31-12-2023, 03:43 PM
(Última modificación: 31-12-2023, 03:43 PM por Maeve Knox.)
Quizá Peteiro no quiso golpear tan fuerte mi espalda: dado su tamaño, y en comparación con el mío, era fácil que no ajustase su fuerza. No creí que fuese a propósito porque sus palabras, por una vez, fueron amables hacia mí. Quise responderle que la violencia no me afectaba en absoluto —pocas situaciones violentas conseguían herir mi sensibilidad—, pero una nueva arcada se tragó cualquier palabra.
Como el puñetazo que se tragó el desgraciado que quiso huir corriendo. Cayó cerca de mí y pude ver su fea cara dos veces, cortesía de un par de cervezas mal bebidas.
Luego, gritos. Nos estaban echando, parecía. Que sabía quiénes éramos, dijo el tipo tras la barra. Bien, es la idea, me dije con una sonrisa borracha. Y pensar que al comenzar la velada llevaba una capucha puesta... Pensar: qué tarea tan difícil en esos momentos.
Entonces, noté cómo alguien se acercaba a mí. Por el nombre que utilizó, supe de inmediato que se trataba de Eaa. Bueno, por eso y por su voz. Qué lentitud de cerebro el mío. Me agarró por los costados —no toques, por qué tocas—, parecía que quería levantarme. Por el amor del mar, si mi cuerpo parecía un juguete entre sus manos. Pataleé en cuanto me levantó del suelo.
Pero, siguiendo mi ridículo ejemplo, Eaa también terminó en el suelo. Ni tiempo tuve de preguntarme qué diablos estaba ocurriendo, porque la gravedad también tiró de mí. Otra vez. En esta ocasión, su extenso —en comparación conmigo— abdomen amortiguó mi caída. Quedé a horcajadas sobre ella, como si montase un caballo (un caballo gigante, por supuesto). O como si nuestro siguiente movimiento fuese a tener connotaciones sexuales. Entonces pensé que, si el miedo les dejaba, los gañanes de nuestro alrededor tendrían material para paja esa misma noche, y gratis. Y las gañanas, yo no me metía en las preferencias de cada quién.
Me di cuenta de que, por centímetros, la pelirroja no había caído encima de mi vómito. Qué puto asco. Intentando no tambalearme demasiado, me puse en pie como pude tras recoger mi látigo. Miré a mi alrededor y traté de que mi vista no se desenfocara demasiado. Aquello era un cuadro: una tipa con cuernos ocupando gran parte del suelo de la cantina, un gyojin de dimensiones exageradas con más dientes que cervezas allí servidas, un puñado de guardias inconscientes (como mínimo) alfombrando el suelo mugriento, unos clientes disfrutando de un espectáculo que no habían pedido y un camarero haciendo aspavientos. Y yo, pero no quise pensar en mi papel en aquella esperpéntica obra. Bueno, no lo había hecho del todo mal teniendo en cuenta mi golpe maestro (por no reconocer que no había resultado patético de milagro).
Al menos no me había manchado el pelo de vómito. Ni las manos. Eso sí que era todo un logro.
Unos maullidos interrumpieron el disfrute de tan pintoresca obra de arte y miré a Eaa, quien también me hablaba.
—¿Que te ayude yo a levantarte a ti? —Me gustó saber que no había perdido mi capacidad de habla. Arrastré las sílabas, pero una no es perfecta—. Creo que me sacas veinticuatro metros, sobreestimas mi fuerza, te decepcionarás. —Solté una risita.
—¡MARCHAOS YA O LLAMARÉ A LOS GUARDIAS! —insistió a voces el camarero histérico. Se me asemejó a una urraca.
—Están demasiado ocupados durmiendo, imbécil —le respondí. Acto seguido, le di una patada en la cabeza a uno de los uniformados. No fue personal (un poco sí), sino que elegí al que más cerca tenía—. Ups. —Su cuello quedó en una posición muy extraña como para ser compatible con la vida. Miré a Peteiro, yo luchando nuevamente contra el tambaleo—. ¿Ves? La violencia no me afecta.
