Ayer, 12:16 AM
(Última modificación: Ayer, 04:09 AM por Vixen Ventress.)
Hay cosas en la vida a las que Vixen no estaba acostumbrada: comida decente, tragos sin aguar y, definitivamente, no la espalda de una chica guapa pegada a la suya en mitad de un campo de batalla. Así que cuando la tal Centella se plantó contra su espalda, la Humink tardó un segundo entero en procesar el contacto. Un contacto curioso, cálido, extrañamente agradable.

Fue entonces cuando su propia melena, esa cabellera oscura y larga, se deslizó hacia delante con el movimiento y cayó en cascada por su hombro, rozando sin querer el cuello descubierto de la muchacha del casco. Sus orejas, esas antenas de conejo que no pedían permiso para nada, captaron nítido el bum-bum-bum desbocado del corazón de la casquita, y el rubor que le trepaba por las mejillas hasta asomarse por debajo del visor, rojo como un tomate recién cogido de la huerta.
Kishishi... pero mira tú —pensó, mordiéndose el labio para no sonreír más de la cuenta—. La justicia tiene taquicardia. Y no es por los cinco imbéciles, no. Que yo me sé cómo suena el miedo de verdad, y esto no es eso. Esto suena a otra cosa. Esto me suena a que la emisaria de la justicia se me está sonrojando contra la lumbar. Y lo peor de todo es que me entra la risa por pensarlo en mitad de una pelea. Pinga, Vixen, céntrate, que esto no es hora de ponerte a pensar marranadas... aunque tampoco es que me cueste nada, kishishi.
—¡AHÁ! Coneja, tú encárgate de esos dos, yo me encargo del resto —le dijo el casco por encima del hombro, con esa sonrisa ladeada que se le notaba hasta con el visor puesto—. Y, a ser posible, no rompas nada, porfa.
Vixen parpadeó. Sus orejas se giraron hacia la muchacha como dos radares escandalizados. ¿Pero esta de qué va? ¿Me pide a MÍ que no rompa nada? ¿Yo? Kishishi... nena, hace nada has amenazado con reventar la taberna con todo el mundo dentro, ¡y ahora me vienes con la moral de monja de convento! Pinga, la vida es injusta. Y lo que es peor: la vida es hipócrita.
—Tranquila, casquita —respondí, con una sonrisa de colmillo afilado mientras mis ojos carmesí ya medían a los dos que venían hacia mí—. Seré un ejemplo de sutileza y buenas costumbres. Tú concéntrate en no morderte la lengua. Y ojo con el riñón, que con lo que me llegas, si me pegas un pingaso me lo das en la zona lumbar y me dejas una semana sin poder entrenar, kishishi.
Delante de nosotras, la escoria. Cinco ya estaban repartiendo mobiliario por el suelo entre los dos turnos anteriores. Quedaban cinco: dos venían hacia ella, y los otros tres hacia la muchacha del casco. La Humink bajó el centro de gravedad, las fibras musculares de sus muslos se tensaron, y un hormigueo eléctrico recorrió desde sus talones hasta su nuca. Sus dedos crujieron a la vez, todos, como una orquesta afinándose antes del concierto. El aire olía a alcohol derramado, sangre y madera rota. El mejor perfume del mundo, justo después del estofado de zanahorias.
La Humink vio llegar al primero por la izquierda. Vixen no esperó a ver el garrote completo: leyó el movimiento en los hombros del hombre, en la forma en que plantó el pie, en ese instinto de presa que le decía exactamente dónde iba a estar su cabeza dentro de medio segundo. Su pierna derecha salió en un arco ascendente, limpio, quirúrgico, un latigazo de carne y hueso con toda la cadera y el peso del cuerpo detrás, que se estrelló de plano contra la mandíbula del desgraciado. El crujido fue seco, definitivo, el sonido de una puerta vieja cediendo de una vez por todas. El cuerpo salió medio giro por los aires, describió una parábola honesta y cayó sobre una mesa ya rota.
—Kishishi... bonitas noches —le deseé al cuerpo tendido, con una reverencia burlona de tres dedos en la sien.
