Hace 2 horas
Todavía con la jeta atiborrada con semejante masacote de masa y moras, masticando con desgano apoyado contra el mostrador, cuando escuché la vocecita del tipito que se me vino a sentar al lado. Giré la cabeza con lentitud. La anilla dorada de mi barba tintineo en el movimiento, mientras clavaba los anteojitos sobre el recién llegado. Era un pibe pelirrojo tapado hasta las orejas con un cuero de oso y un arco cruzado al hombro, pidiéndole hidromiel al cantinero con modales de señorito inglés y tratándome de "sir" a mí. Me quedé mirándolo con los ojos desorbitados, masticando con la boca abierta, sin poder creer semejante atrevimiento.
Tremendo concheto que se me venia a hacer el pillo a mi. Laaaaaaaaaaaa
La carcajada me brotó del estómago como un trueno y le salpiqué una lluvia de migas y saliva directo en la solapa de su abrigo. Me mandé la mano cargada de anillos al orto, me rasque la zanja durante tres segundos y me llevé los dedos a la nariz para pegarle una buena y fuerte inhalada.
—Che, fideos con tuco, mirá la facha de chetito de country que tenés, la concha de tu hermana. ¿Quién carajo te dio vela en este entierro para venir a educarme a mi, sobre cómo carajo opinar de una comida inmunda?— Le clavé una sonrisa burlona de oreja a oreja, mostrando las paletas manchadas. —Si vos querías modales y cuchillería de plata, te equivocaste de taberna y de muñeco, mi loco.—
Manoteé el jarro de peltre de la barra y me mandé un trago largo y furioso del vodka allí servido. El destilado me bajó rascando el esófago como si me hubiera tragado brasas encendidas, limpiándome de golpe la grasa y el gusto a barro de la tarta agria. Me pasé el antebrazo por la boca, desparramando migas y gotas de alcohol entre los pelos de mi barba rojiza, y le clavé una palmada seca con la mano abierta al estaño del mostrador.
—¡Che, cantinero, lléname el tarro, que esto esta re bueno!—
Tremendo concheto que se me venia a hacer el pillo a mi. Laaaaaaaaaaaa
—¡Dopa-pa-pa-pa!—
La carcajada me brotó del estómago como un trueno y le salpiqué una lluvia de migas y saliva directo en la solapa de su abrigo. Me mandé la mano cargada de anillos al orto, me rasque la zanja durante tres segundos y me llevé los dedos a la nariz para pegarle una buena y fuerte inhalada.
SNIFFFFF
—Che, fideos con tuco, mirá la facha de chetito de country que tenés, la concha de tu hermana. ¿Quién carajo te dio vela en este entierro para venir a educarme a mi, sobre cómo carajo opinar de una comida inmunda?— Le clavé una sonrisa burlona de oreja a oreja, mostrando las paletas manchadas. —Si vos querías modales y cuchillería de plata, te equivocaste de taberna y de muñeco, mi loco.—
Manoteé el jarro de peltre de la barra y me mandé un trago largo y furioso del vodka allí servido. El destilado me bajó rascando el esófago como si me hubiera tragado brasas encendidas, limpiándome de golpe la grasa y el gusto a barro de la tarta agria. Me pasé el antebrazo por la boca, desparramando migas y gotas de alcohol entre los pelos de mi barba rojiza, y le clavé una palmada seca con la mano abierta al estaño del mostrador.
—¡Che, cantinero, lléname el tarro, que esto esta re bueno!—