Y me encaminé a la puerta que conectaba con el exterior. Necesitaba aire fresco y, a ser posible, una lluvia torrencial sobre mí.
Como el puñetazo que se tragó el desgraciado que quiso huir corriendo. Cayó cerca de mí y pude ver su fea cara dos veces, cortesía de un par de cervezas mal bebidas.
Luego, gritos. Nos estaban echando, parecía. Que sabía quiénes éramos, dijo el tipo tras la barra. Bien, es la idea, me dije con una sonrisa borracha. Y pensar que al comenzar la velada llevaba una capucha puesta... Pensar: qué tarea tan difícil en esos momentos.
Entonces, noté cómo alguien se acercaba a mí. Por el nombre que utilizó, supe de inmediato que se trataba de Eaa. Bueno, por eso y por su voz. Qué lentitud de cerebro el mío. Me agarró por los costados —no toques, por qué tocas—, parecía que quería levantarme. Por el amor del mar, si mi cuerpo parecía un juguete entre sus manos. Pataleé en cuanto me levantó del suelo.
Pero, siguiendo mi ridículo ejemplo, Eaa también terminó en el suelo. Ni tiempo tuve de preguntarme qué diablos estaba ocurriendo, porque la gravedad también tiró de mí. Otra vez. En esta ocasión, su extenso —en comparación conmigo— abdomen amortiguó mi caída. Quedé a horcajadas sobre ella, como si montase un caballo (un caballo gigante, por supuesto). O como si nuestro siguiente movimiento fuese a tener connotaciones sexuales. Entonces pensé que, si el miedo les dejaba, los gañanes de nuestro alrededor tendrían material para paja esa misma noche, y gratis. Y las gañanas, yo no me metía en las preferencias de cada quién.
Me di cuenta de que, por centímetros, la pelirroja no había caído encima de mi vómito. Qué puto asco. Intentando no tambalearme demasiado, me puse en pie como pude tras recoger mi látigo. Miré a mi alrededor y traté de que mi vista no se desenfocara demasiado. Aquello era un cuadro: una tipa con cuernos ocupando gran parte del suelo de la cantina, un gyojin de dimensiones exageradas con más dientes que cervezas allí servidas, un puñado de guardias inconscientes (como mínimo) alfombrando el suelo mugriento, unos clientes disfrutando de un espectáculo que no habían pedido y un camarero haciendo aspavientos. Y yo, pero no quise pensar en mi papel en aquella esperpéntica obra. Bueno, no lo había hecho del todo mal teniendo en cuenta mi golpe maestro (por no reconocer que no había resultado patético de milagro).
Al menos no me había manchado el pelo de vómito. Ni las manos. Eso sí que era todo un logro.
Unos maullidos interrumpieron el disfrute de tan pintoresca obra de arte y miré a Eaa, quien también me hablaba.
—¿Que te ayude yo a levantarte a ti? —Me gustó saber que no había perdido mi capacidad de habla. Arrastré las sílabas, pero una no es perfecta—. Creo que me sacas veinticuatro metros, sobreestimas mi fuerza, te decepcionarás. —Solté una risita.
—¡MARCHAOS YA O LLAMARÉ A LOS GUARDIAS! —insistió a voces el camarero histérico. Se me asemejó a una urraca.
—Están demasiado ocupados durmiendo, imbécil —le respondí. Acto seguido, le di una patada en la cabeza a uno de los uniformados. No fue personal (un poco sí), sino que elegí al que más cerca tenía—. Ups. —Su cuello quedó en una posición muy extraña como para ser compatible con la vida. Miré a Peteiro, yo luchando nuevamente contra el tambaleo—. ¿Ves? La violencia no me afecta.
Y me encaminé a la puerta que conectaba con el exterior. Necesitaba aire fresco y, a ser posible, una lluvia torrencial sobre mí.
RESUMEN
