18-12-2023, 12:56 PM
(Última modificación: 18-12-2023, 12:59 PM por Maeve Knox.)
Cuando la recién llegada, a través de uno de sus comentarios, puso de manifiesto su —aparente— rechazo por los nobles, sentí satisfacción, por supuesto. Se suele decir que los enemigos de tus enemigos son tus amigos. Bien, la palabra "amigo" es un privilegio que ha de ganarse, y literalmente hacía dos minutos que sabía de la existencia de aquella muchacha, y tal vez no la volviese a ver jamás después de aquella noche, pero podía decir que, al menos, mi impresión de ella estaba siendo positiva. De momento.
Luego halagó mis ojos. Esto me dejó descolocada. ¿Qué debía responder? ¿Cómo se responde a algo así sin que parezca que lo haces únicamente por devolver el piropo? ¿Y si no opinas lo mismo? "Ah, pues los tuyos no son para tanto", podría decir. No es que lo pensara, sus ojos tenían encanto, pero si de verdad lo creyese, sería un buen motivo para terminar a navajazos en un antro como aquel.
—Gracias —me limité a responder. Estas mierdas nunca se me dieron bien.
Luego halagó mis ojos. Esto me dejó descolocada. ¿Qué debía responder? ¿Cómo se responde a algo así sin que parezca que lo haces únicamente por devolver el piropo? ¿Y si no opinas lo mismo? "Ah, pues los tuyos no son para tanto", podría decir. No es que lo pensara, sus ojos tenían encanto, pero si de verdad lo creyese, sería un buen motivo para terminar a navajazos en un antro como aquel.
—Gracias —me limité a responder. Estas mierdas nunca se me dieron bien.
Lo que sí que no me esperaba era que le dijese algo parecido al gyojin. Quizá la pobre necesitase gafas. Tal vez en el mundo oceánico aquellos ojos despertasen pasiones, pero en tierra... En fin.
Fruncí el ceño cuando un pequeño mechón de mi cabello resbaló del interior de la capucha y lo devolví a su sitio. Estaba empezando a tener calor y a echar de menos la libertad de no llevarla. Agarré el asa de la jarra y, una vez más, bebí de su contenido. Fue un alivio para mi garganta.
Entonces, escuché al simpático gyojin.
—¿Me has llamado imbécil? —solté.
Dejé la jarra de un golpe sobre la barra. Gotas del líquido amarillento me salpicaron la mano. Ya sabía cómo funcionaba esto: comencé a sentir unas ardientes ganas de convertir a ese tipo en un espeto gigante. Gigante. Si de verdad esta noche iba a traducirse en una nueva pelea, su envergadura iba a ser un problema para mí. Sin miedo al éxito, pensé.
Pero antes de seguir adelantando acontecimientos y creando, en milésimas de segundo, escenarios de una batalla de cantina en mi mente, me detuve a pensar en lo que acababa de escuchar. ¿Amigo? ¿De qué amigo hablaba? ¿Quién, según él, se estaba bebiendo su cerveza? Esta permanecía intacta.
—¿Qué cojones dices?
Pero él no parecía escucharme: ahora se dirigía a la pelirroja enorme que se encontraba a mi lado. ¿Hablaba también con alguien más? ¿Con quién? Luego preguntó nuestros nombres. ¿Qué demonios le sucedía a este tipo?
Por suerte, ya me estaba acostumbrando al aroma hediondo que desprendía.—¿Qué cojones dices?
Pero él no parecía escucharme: ahora se dirigía a la pelirroja enorme que se encontraba a mi lado. ¿Hablaba también con alguien más? ¿Con quién? Luego preguntó nuestros nombres. ¿Qué demonios le sucedía a este tipo?
No nos confundamos: mis instintos homicidas continuaban en alerta por su insulto, pero se mezclaban con una extraña curiosidad ante el comportamiento del tipo.
Como era lógico, no iba a decirle mi nombre de buenas a primeras, y menos después de soltar tantas gilipolleces por la boca. Me compadecí de la pelirroja al escuchar que a su amigo le había gustado. Joder, ¿qué puto amigo? ¿Conocía a alguien en aquella cantina y estaba interpretando algún extraño papel de celestino? ¿O tal vez intentaba flirtear con alguien más cercano a su tamaño?
—Qué turbio —dejé escapar en voz alta; luego, lo miré fijamente y proseguí—: No creo que sea asunto tuyo de qué nos conocemos, ¿o sí? Tal vez debas presentarnos a tu amigo y así hablamos los cuatro, ¿qué te parece?
