19-12-2023, 12:10 PM
(Última modificación: 19-12-2023, 12:13 PM por Maeve Knox.)
—Tranquilo, tu cara tampoco es fácil de olvidar —respondí cuando escuché al gyojin soltar un comentario amable por enésima vez. Era extraño, porque tan pronto se mostraba educado como un auténtico idiota. No sabía si sentirme molesta o fascinada por tan errático comportamiento.
Luego habló de vicios. Solo, por supuesto. Ya me estaba empezando a acostumbrar a ese tipo de cosas por su parte.
—¿Balban? ¿Quién es Balban? —pregunté cuando le escuché contar su historia. Una vez más, era extraño lo que decía—: ¿Desde que tienes uso de memoria? ¿Solo te acuerdas de la última semana? —continué, haciendo alusión a sus explicaciones.
A pesar de su tendencia al insulto —y critico yo, precisamente, que mi lengua se asemeja a una daga afilada—, su conducta singular, su olor a barranco y su mirada cautivadora, estaba empezando a caerme bien. Por el momento. Era una criatura sorprendente. Y, debido al lugar donde crecí, la gente sorprendente tiende a llamarme la atención.
—Iba a decir que debió de ser jodido para ti haber estado en un naufragio pero, en fin, creo que te las apañas bien en el agua —continué.
Después habló Eaa. Justo cuando iniciaba su historia, Peteiro —para no perder la costumbre— dijo una gilipollez nueva: que si esa chica y yo éramos amantes.
Abrí mucho los ojos y despegué los labios para responder, pero la pelirroja comenzó a armar un espectáculo primero. Se reía, tosía, hacía ambas cosas a la vez y todo esto con la cara roja como la sangre de un recién apuñalado. Le asomaban a los ojos lágrimas de risa. No entendía muy bien el histerismo y, sin embargo, me contagió la estupidez. También sonreí y, sin pretenderlo, una pequeña risa escapó de mi garganta. Tanta payasada solo podía ser efecto de la cerveza. Al menos, en mi caso.
Ella empezó a hablar sobre Ohara, pero a mí me parecía más interesante el punto anterior.
—¿Cómo que imposible? —fingí ofensa, pero las pequeñas carcajadas me traicionaban—. Claramente, no sabes lo que dices. —Y como las estupideces van de la mano unas con otras, me propuse llevar a cabo una mayor, la madre de las estupideces desde que había entrado en la cantina—. Nunca digas nunca... —Y coloqué mi mano izquierda sobre su rodilla derecha, tan cerca estaba la chica enorme de mí. En comparación, mi mano parecía minúscula. Avancé un par de centímetros sobre su pierna y luego, dejando que mis carcajadas estallasen, retiré el contacto—. Tranquila, Cuernitos, no eres mi tipo.
Estas mierdas no me avergonzaban. Al menos, cuando la persona que estaba al otro lado no me... gustaba. Y la última vez que sucedió eso fue hace mucho tiempo. No, no quería que esos recuerdos regresaran en ese preciso momento. Se me cortó la idiotez de pronto, al menos en mi fuero interno, porque de cara a ellos seguía manteniendo una sonrisa. Mis muros continuaban funcionando bien.
—Con respecto a mí, siento decepcionaros: mi historia no es tan interesante como las vuestras —mentí como una bellaca—, deambulo de un sitio a otro buscando lugares para visitar. —En este caso decía la verdad, pero omitiendo las partes en las que me dedicaba a delinquir—. Encontré esta bonita isla, me encanta la lluvia. —Deslicé mi mano derecha por el pelo para ahuecarlo, pues tal vez se veía aplastado por haber llevado la capucha. Con este gesto, di por finalizado el breve relato sobre mí. Cambié de tema una vez más—: Ohara, ¿eh? ¿Qué eres, una ratita de biblioteca o algo así?
Entonces, me percaté de que había algo raro en el ambiente. Me llevó unos segundos darme cuenta de que era porque el grupo de borrachos había dejado de cantar. No es que su canción fuese un goce para los oídos, me temo que lo contrario, pero al menos hacía de aquella cantina un lugar más alegre. Ahora se me antojaba más mediocre. En realidad lo era.
—...un grupo de marines —alcancé a escuchar, de pronto, desde la mesa más próxima.
—Bah, no creo —respondió otro hombre cercano.
No pude entender mucho más, pero aquello fue suficiente como para quedarme alerta. Tal vez fuese casualidad y estuviesen hablando de cualquier otra cosa, pero pecar de precavida suele funcionar en algunos casos. Sin dejar de mirar a mis acompañantes, intenté captar algo más de aquella conversación. El jaleo de aquel tugurio no me lo ponía nada fácil.
