21-12-2023, 04:50 PM
(Última modificación: 21-12-2023, 05:00 PM por Maeve Knox.)
Una sensación muy desagradable recorrió mi espina dorsal en cuanto noté algo sobre el hombro. Sabía que era Peteiro, el gesto acompañaba a sus palabras sin sentido —una vez más— que me relacionaban con los marines. Y en otras circunstancias lo habría fulminado con la mirada (como mínimo), pero las idioteces en ese instante me preocupaban menos que aquellos deshechos uniformados.
Aunque por fin estábamos de acuerdo en algo de lo que ese gyojin y su amigo decían: nos íbamos a divertir.
La adrenalina del recuerdo de hacía un par de noches activó mis músculos, preparándolos. Los arañazos que los restos de aquella mesa de Los Tres Osos me habían causado en los brazos reclamaron su protagonismo.
El hombre pez continuó hablando, pero apenas lo escuché. Sí me percaté de que Eaa se había levantado del asiento —que, a su lado, parecía de juguete a pesar de soportar su peso— y también inició su conversación. Decía que le caíamos bien, que no le gustaba el contacto físico y luego proponía hacer alguna actividad al día siguiente.
Vaya, pensé, quizá no sea tan insulsa después de todo.
Aunque lo que sucediese aquella noche guiaría, irremediablemente, el rumbo de lo que podríamos —o no— hacer tras un nuevo amanecer.
Luego se fue. Parecía no darse cuenta de la panda de malnacidos que aún permanecían en la puerta de la cantina. La otra opción era que le importasen una mierda. Aquel perro sarnoso se dirigió a ella de muy malas formas, pero Eaa lo ignoró como una campeona, abandonando el bareto. Mi antigua compañera de mesa, no obstante, regresó y fue cuando sucedió lo más gracioso de la noche: le estampó la puerta en toda la cara.
Sonreí de placer.
Hasta que vi cómo, haciendo honor a sus miserables disfraces, el marine afectado gritaba como rata boba mientras que otro la sujetaba de su enorme brazo, haciendo un ridículo espantoso, tal era la diferencia de tamaño.
Cuando Eaa se giró, furiosa, sentí una punzada de satisfacción y curioso orgullo.
Ante el repentino rifirrafe, la cantina se quedó en tétrico silencio.
—¿Ves? Te dije que los marines estaban merodeando por las calles desde hace un par de días. —Ahora sí pude escuchar perfectamente al tipo de la mesa que ya no me quedaba tan al lado, aun cuando había bajado la voz.
—¿Qué has dicho, zorra de mierda? —escupió el marine que aún trataba de reducirla por el brazo.
—Qué suerte tenemos, ¿eh? —dijo otro de los sucios arrogantes.
—¿Suerte? ¡Suerte será si no se me queda la nariz torcida! —le rebatió el imbécil de la nariz sangrante por el portazo.
—¡Cállate, Terry! —Por las formas, el que primero habló de suerte parecía ser el idiota de mayor rango—. Sí, sí, suerte. Veníamos buscando una cosa y hemos encontrado otra. —Después, miró a Eaa—. ¿Tú qué eres, una putita revolucionaria?
Puede que no conociese a esa oni a pequeña escala (o lo que yo pensaba que era una oni), pero, sin duda, me resultaba más agradable su compañía que la de ese grupo de hijos de puta. Incluso cuando, minutos antes, me había levantado para huir de tan extrañas compañías. Pero eran mis extrañas compañías, al menos por esa noche, y un puñado de gilipollas vestidos de blanco no iban a arruinar la posibilidad de tener más conversaciones pintorescas con ellos. Aunque la probabilidad de volver a encontrármelos fuesen poco más de cero.
Coloqué mi mano derecha sobre mi látigo metálico revestido de pinchos, que yacía sobre mi cuerpo a modo de cinturón.
Hazlo, hazlo, hazlo —me pedían mis ansias—, hazlo, hazlo, HAZLO.