Se me ocurrió que tal vez su colega fuese un tontatta escondido en alguna parte de su esplendoroso traje y, dado el tamaño del gyojin, pasaba completamente desapercibido. O quizá se trataba de algún tipo sentado en una mesa no tan lejana con graves problemas de socialización y timidez y necesitaba que alguien hablase por él.
Como era lógico, no iba a decirle mi nombre de buenas a primeras, y menos después de soltar tantas gilipolleces por la boca. Me compadecí de la pelirroja al escuchar que a su amigo le había gustado. Joder, ¿qué puto amigo? ¿Conocía a alguien en aquella cantina y estaba interpretando algún extraño papel de celestino? ¿O tal vez intentaba flirtear con alguien más cercano a su tamaño?
—Qué turbio —dejé escapar en voz alta; luego, lo miré fijamente y proseguí—: No creo que sea asunto tuyo de qué nos conocemos, ¿o sí? Tal vez debas presentarnos a tu amigo y así hablamos los cuatro, ¿qué te parece?
Se me ocurrió que tal vez su colega fuese un tontatta escondido en alguna parte de su esplendoroso traje y, dado el tamaño del gyojin, pasaba completamente desapercibido. O quizá se trataba de algún tipo sentado en una mesa no tan lejana con graves problemas de socialización y timidez y necesitaba que alguien hablase por él.
Sin darme cuenta, había aceptado un rol cómplice con la pelirroja. Sonreí antes de llevarme la cerveza una vez más a la boca: me debía de sacar un par de metros, no creí que fuese la típica damisela en apuros. Su aspecto no era frágil precisamente, todo lo contrario. Pero, mira, una aprende de las cosas que le han sucedido y no puede evitar ciertas inclinaciones.
Ni siquiera era de mi incumbencia lo que esa chica quisiera hacer con su vida.
De hecho, la había visto mirar un par de veces hacia el interior de su abrigo y hablar.Ni siquiera era de mi incumbencia lo que esa chica quisiera hacer con su vida.
Pero ¿qué le pasaba a esta gente? Hasta donde sabía, aquello era un hostal y no un manicomio.
Bueno, nunca me engañé pensando que yo estaba completamente cuerda.
Eché la cabeza hacia detrás y, mientras con la mano izquierda sujetaba mi capucha, con la derecha hacía lo propio con la jarra, consiguiendo que toda la cerveza se deslizase por mi garganta, acabándola. Reprimí un eructo.
—¡Camarero! —le llamé—. Otra.
Tras limpiarme los labios con el dorso de la diestra, miré a mis peculiares compañeros de cantina (a una con menos desdén que al otro). De fondo, la canción desafinada continuaba deleitando el ambiente. Risotadas. Jarras chocando en brindis. Barullo. Una agradable sensación de familiaridad consiguió camuflar un poco el enfado que me había provocado el gyojin.
—Ya que estamos compartiendo este bonito momento —les dije, sarcástica—, ¿qué os parece si nos vamos a una mesa? La barra ya es incómoda, no os puedo mirar a los dos a la vez, y me gusta mirar a la gente cuando les hablo. Las sillas parecen resistentes, no creo que tengáis problemas.
Una tipa que parecía medir no mucho menos que mis nuevos acompañantes estaba sentada al fondo, cerca de los trovadores improvisados. Bajo su trasero, la silla no zozobraba. Supongo que en este hostal de mala muerte acostumbraban a recibir gente de alturas complicadas y los techos altos parecían confirmar mi teoría.
Sin esperar una respuesta por su parte, me levanté del taburete. Me aseguré de que el camarero supiese adónde me dirigía: no pensaba abordar la velada sin mi nueva cerveza.
—Ya que estamos compartiendo este bonito momento —les dije, sarcástica—, ¿qué os parece si nos vamos a una mesa? La barra ya es incómoda, no os puedo mirar a los dos a la vez, y me gusta mirar a la gente cuando les hablo. Las sillas parecen resistentes, no creo que tengáis problemas.
Una tipa que parecía medir no mucho menos que mis nuevos acompañantes estaba sentada al fondo, cerca de los trovadores improvisados. Bajo su trasero, la silla no zozobraba. Supongo que en este hostal de mala muerte acostumbraban a recibir gente de alturas complicadas y los techos altos parecían confirmar mi teoría.
Sin esperar una respuesta por su parte, me levanté del taburete. Me aseguré de que el camarero supiese adónde me dirigía: no pensaba abordar la velada sin mi nueva cerveza.
RESUMEN
KARMAS RELEVANTES
