela sobre sus ojos hasta que no vean nada. ¡Pero nada de nada, eh! ¡O no servirá el entrenamiento! —advirtió mientras empezaba a caminar rumbo a la calle—. ¡Háganlo y síganme! ¡Sigan el melodioso tono de mi voz! ¡Uno, dos! ¡Uno, dos!
El capitán, ataviado con el uniforme marcial que sabría Dios de dónde lo había sacado, se cruzó de brazos y observó por un momento a sus dos prospectos. Cangrejo y leopardo. Marisco y Gato. ¿Cómo les iba a enseñar una técnica que apenas había dominado hacía unos pocos días y de la que todavía desconocía el límite? Esa era una buena pregunta. Una muy buena pregunta. También, una pregunta que no se había hecho antes y, por supuesto, una pregunta que no lo iba a detener en lo más mínimo.
Hinchó el pecho de aire, exhaló un suspiro resignado y sacó un cigarrillo del bolsillo de su gi.
—Ten —dijo a Juan, extendiéndole la palma abierta con el cigarrillo sobre la misma.
Un instante después, en un movimiento demasiado rápido para que Juan pudiera apreciarlo pero que Kibai, valiéndose de sus reflejos felinos, vería venir con cierta anticipación, Enji saltó, inclinó el cuerpo hacia atrás en el aire y disparó los dos pies contra la cara del gyojin cangrejo de coraza roja. Sus plantas golpearon el rostro de Juan Sebastian en un chasquido seco. La mole acorazada, sin embargo, volvió a demostrar lo poderoso de su anatomía: no lo movió ni un centímetros y, de haber estado ciego, probablemente siquiera se hubiera percatado de que lo había golpeado dos veces en una ráfaga.
—¡Comprate tus putos cigarros si quieres fumar! —espetó tras aterrizar ambos pies en el suelo.
El cigarro que tenía se lo llevó rápidamente a la boca y le dio fuego con su mechero.
—¡Shihaha! ¡Así me gusta! ¿Ves, Juancho? Esa es la actitud que tienes que tener. “Enji-SENSEI”. —El ego se le inflamó de manera superlativa al escuchar su nombre seguido de un honorífico. Exhaló la primera bocanada de humo, sonriente y sosteniendo entre los dientes su cigarro—. ¡Primera lección! ¡Fuera luces! —exclamó, arrancándose trozos de tela de las mangas del uniforme para arrojarle después un tramo a cada uno de sus dos “aprendices”—. Enrosquen esa tela sobre sus ojos hasta que no vean nada. ¡Pero nada de nada, eh! ¡O no servirá el entrenamiento! —advirtió mientras empezaba a caminar rumbo a la calle—. ¡Háganlo y síganme! ¡Sigan el melodioso tono de mi voz! ¡Uno, dos! ¡Uno, dos!
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