17-09-2026, 08:29 AM
El capitán de la octogésima división profirió una poderosa carcajada cuando Juan Sebastian, su compañero y amigo, chilló, cegado por la luz del sol que pretendía quemarle las retinas. Después de estar tanto tiempo con los ojos cerrados y tapados, era normal notarse más sensible a los destellos, y Juan había abierto los ojos de par en par nada más quitarse la venda, el equivalente a darse un tiro en el pie.
—Venga, par de animales —dijo, con cierta ironía—. Vamos, esta parte del entrenamiento se terminó.
Los dirigió al bosque, frontera del cual encontró, como suponía, pocos minutos después de andar hacia el este. La sociedad de oro se desmenuzaba y cedía a la naturaleza, fundiéndose por segmentos antes de quedar atrás. Los suelos adoquinados fueron reemplazados por tierra y las paredes doradas por árboles de madera vieja.
—Sigan tratando de encontrar eso que sintieron en la ciudad —dijo a sus alumnos mientras avanzaba, sin prisa pero sin pausa, guiando el camino—. Tienen que poder encontrar ese humo, esa chispa, ese fuego… incluso con los ojos abiertos. No es algo que suceda aparte. Todo está unido a sus cabezas huecas y no es cuestión de tener que cerrar los ojos para poder ver… eh, ¿eso no sonó demasiado bien? Voy a anotar esa frase.
El inicio del follaje dió apertura al bosque, dónde los árboles yacían cada vez más grandes a medida que se internaban en terreno salvaje. Numerosas lianas colgaban de las ramas más altas, lianas que tenían que esquivar o apartar con la mano para no terminar enredados en ellas.
—El bosque está lleno de almas, aunque sean pequeñas. Hay cientos, quizá miles de animales por aquí… escondidos.
Él los podía sentir. Los insectos reptaban bajo las rocas, caminaban entre la corteza de los árboles y se arrastraban debajo del barro. Montones de ellos. En el cielo, además, también podía percibir la presencia de los ñordikis, cuyas almas eran particularmente más grandes que las del resto de animales de la isla.
—No hay ruido ni niños que los vayan a molestar aquí… pero estoy yo, así que no se confíen. Busquen un lugar donde estén cómodos y empiecen a meditar. —Se subió a la rama de un árbol de un salto y tomó asiento sobre ella, observando hacia abajo a sus alumnos mientras descansaba los codos sobre sus rodillas y apoyaba el mentón en su mano derecha—. Y mediten bien, haciendo “Ohhhmmmmm” y esas cosas. Los quiero ver concentrados.
—Venga, par de animales —dijo, con cierta ironía—. Vamos, esta parte del entrenamiento se terminó.
Los dirigió al bosque, frontera del cual encontró, como suponía, pocos minutos después de andar hacia el este. La sociedad de oro se desmenuzaba y cedía a la naturaleza, fundiéndose por segmentos antes de quedar atrás. Los suelos adoquinados fueron reemplazados por tierra y las paredes doradas por árboles de madera vieja.
—Sigan tratando de encontrar eso que sintieron en la ciudad —dijo a sus alumnos mientras avanzaba, sin prisa pero sin pausa, guiando el camino—. Tienen que poder encontrar ese humo, esa chispa, ese fuego… incluso con los ojos abiertos. No es algo que suceda aparte. Todo está unido a sus cabezas huecas y no es cuestión de tener que cerrar los ojos para poder ver… eh, ¿eso no sonó demasiado bien? Voy a anotar esa frase.
El inicio del follaje dió apertura al bosque, dónde los árboles yacían cada vez más grandes a medida que se internaban en terreno salvaje. Numerosas lianas colgaban de las ramas más altas, lianas que tenían que esquivar o apartar con la mano para no terminar enredados en ellas.
—El bosque está lleno de almas, aunque sean pequeñas. Hay cientos, quizá miles de animales por aquí… escondidos.
Él los podía sentir. Los insectos reptaban bajo las rocas, caminaban entre la corteza de los árboles y se arrastraban debajo del barro. Montones de ellos. En el cielo, además, también podía percibir la presencia de los ñordikis, cuyas almas eran particularmente más grandes que las del resto de animales de la isla.
—No hay ruido ni niños que los vayan a molestar aquí… pero estoy yo, así que no se confíen. Busquen un lugar donde estén cómodos y empiecen a meditar. —Se subió a la rama de un árbol de un salto y tomó asiento sobre ella, observando hacia abajo a sus alumnos mientras descansaba los codos sobre sus rodillas y apoyaba el mentón en su mano derecha—. Y mediten bien, haciendo “Ohhhmmmmm” y esas cosas. Los quiero ver concentrados.
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