El único uniforme marine que merece la pena es el que se tiñe de rojo.
—¡Eh, pedazos de mierda! —voceé—. ¿Quién os ha invitado a la fiesta?
Aunque por fin estábamos de acuerdo en algo de lo que ese gyojin y su amigo decían: nos íbamos a divertir.
La adrenalina del recuerdo de hacía un par de noches activó mis músculos, preparándolos. Los arañazos que los restos de aquella mesa de Los Tres Osos me habían causado en los brazos reclamaron su protagonismo.
El hombre pez continuó hablando, pero apenas lo escuché. Sí me percaté de que Eaa se había levantado del asiento —que, a su lado, parecía de juguete a pesar de soportar su peso— y también inició su conversación. Decía que le caíamos bien, que no le gustaba el contacto físico y luego proponía hacer alguna actividad al día siguiente.
Vaya, pensé, quizá no sea tan insulsa después de todo.
Aunque lo que sucediese aquella noche guiaría, irremediablemente, el rumbo de lo que podríamos —o no— hacer tras un nuevo amanecer.
Luego se fue. Parecía no darse cuenta de la panda de malnacidos que aún permanecían en la puerta de la cantina. La otra opción era que le importasen una mierda. Aquel perro sarnoso se dirigió a ella de muy malas formas, pero Eaa lo ignoró como una campeona, abandonando el bareto. Mi antigua compañera de mesa, no obstante, regresó y fue cuando sucedió lo más gracioso de la noche: le estampó la puerta en toda la cara.
Sonreí de placer.
Hasta que vi cómo, haciendo honor a sus miserables disfraces, el marine afectado gritaba como rata boba mientras que otro la sujetaba de su enorme brazo, haciendo un ridículo espantoso, tal era la diferencia de tamaño.
Cuando Eaa se giró, furiosa, sentí una punzada de satisfacción y curioso orgullo.
Ante el repentino rifirrafe, la cantina se quedó en tétrico silencio.
—¿Ves? Te dije que los marines estaban merodeando por las calles desde hace un par de días. —Ahora sí pude escuchar perfectamente al tipo de la mesa que ya no me quedaba tan al lado, aun cuando había bajado la voz.
—¿Qué has dicho, zorra de mierda? —escupió el marine que aún trataba de reducirla por el brazo.
—Qué suerte tenemos, ¿eh? —dijo otro de los sucios arrogantes.
—¿Suerte? ¡Suerte será si no se me queda la nariz torcida! —le rebatió el imbécil de la nariz sangrante por el portazo.
—¡Cállate, Terry! —Por las formas, el que primero habló de suerte parecía ser el idiota de mayor rango—. Sí, sí, suerte. Veníamos buscando una cosa y hemos encontrado otra. —Después, miró a Eaa—. ¿Tú qué eres, una putita revolucionaria?
Puede que no conociese a esa oni a pequeña escala (o lo que yo pensaba que era una oni), pero, sin duda, me resultaba más agradable su compañía que la de ese grupo de hijos de puta. Incluso cuando, minutos antes, me había levantado para huir de tan extrañas compañías. Pero eran mis extrañas compañías, al menos por esa noche, y un puñado de gilipollas vestidos de blanco no iban a arruinar la posibilidad de tener más conversaciones pintorescas con ellos. Aunque la probabilidad de volver a encontrármelos fuesen poco más de cero.
Coloqué mi mano derecha sobre mi látigo metálico revestido de pinchos, que yacía sobre mi cuerpo a modo de cinturón.
Hazlo, hazlo, hazlo —me pedían mis ansias—, hazlo, hazlo, HAZLO.
El único uniforme marine que merece la pena es el que se tiñe de rojo.
—¡Eh, pedazos de mierda! —voceé—. ¿Quién os ha invitado a la fiesta?
RESUMEN
KARMAS RELEVANTES