El segundo ya estaba encima, demasiado cerca para un arco amplio, así que Vixen hizo lo que mejor sabía hacer: se dejó caer sobre las manos, apoyó las palmas en el suelo astillado y disparó ambas piernas hacia arriba en una tijera brutal que se cerró alrededor del cuello del hombre como una trampa de acero. Un tirón de cadera, un giro completo del cuerpo, y el muy imbécil salió volando por encima de ella para estrellarse contra la pared de la taberna con un estruendo de madera y hueso. Se deslizó hasta el suelo dejando un rastro, y allí se quedó, hecho un muñeco de trapo con los ojos mirando a nada.

—Y eso, colega —le informé al cuerpo inconsciente, sacudiéndome el polvo de la rodilla—, es lo que pasa cuando te pones a dar por culo a quien no deberías.
Fue entonces, con sus dos encargos convertidos en mobiliario, cuando Vixen pudo permitirse el lujo de mirar lo que estaba haciendo su compañera de armas improvisada. Y lo que vio fue, directamente, un espectáculo superior al de cualquier teatro de variedades del South Blue.
Primero fue el batazo en el casco —y Vixen apretó los dientes, porque oye, golpear a una tía buena por la espalda es de cobardes, aunque la tía en cuestión llevara casco—. Luego la patada en el pecho con su "¡QUITA BICHO!", honesta y sonora. Después el gancho que mandó al siguiente infeliz a volar como una gaviota borracha, dejando a la muchacha en una pose que, Vixen tenía que admitirlo, tenía su aquello. Y por último, la guinda: la peonza humana, el giro, la mano abierta contra el cuello del de los guantes, y la "¡COLLEJA ABSOLUTE!" que estampó al hombre contra el suelo con tanta fuerza que las tablas se abrieron como una boca hambrienta, escupiendo astillas a medio local.
—¡JAJAJAHIIIJAJA ¿Qué os ha parecido? Eso os pasa por… ¡MIERDA, EL SUELO! —gritó la heroína.
Vixen se quedó inmóvil un segundo. Sus orejas se alzaron. Su cerebro procesó la escena completa: la chica que le había pedido, con la mano en el corazón, que no rompiera nada porfa, acababa de agujerear el suelo de la taberna.
—Kishishishi... —me rei, altisimo, agarrándome el estómago—. ¡Kishishishishi!... ¡PINGA! ¡"No rompas nada, porfa"! ¡La puritita moralista se ha cargado el suelo, kishishishi! ¡Y encima le pone nombre al crimen! ¡"COLLEJA ABSOLUTE"!.
Las lágrimas le corrían por las mejillas morenas de puro reír mientras caminaba hacia la zona de destrozos, esquivando cristales con la punta del pie. Se plantó frente a Fumi, sacándole casi veinte centímetros, lo justo para tener que inclinar la barbilla hacia abajo para mirarla de frente, con esa sonrisa torcida que le iluminaba los ojos carmesí de pura diversión. Mientras tanto, una de sus manos, con la soltura de quien saca un pañuelo, se deslizó por una costura interior de su traje y extrajo una zanahoria cruda, que empezó a roer con un crujido satisfactorio, como si el caos a su alrededor no fuera más que el aperitivo perfecto.
Vixen se agachó junto a sus dos obras de arte recién terminadas, empezando por el de la mandíbula recompuesta, y metió las manos en sus chaquetas con la naturalidad de una profesional. Lo primero que encontró fue un monedero de cuero con un peso respetable —berries, bastantes más de los que un cobrador de barrio debería cargar un martes cualquiera—. Lo hizo suyo sin una pizca de remordimiento, calculando mentalmente que, entre lo que valía el estofado y lo que le habían jodido la digestión, aquello era más una compensación que un robo, aunque tenía claro que ese dinero no se iba a quedar mucho tiempo en sus manos; ya le daría un destino bastante más interesante que acabar en el fondo de una taberna. Lo siguiente fue un reloj de pulsera de latón, feo como un pecado pero vendible. También suyo. Un anillo con una piedra que probablemente era vidrio pero que, en el peor de los casos, haría un ruido bonito al caer rodando por una mesa de apuestas.
