07-01-2024, 02:55 PM
Los minutos pasaban y con ellos, el reloj avanzaba de manera inexorable en su trayecto circular sobre el eje central. Los, ahora divididos, piratas Alas Negras habían topado con sus primeros obstáculos. Cada miembro de la tripulación, en la búsqueda de su objetivo particular para la consecución del robo, había encontrado un muro que debían atravesar para poder aportar al equipo su pequeño granito de arena.
En la sala de juego, que parecía estar cada vez más llena conforme avanzaba la noche, Aspros había logrado llamar la atención de Phat, que jugaba con otros hombres adinerados al póker. La sala de juegos, que ya al entrar parecía abarrotada, estaba comenzando a volverse una marabunta de gente en busca de algún tipo de alivio emocional a través del juego. Una sociedad ludópata y adicta al placer fácil del alcohol y las sustancias estupefacientes. Mientras tanto, Aspros se acercó a Phat tras la seña que este le hizo y, fingiendo fragilidad, se sentó en su rodilla para complacer al asqueroso señor de seguridad. — Dime, bonita, ¿de dónde sales? — dijo mientras la partida parecía continuar y él jugaba sin mirar el tablero. Sin embargo, en ese mismo instante, antes de que Aspros pudiera mover sus labios, un hombre de la mesa justo a su lado comenzó a gritar e increpar al ludópata jefe de seguridad. — ¡Estás haciendo trampas! ¡No puedes ganar co.. — la frase del hombre se cortó en seco cuando, Phat, tras cambiar radicalmente su mirada de una soberbia y dominante con la fémina que tenía encima a una de auténtico asesino en serie mientras lanzaba su mano izquierda hacia el cuello del hombrecillo que se atrevió a increparle.
Este agarró su cuello y mandíbula con su gigantesca mano y apretó fuertemente. — ¿Quién te crees que eres para GRITARME EN MI CASA? — bramó el gigantón mientras seguía apretando y la cara del hombre se iba poniendo roja y roja por la falta de oxígeno hasta que un tremendo y brusco chasquido en su cuello sucedió y toda la mesa fue consciente de él. En ese momento el hombre, que hasta ahora balbuceaba intentando soltarse y hablar, calló y bajó sus brazos, muerto en el mismo sitio. Phat lo soltó y chasqueó los dedos para que dos vigilantes acudieran y se llevaran el cuerpo muerto del jugador. Acto seguido volvió a dirigirse hacia Aspros, de manera cordial y gentil, como si dos personalidades habitaran ese enorme cuerpo. — Perdona, belleza, a veces la gente es... impertinente. — se excusó Phat. Todo este suceso había permitido a Aspros dos cosas: Primero, aprender de primera vista que el hombre no solo era grande, era fuerte. Extremadamente fuerte y no tenía ningún tipo de reparo en matar. Y segundo, ya que este se encontraba intentando buscar la llave, pudo divisar en el hueco del traje que se generó por el movimiento del brazo de Phat un destello dorado en el bolsillo interior de la chaqueta de su esmoquin, justo en la zona del corazón.
El capitán, que sobrevolaba y vigilaba la zona como un halcón buscando a su presa, era capaz de tener visual de sucesos como los actos carnales entre algunos huéspedes. Estos detalles parecían no llamar en demasía la atención del Lunarian, que observaba la zona y analizaba las entradas y salidas, pensando en planes en caso de ser necesarios. Todo lo que un capitán debía hacer y se esperaba de él. Los guardias de la azotea, que patrullaban de manera cíclica, de repente, se pararon en seco. Todos sacaron un Den Den Mushi que portaban en el cinturón y recibieron una comunicación. — Ya po....nder....ción exterior. — pudo distinguir el pirata desde las alturas.
Y tras esto, los vigilantes se acercaron cada uno a una pared donde, tras abrir un cajetín de metal, accionaron un interruptor que encendió una serie de focos enormes sobre la azotea. Estos lucieron con muy poca intensidad, pero poco a poco iban cogiendo más y más potencia, proyectando su luz a lo largo del cielo, iluminando hasta las mismas estrellas.
La espadachina del grupo, que había perdido su puro en un traspié con la puerta por culpa de dos hombres, no tuvo a bien cerrar su boca. Como si de un acto reflejo se tratase, en cuanto el hombre se dirigió a ella, reaccionó tal y como se esperaba de una mujer de su calibre: con la misma moneda. La respuesta de Tempesta ocasionó que los hombres se giraran hacia ella cuando ya se estaban yendo, envalentonados, quizá por su superioridad numérica, quizás por la ingente cantidad de alcohol en sus venas, quizás por la testosterona.
