08-01-2024, 10:27 AM
Leyenda
No voy a mentir, tardé bastante más de lo que me hubiera gustado en arrastrar mi cuerpo por la pared hasta la cantina.
- Quién me mandará beber - pensé mientras me llevaba una mano a la cabeza como si intentando de esa forma que aquel ruido atronador no me taladrara los tímpanos.
Busqué a mis peculiares compañeros con la mirada, hasta que ubiqué al gran gyojin en una de las mesas más apartadas. Me encontraba sorprendentemente feliz de verles, a pesar de que hacía menos de media hora me hubieran provocado un ataque de pánico (de forma completamente involuntaria). Les saludé con la mano, como si fuera una niña pequeña, y una vez me vieron me acerqué donde ellos. De alguna forma conseguí evitar tropezarme con escasos camareros, quienes llevaban a toda prisa la comida a las mesas, y los numerosos clientes, algunos hambrientos y otros borrachos, que bien buscaban un sitio donde sentarse o una forma de salir de aquel lugar.
Una vez llegué a la mesa, no pude evitar esbozar una sonrisa al ver a Mandarina feliz en el hombro de la mujer albina. - ¿Qué tal está mi pequeñín? - pregunté, rascando suavemente al animal entre las orejas, el cual se puso a ronronear, feliz. Abracé entonces a la mujer, agradada por haber cuidado del felino. - Muchísimas gracias Pandita, por tratar tan bien a mi pequeño Mandarina. Se ve que le has caído muy bien - sonreí aunque tras las palabras y la resistencia de esta a ser abrazada la solté, disculpándome después.
- Perdón, perdón. - le dije - Es que estaba muy contenta de ver que Mandarina está feliz, y nadie se lo ha comido. - Clavé una ligera mirada amenazadora sobre el gyojin barracuda, quién me fijé que había dejado una cerveza a su lado.
- ¿Qué, es para Balban? - me interesé. - ¿Él también es un salvaje?
Tras escuchar su respuesta me despedí momentáneamente de mis nuevos compañeros para ir a la barra a pedir. No me había alejado de la mesa ni diez pasos cuando un orondo hombre se levantó de una de las sillas, enfadado por haber perdido una partida de cartas. Me golpeó, lo que hizo que me desequilibrara. Para colmo, pisé una jarra que había en el suelo, perdiendo el equilibrio por completo. De alguna milagrosa forma di una vuelta en el aire y pasé de estar cayendo de espaldas a quedarme de cuclillas, aunque acto seguido las piernas me fallaron y me quedé sentada en el suelo.
- Ni se te ocurra reírte - miré enfadada a la albina mujer quien se reía a carcajadas. Me levanté, enormemente sonrojada y comencé a sacudir la suciedad del vestido. - Como cuando vuelva sigas riéndote o hagas algún comentario te juro que te cojo cual saco de mandarinas y te llevo a la calle para atizarte. - era posiblemente la amenaza menos seria que existía, pero fue lo único que se me ocurrió y a mí me bastó para sentirme satisfecha.
- Acabo de ver tu pirueta, ¿Qué quieres? - habló secamente la camarera que había en la barra.
Me tapé la cara, algo avergonzada, aunque a decir verdad la opinión de esta mujer me importaba notablemente menos que la de Peteiro y Maeve, por lo que no me costó responderle de forma amable.
- Pues... - me quedé un poco pensativa. - Para beber me gustaría agua. - pedí. - ¿Me puedes dar una jarra grande? Es que ayer me tomé una copa de vino que me sentó realmente mal, y tengo la cabeza que me da vueltas. - expliqué. Como era de esperar, la mujer no necesitaba para nada mi justificación, y así me lo hizo saber con sus palabras. - Jarra de agua, bien. ¿Y para comer? - preguntó. - ¿No tendrás por casualidad algo de pollo, no? - pregunté. - No tienen por qué ser alitas, me sirve pechuga, muslo, cualquier cosa en verdad. - sonreí. La mujer me dijo que esperara, antes de entrar a la cocina.
- ¡Tú, gañán, deja de beber de una puta vez! - los gritos se escuchaban desde la barra - ¿Queda algo de pollo? - preguntó la mujer, lo que un hombre de voz grave le respondió, notablemente ebrio.
- Solo queda esto para la mesa tres. - hablaba, como era de esperar, a gritos - ¡Se va a enfriar, así que dile a tu puta hija que deje de intentar sacar propinas extra y que venga a hacer su trabajo! - continuó el hombre. - No, no. Deja eso, no te lo lleves. - le pidió a la mujer - Es para la mesa cuatro, y esos están tan borrachos que les pones una rata viva y se la intentan follar pensando que es un conejo. - el cocinero respondió algo que no llegué a comprender, pero por la respuesta de la mujer no era nada bueno - ¡Vete a la mierda. Ojalá un día de estos te cortes los dedos que te quedan en la mano, y así dejas de cocinar esta mierda!
Al de pocos segundos vi salir a la camarera, la cual llevaba en la mano un plato que, para mi sorpresa, tenía muy buena pinta. - Toma, aquí tienes bonita. - me sonrió, lo cual me descolocó todavía más. - A veces alivia ver una cara así, sobre todo con un marido como el mío. Ojalá se muera - No pude evitar soltar una risita con el comentario. Tras agradecerle el cumplido y pagar mi comida y la de mis compañeros volví a la mesa, con extremo cuidado de no repetir lo sucedido anteriormente.
- Ya estoy - dije, dejando el plato sobre la mesa antes de sentarme entre estos. Mandarina pasó por detrás del cuello de Maeve, y desde el otro hombro saltó a la mesa, quedando junto al plato, olisqueándolo y comenzando a maullar para que le diera comida. Me acordé entonces de lo sucedido nada más despertarme. - Os iba a decir, antes de que se me olvide... - hablé con cierta timidez. - Respecto a lo de esta mañana... la cosa es que lo paso muy mal cuando alguien entra en mi habitación mientras estoy durmiendo. - expliqué. - Y como no recuerdo nada después del bar pues me ha chocado sobremanera notar que había alguien durmiendo conmigo. - suspiré, aliviada - Vale, ya lo he dicho.
Resumen
Karmas