Del segundo, el estampado contra la pared, sacó un puñado de suelto y una petaca de metal medio llena de aguardiente que, vaya usted a saber por qué, olía mejor que el de la taberna. A la petaca le dedicó un brindis mental al camarero y desapareció en su bolsillo.
Pero fue al rebuscar en los abrigos de los tres de la barra —porque Vixen no era de dejar un trabajo a medias— cuando sus dedos tropezaron con algo redondo y frío en el bolsillo interior del que había sido el jefe de la operación, el que ella misma había convertido en decoración sangrienta contra el pilar. Un pequeño Den Den Mushi, dormido, con el caracol recogido en su concha. Vixen lo alzó a la altura de sus ojos, lo observó con el interés de un gato ante una bola de estambre y sonrió de oreja a oreja.
—¿Y tú qué secretos guardas, bichito? —murmuré, guardándomelo también en el bolsillo—. A ver si el jefe de tu jefe grita bonito por teléfono.
Se levantó, sacudiéndose las rodillas, y contó el botín con un chasquillo de lengua satisfecho. Luego volvió a mirar a Fumi, que seguía allí, con su casco, su visor y ese rubor que las orejas de Vixen podían oír en forma de latidos acelerados. La Humink sonrió de lado, ladeándose hacia ella con la calma de una pantera bien alimentada, apoyando un codo en lo alto de un taburete medio roto que a la muchacha le habría quedado a la altura de la cabeza.
—Buen trabajo, casco —dije, y por primera vez en toda la noche el apodo sonó casi a mote cariñoso—. Tres tuyos y dos míos en menos tiempo del que tarda el camarero en echar una cerveza. Y sumando la noche completa... cinco y cinco. Empate técnico, kishishi. Formamos un buen equipo, tú con tus collejas absolutas y yo con mi sutileza. —Hice una pausa, dejando que la sonrisa se me curvara en algo más pícaro—. Aunque tengo que decir una cosa, y me va a doler admitirla: la pose de la peonza. El giro. Eso... eso ha estado bien, nena. No se lo digas a nadie, pero por un segundo casi me has caído mal de lo guapo que lo haces.
Me acerqué un poco más, lo suficiente para que mi sombra la cubriera entera —porque a la altura que iba, la muchacha le quedaba a Vixen justo debajo de la barbilla— y bajé la voz a un murmullo de esquina de taberna.
—Dime una cosa, Centella... C-E-N-T-E-L-L-A, ¿verdad? Perdona que antes te llamara casco. Es que con las orejas que tengo, algunos nombres se me van por el agujero equivocado. —Le guiñé un ojo, lento, descarado—. Prometo aprenderlo bien. Si me invitas a la próxima.
Entonces Vixen alzó la vista hacia el camarero, señalándolo con el dedo índice y esbozando una sonrisa que pretendía ser tranquilizadora, aunque con el desastre que acababan de armar, probablemente conseguía justo lo contrario. —¡Eh, jefe! —grité, con la voz cargada de una alegría absolutamente fuera de lugar—. ¡Buenas noticias! ¡Ya no debes nada! ¡Los tipos esos han tenido un... accidente de negociación! —Me di una palmada en el muslo, satisfecha—. Y ahora, la pregunta importante: ese estofado de zanahorias... ¿la casa invita, o tengo que seguir recaudando? Porque mira, por ti lo hago, pero el suelo ya está bastante ocupado.
Y girándose de nuevo hacia Fumi, con las manos en las caderas y la cola moviéndose con un contento que no se molestó en disimular, Vixen dejó caer la última, con un tono de burla pura y dura. —Y tú, casco, que te he visto romper el suelo con la misma cara de santa que usaste para pedirme compostura. Kishishi. Anda, recojamos este desmadre.
Bolsillo Táctico
![[Imagen: HC5Abkg.png]](https://imgur.com/HC5Abkg.png)