— ¡Qué! ¿No...nos ha contestado? — cuestinó el segundo, más bajito y enclenque — Sí, espérate Jess... — dijo el primero mientras se giraba — No, hermano, no deberíamos...— negó, en parte asustado por la imponente voz de la espadachina, pero el primero no se amedrentó en absoluto — ¿No... sabes quién somos? ¡Somos soldados de la marina! — continuó el primero — Y si quieres problemas, vas a escuchar nuestro lema... — siguió entrecortado por el hipo nervioso de borracho que era incapaz de cortar mientras se acercaba a Triana apretando los puños. — Déjate de lemas, pártele la cara, que aprenda, hermano — replicó el primero, metiendo fuego al primero, más grande y agresivo, seguramente envalentonado por su compañero.
Estos se posicionaron delante de Triana, justo a un metro, y el más fuerte de ellos, golpeó con chulería a la espadachina en el hombro derecho, intentando amedrentarla.
La tiradora Jolyne, mimetizada con su entorno, había accedido a la galería oeste y con eso, se acercaba a su objetivo. El extenso pasillo que se extendía ante ella era un complejo de decisiones sin tomar y solo su elección determinaría su destino. Tras mucho meditarlo, la mujer camaleón, optó por avanzar con cautela por el pasillo, ignorando todo tipo de rejillas, sin intentar abrir una puerta, comenzando a caminar directamente por las escaleras camino al piso superior. Durante un tiempo, el ascenso fue lento y seguro, sin cruzarse con absolutamente un alma. Pudo observar que no había ninguna cámara de seguridad en los pisos que pasó, en ningún rellano ni escalera. Esta escalera se dividía en dos tramos con un descanso entre ellas.
Los veintitrés escalones de cada tramo se hacían eternos hasta que, llegado al piso diez, Jolyne se encontró con un grupo de diez vigilantes de seguridad en el ascenso de la escalera que conducía al piso diez. De la misma manera, otros diez hombres comenzaron a subir desde el piso nueve y diez más se unieron a al grupo desde el pasillo de habitaciones del décimo piso, cercando así de manera circular a la tiradora que estaba en el centro de todos ellos. Cuando uno de ellos, quizá más avispado, se percató de que el suelo de moqueta tenía dos zonas más hundidas, justo en el centro, alertó a los demás. — ¿Hay dos huellas aquí o me he pasado con el azúcar...? — cuestionó al grupo, para que otro de ellos lanzara la mano suavemente hacia la zona donde Jolyne se encontraba, más con miedo que con seguridad, pues no entendía qué ocurría. Cuando lo acercó lo suficiente pudo palpar el hombro de la tiradora, quedando al descubierto su posición. Ahora, si quería salir de allí, tendría que luchar y terminar antes de que los guardias pudieran dar la alarma y destapar todo el plan.
En la sala de juego, que parecía estar cada vez más llena conforme avanzaba la noche, Aspros había logrado llamar la atención de Phat, que jugaba con otros hombres adinerados al póker. La sala de juegos, que ya al entrar parecía abarrotada, estaba comenzando a volverse una marabunta de gente en busca de algún tipo de alivio emocional a través del juego. Una sociedad ludópata y adicta al placer fácil del alcohol y las sustancias estupefacientes. Mientras tanto, Aspros se acercó a Phat tras la seña que este le hizo y, fingiendo fragilidad, se sentó en su rodilla para complacer al asqueroso señor de seguridad. — Dime, bonita, ¿de dónde sales? — dijo mientras la partida parecía continuar y él jugaba sin mirar el tablero. Sin embargo, en ese mismo instante, antes de que Aspros pudiera mover sus labios, un hombre de la mesa justo a su lado comenzó a gritar e increpar al ludópata jefe de seguridad. — ¡Estás haciendo trampas! ¡No puedes ganar co.. — la frase del hombre se cortó en seco cuando, Phat, tras cambiar radicalmente su mirada de una soberbia y dominante con la fémina que tenía encima a una de auténtico asesino en serie mientras lanzaba su mano izquierda hacia el cuello del hombrecillo que se atrevió a increparle.
Este agarró su cuello y mandíbula con su gigantesca mano y apretó fuertemente. — ¿Quién te crees que eres para GRITARME EN MI CASA? — bramó el gigantón mientras seguía apretando y la cara del hombre se iba poniendo roja y roja por la falta de oxígeno hasta que un tremendo y brusco chasquido en su cuello sucedió y toda la mesa fue consciente de él. En ese momento el hombre, que hasta ahora balbuceaba intentando soltarse y hablar, calló y bajó sus brazos, muerto en el mismo sitio. Phat lo soltó y chasqueó los dedos para que dos vigilantes acudieran y se llevaran el cuerpo muerto del jugador. Acto seguido volvió a dirigirse hacia Aspros, de manera cordial y gentil, como si dos personalidades habitaran ese enorme cuerpo. — Perdona, belleza, a veces la gente es... impertinente. — se excusó Phat. Todo este suceso había permitido a Aspros dos cosas: Primero, aprender de primera vista que el hombre no solo era grande, era fuerte. Extremadamente fuerte y no tenía ningún tipo de reparo en matar. Y segundo, ya que este se encontraba intentando buscar la llave, pudo divisar en el hueco del traje que se generó por el movimiento del brazo de Phat un destello dorado en el bolsillo interior de la chaqueta de su esmoquin, justo en la zona del corazón.
