28-09-2026, 03:59 PM
El extraño fenómeno, esa especie de onda invisible que se extendió desde Kibai y peinó la zona a su alrededor, le trajo leves reminiscencias de algo. Tardó en percatarse de ello, pero, tras mencionar las flatulencias del mink, Enji recordó fugazmente Kutsukku, la persecución del ferry y la silueta de un pingüino sumergido en la neblina. Su siguiente recuerdo estaba encerrado entre cuatro paredes de hierro, junto a tres piratas.
Ese día solo escaparon dos de ellos.
¿Tendrían algo que ver? ¿Eso que Kibai había liberado por accidente era lo mismo que libero el pingüino en Kutsukku? ¿O todo se trataba de lo mismo: una flatulencia? Un pedo lo suficientemente asqueroso podía noquear a cualquiera, de eso estaba seguro.
—Ahí va, lo tienes ya, Juancho —reconoció al crustáceo ( ahora reptil ) marine. El aura de Kibai era, en efecto, un chisporroteo verde, cosa que había reconocido y le había mencionado al felino mucho antes de que Juan les diera alcance esa misma mañana. Su propia aura era desconocida para él, pero que fuera un humo violáceo le hacía sentido. Después de todo, Enji vivía fumando y su veneno era de ese color. Hinchó el pecho y escuchó a Kibai, que también había logrado empezar a ver los colores de las almas—. Ñeh, eso no lo sé. Lo que sí logré distinguir es que el alma de una persona fuerte es más grande y brillante que la de una persona débil. ¿Conocen a Kaelith? ¿El negro de alas que tiene un dojo aquí? —preguntó a sus alumnos mientras tomaba otra pitada de humo—. Su alma es mucho más grande que la de cualquiera de sus alumnos.
Esperaba no haberse delatado al mencionar al lunarian maestro del haki. Le gustaba vanagloriarse de descubrir por cuenta propia una habilidad así de extraña y única como lo era el Kenbunshoku. Siendo sincero, sin embargo, le hubiera sido imposible sin un guía. No sé trataba de habilidad o talento, sino de entendimiento. Abrir los ojos a algo totalmente distinto, nuevo y extraño. Su papel con Juan y Kibai, según como lo veía él, había sido exclusivamente de decirles que podían hacerlo y después empujarlos a hacerlo. El resto era trabajo suyo. Ser maestro, en ese sentido, era extremadamente fácil.
—El resto lo tendrán que descubrir por su cuenta —dijo tras bajar de un salto y aterrizar frente a ellos—. Porque ya me aburrí. No les voy a regalar todo el día, eh, que tenemos pocos y quiero ir a ver si tienen burdeles en este trozo de tierra flotante. Lo que se puede hacer con un par de alas… —Se desvió del tema, pero regresó en sí tras aclararse la garganta—. En fin, sigan practicando y esas mierdas. Aprendan a ver más lejos y ya nadie les ganará en el juego de las escondidas, ¡shihahaha! —Emitió una carcajada en lo que se daba la media vuelta y emprendía el camino de regreso al pueblo—. ¡Por cierto! A esta técnica yo le llamo “El mágico ojo del culo”. ¡Patente pendiente!
Ese día solo escaparon dos de ellos.
¿Tendrían algo que ver? ¿Eso que Kibai había liberado por accidente era lo mismo que libero el pingüino en Kutsukku? ¿O todo se trataba de lo mismo: una flatulencia? Un pedo lo suficientemente asqueroso podía noquear a cualquiera, de eso estaba seguro.
—Ahí va, lo tienes ya, Juancho —reconoció al crustáceo ( ahora reptil ) marine. El aura de Kibai era, en efecto, un chisporroteo verde, cosa que había reconocido y le había mencionado al felino mucho antes de que Juan les diera alcance esa misma mañana. Su propia aura era desconocida para él, pero que fuera un humo violáceo le hacía sentido. Después de todo, Enji vivía fumando y su veneno era de ese color. Hinchó el pecho y escuchó a Kibai, que también había logrado empezar a ver los colores de las almas—. Ñeh, eso no lo sé. Lo que sí logré distinguir es que el alma de una persona fuerte es más grande y brillante que la de una persona débil. ¿Conocen a Kaelith? ¿El negro de alas que tiene un dojo aquí? —preguntó a sus alumnos mientras tomaba otra pitada de humo—. Su alma es mucho más grande que la de cualquiera de sus alumnos.
Esperaba no haberse delatado al mencionar al lunarian maestro del haki. Le gustaba vanagloriarse de descubrir por cuenta propia una habilidad así de extraña y única como lo era el Kenbunshoku. Siendo sincero, sin embargo, le hubiera sido imposible sin un guía. No sé trataba de habilidad o talento, sino de entendimiento. Abrir los ojos a algo totalmente distinto, nuevo y extraño. Su papel con Juan y Kibai, según como lo veía él, había sido exclusivamente de decirles que podían hacerlo y después empujarlos a hacerlo. El resto era trabajo suyo. Ser maestro, en ese sentido, era extremadamente fácil.
—El resto lo tendrán que descubrir por su cuenta —dijo tras bajar de un salto y aterrizar frente a ellos—. Porque ya me aburrí. No les voy a regalar todo el día, eh, que tenemos pocos y quiero ir a ver si tienen burdeles en este trozo de tierra flotante. Lo que se puede hacer con un par de alas… —Se desvió del tema, pero regresó en sí tras aclararse la garganta—. En fin, sigan practicando y esas mierdas. Aprendan a ver más lejos y ya nadie les ganará en el juego de las escondidas, ¡shihahaha! —Emitió una carcajada en lo que se daba la media vuelta y emprendía el camino de regreso al pueblo—. ¡Por cierto! A esta técnica yo le llamo “El mágico ojo del culo”. ¡Patente pendiente!
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