Luego habló de vicios. Solo, por supuesto. Ya me estaba empezando a acostumbrar a ese tipo de cosas por su parte.
—¿Balban? ¿Quién es Balban? —pregunté cuando le escuché contar su historia. Una vez más, era extraño lo que decía—: ¿Desde que tienes uso de memoria? ¿Solo te acuerdas de la última semana? —continué, haciendo alusión a sus explicaciones.
A pesar de su tendencia al insulto —y critico yo, precisamente, que mi lengua se asemeja a una daga afilada—, su conducta singular, su olor a barranco y su mirada cautivadora, estaba empezando a caerme bien. Por el momento. Era una criatura sorprendente. Y, debido al lugar donde crecí, la gente sorprendente tiende a llamarme la atención.
—Iba a decir que debió de ser jodido para ti haber estado en un naufragio pero, en fin, creo que te las apañas bien en el agua —continué.
Después habló Eaa. Justo cuando iniciaba su historia, Peteiro —para no perder la costumbre— dijo una gilipollez nueva: que si esa chica y yo éramos amantes.
Abrí mucho los ojos y despegué los labios para responder, pero la pelirroja comenzó a armar un espectáculo primero. Se reía, tosía, hacía ambas cosas a la vez y todo esto con la cara roja como la sangre de un recién apuñalado. Le asomaban a los ojos lágrimas de risa. No entendía muy bien el histerismo y, sin embargo, me contagió la estupidez. También sonreí y, sin pretenderlo, una pequeña risa escapó de mi garganta. Tanta payasada solo podía ser efecto de la cerveza. Al menos, en mi caso.
Ella empezó a hablar sobre Ohara, pero a mí me parecía más interesante el punto anterior.
—¿Cómo que imposible? —fingí ofensa, pero las pequeñas carcajadas me traicionaban—. Claramente, no sabes lo que dices. —Y como las estupideces van de la mano unas con otras, me propuse llevar a cabo una mayor, la madre de las estupideces desde que había entrado en la cantina—. Nunca digas nunca... —Y coloqué mi mano izquierda sobre su rodilla derecha, tan cerca estaba la chica enorme de mí. En comparación, mi mano parecía minúscula. Avancé un par de centímetros sobre su pierna y luego, dejando que mis carcajadas estallasen, retiré el contacto—. Tranquila, Cuernitos, no eres mi tipo.
Estas mierdas no me avergonzaban. Al menos, cuando la persona que estaba al otro lado no me... gustaba. Y la última vez que sucedió eso fue hace mucho tiempo. No, no quería que esos recuerdos regresaran en ese preciso momento. Se me cortó la idiotez de pronto, al menos en mi fuero interno, porque de cara a ellos seguía manteniendo una sonrisa. Mis muros continuaban funcionando bien.
—Con respecto a mí, siento decepcionaros: mi historia no es tan interesante como las vuestras —mentí como una bellaca—, deambulo de un sitio a otro buscando lugares para visitar. —En este caso decía la verdad, pero omitiendo las partes en las que me dedicaba a delinquir—. Encontré esta bonita isla, me encanta la lluvia. —Deslicé mi mano derecha por el pelo para ahuecarlo, pues tal vez se veía aplastado por haber llevado la capucha. Con este gesto, di por finalizado el breve relato sobre mí. Cambié de tema una vez más—: Ohara, ¿eh? ¿Qué eres, una ratita de biblioteca o algo así?
Entonces, me percaté de que había algo raro en el ambiente. Me llevó unos segundos darme cuenta de que era porque el grupo de borrachos había dejado de cantar. No es que su canción fuese un goce para los oídos, me temo que lo contrario, pero al menos hacía de aquella cantina un lugar más alegre. Ahora se me antojaba más mediocre. En realidad lo era.
—...un grupo de marines —alcancé a escuchar, de pronto, desde la mesa más próxima.
—Bah, no creo —respondió otro hombre cercano.
No pude entender mucho más, pero aquello fue suficiente como para quedarme alerta. Tal vez fuese casualidad y estuviesen hablando de cualquier otra cosa, pero pecar de precavida suele funcionar en algunos casos. Sin dejar de mirar a mis acompañantes, intenté captar algo más de aquella conversación. El jaleo de aquel tugurio no me lo ponía nada fácil.
RESUMEN
KARMAS RELEVANTES