El capitán, que sobrevolaba y vigilaba la zona como un halcón buscando a su presa, era capaz de tener visual de sucesos como los actos carnales entre algunos huéspedes. Estos detalles parecían no llamar en demasía la atención del Lunarian, que observaba la zona y analizaba las entradas y salidas, pensando en planes en caso de ser necesarios. Todo lo que un capitán debía hacer y se esperaba de él. Los guardias de la azotea, que patrullaban de manera cíclica, de repente, se pararon en seco. Todos sacaron un Den Den Mushi que portaban en el cinturón y recibieron una comunicación. — Ya po....nder....ción exterior. — pudo distinguir el pirata desde las alturas.
Y tras esto, los vigilantes se acercaron cada uno a una pared donde, tras abrir un cajetín de metal, accionaron un interruptor que encendió una serie de focos enormes sobre la azotea. Estos lucieron con muy poca intensidad, pero poco a poco iban cogiendo más y más potencia, proyectando su luz a lo largo del cielo, iluminando hasta las mismas estrellas.
La espadachina del grupo, que había perdido su puro en un traspié con la puerta por culpa de dos hombres, no tuvo a bien cerrar su boca. Como si de un acto reflejo se tratase, en cuanto el hombre se dirigió a ella, reaccionó tal y como se esperaba de una mujer de su calibre: con la misma moneda. La respuesta de Tempesta ocasionó que los hombres se giraran hacia ella cuando ya se estaban yendo, envalentonados, quizá por su superioridad numérica, quizás por la ingente cantidad de alcohol en sus venas, quizás por la testosterona.
— ¡Qué! ¿No...nos ha contestado? — cuestinó el segundo, más bajito y enclenque — Sí, espérate Jess... — dijo el primero mientras se giraba — No, hermano, no deberíamos...— negó, en parte asustado por la imponente voz de la espadachina, pero el primero no se amedrentó en absoluto — ¿No... sabes quién somos? ¡Somos soldados de la marina! — continuó el primero — Y si quieres problemas, vas a escuchar nuestro lema... — siguió entrecortado por el hipo nervioso de borracho que era incapaz de cortar mientras se acercaba a Triana apretando los puños. — Déjate de lemas, pártele la cara, que aprenda, hermano — replicó el primero, metiendo fuego al primero, más grande y agresivo, seguramente envalentonado por su compañero.
Estos se posicionaron delante de Triana, justo a un metro, y el más fuerte de ellos, golpeó con chulería a la espadachina en el hombro derecho, intentando amedrentarla.
La tiradora Jolyne, mimetizada con su entorno, había accedido a la galería oeste y con eso, se acercaba a su objetivo. El extenso pasillo que se extendía ante ella era un complejo de decisiones sin tomar y solo su elección determinaría su destino. Tras mucho meditarlo, la mujer camaleón, optó por avanzar con cautela por el pasillo, ignorando todo tipo de rejillas, sin intentar abrir una puerta, comenzando a caminar directamente por las escaleras camino al piso superior. Durante un tiempo, el ascenso fue lento y seguro, sin cruzarse con absolutamente un alma. Pudo observar que no había ninguna cámara de seguridad en los pisos que pasó, en ningún rellano ni escalera. Esta escalera se dividía en dos tramos con un descanso entre ellas.
Los veintitrés escalones de cada tramo se hacían eternos hasta que, llegado al piso diez, Jolyne se encontró con un grupo de diez vigilantes de seguridad en el ascenso de la escalera que conducía al piso diez. De la misma manera, otros diez hombres comenzaron a subir desde el piso nueve y diez más se unieron a al grupo desde el pasillo de habitaciones del décimo piso, cercando así de manera circular a la tiradora que estaba en el centro de todos ellos. Cuando uno de ellos, quizá más avispado, se percató de que el suelo de moqueta tenía dos zonas más hundidas, justo en el centro, alertó a los demás. — ¿Hay dos huellas aquí o me he pasado con el azúcar...? — cuestionó al grupo, para que otro de ellos lanzara la mano suavemente hacia la zona donde Jolyne se encontraba, más con miedo que con seguridad, pues no entendía qué ocurría. Cuando lo acercó lo suficiente pudo palpar el hombro de la tiradora, quedando al descubierto su posición. Ahora, si quería salir de allí, tendría que luchar y terminar antes de que los guardias pudieran dar la alarma y destapar todo el plan.
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