09-01-2024, 05:07 PM
Las cartas estaban sobre la mesa y, Phat, seguía jugando sin prestar mucha atención. El gordo y masivo jefe de seguridad, había matado a un hombre delante de todos, jugadores y espectadores, y nadie se inmutó. La pasividad de los presentes ante tal atroz acto dejaba helado a cualquiera con un mínimo de conciencia, fuera pirata, marine, o ladrón. Tras sacar el todavía caliente cuerpo de la escena, Phat prosiguió la partida sin prestar el más mínimo ápice de atención. Daba casi la sensación de que tenía la seguridad de ganar pasara lo que pasara. Cuando Aspros se presentó, el gigante vil se presentó también, expresando con su enorme sonrisa de patético seductor que estaba ampliamente interesado en As. — As... qué conveniente. Un As para otro As BUAHAHAHA — bromeaba mientras reía ampliamente con un tono elevadísimo que cualquiera en la sala podría haber escuchado. Phat pasó los siguientes instantes apostando más y más fichas sin mirar el tablero, que se acercaba a la apuesta final de manera inexorable, mientras no paraba de observar a As totalmente embelesado. Se estaba deleitando oliendo su perfume, sintiendo su cuerpo junto al suyo y maravillándose de su belleza mientras la excelente actriz se retocaba los labios. Fue tanto su asombro por ella que no reparó en que Aspros no guardó su pintalabios y lo usó para crear una serpiente a la que dio vida con el único objetivo de entrar al bolsillo que previamente pudo divisar en su chaqueta. Cuando As llamó de nuevo su atención dirigiendo sus palabras hacia el deseo viril del jefe de seguridad, el crupier de la mesa llamó al gordo jefe a la última apuesta. — 10 millones de berries, señor... ¿Los ve? — preguntó, casi con miedo en su voz, sabiendo que si el jefe de seguridad perdía podía peligrar su integridad. Tras esto, Phat miró sus cartas y la mesa, de manera muy fugaz, para volver a mirar a As con deseo. — Sopla mis cartas, preciosa, quiero dos ases como tú. — ordenó, poniendo las dos cartas que poseía delante de los carnosos labios de Aspros, sin que ella pudiera verlas con la mano derecha y con la izquierda empujó todas las fichas que le restaban en el tablero. — All In. — sentenció.
En las azoteas del hotel, los focos que comenzaron iluminándose de manera tenue y tímida iban cogiendo fuerza y confianza, proyectando hacia los cielos densos rayos de luz fría, alumbrando todo a su paso. No fue unos segundos antes que, Yojimbo, en un arrebato de aburrimiento, seguramente, motivado por su exasperante tarea de vigilancia, decidió que la mejor opción para paliar su tiempo era atacar a los guardias de la azotea. En un abrir y cerrar de ojos, el Lunarian, encendió su llama a máxima potencia y cayó en picado sobre el cuadro de luces, rompiéndolo en pedazos y apagando en el proceso las luces. Tras esto, golpeo en la cara a uno de los guardias, al que lanzó también contra otro y, finalmente, agarró al último de ellos, volando con él, cogido del uniforme. El despiadado pirata amenazó de manera poco sutil al hombre, que tan solo cumplía con su trabajo, con soltarlo si no convencía a sus compañeros de que las luces fallaban por alguna razón. En caso contrario, lo lanzaría hacia el suelo, cayendo más de veinte pisos y, con toda seguridad, muriendo en el acto. El guardia de seguridad, al que ahora podía ver con claridad, era un muchacho de unos veinte años, apenas una leve barba y una mirada completamente aterrorizada. El guardia, que trataba de aferrarse al brazo de Yojimbo con sus manos como podía, balbuceaba y temblaba como si la vida se le fuera en ello, incapaz de articular una palabra. Fue tal el nerviosismo del pobre muchacho, que entre forcejeos y zarandeos, la tela de su uniforme se rasgó y comenzó a caer rápidamente en dirección a un funesto final. En ese preciso instante, el pirata pudo sentir como detrás de él, un cuarto guardia aparecía por el ascensor central con un Den Den Mushi en la mano y gritaba — ¿QUÉ ESTÁ PASANDO AQUÍ? —
Aquel sitio apestaba. A alcohol y masculinidad frágil. El ego de los Marines había sido mancillado y la responsable iba a pagar los platos rotos de la borrachera de aquellos desgraciados. Triana reaccionó de manera sarcástica ante la dupla corrupta de Marines que, ebrios de soberbia (y whiskey) habían tenido la osadía de golpearla, aunque fuera levemente, sobre su hombro intentando intimidarla. Pobres diablos. No sabían a quién se enfrentaban. La espadachina trató de convencerlos, en un vano intento de evitar una confrontación que ella misma se había buscado, de que era mejor dejarlo estar. Que la mejor opción era correr un tupido velo. Sin embargo, Jess y Yames, la icónica pareja de soldados Marines y asiduos del hotel, habían decidido que la opción más interesante era la violencia. Los dos hombres, que habían cercado a la Triana en las inmediaciones de la entrada del hotel, se dispusieron hombro con hombro contra ella. El más fuerte de ellos, Yame, de más de dos metros y cerca de 120 kilos de peso, avanzó un paso más. Tras la proposición de Triana, Yame, el más corpulento y echado para adelante, contestó poniendo fin a las negociaciones. — Yo sí que voy a rellenar... ¡tu cara de moretones! — bramó mientras cargaba de manera abrupta un terrible puño con su mano derecha hacia atrás para posteriormente lanzarlo directo hacia la clara faz de Tempesta. A veces llegar a las manos era la mejor opción. Durante el ataque, cualquiera que estuviera viendo la escena podía ver como dos borrachos agredían a una mujer aparentemente pacífica. Desde atrás, el compañero de Yame, Jess, solamente tenía el valor para corear a su compañero y animarlo, mas no se unió a la pelea. — ¡Que se arrepienta, hermano! —
La tiradora se había dado de bruces con un equipo de seguridad. Los hombres y mujeres, que estaban haciendo la ronda reglamentaria, habían podido percatarse, más por suerte que por habilidad, de la presencia de Jolyne en la zona. Ante el temor de no comprender qué estaba pasando y justo cuando estaba a punto de tocar la pelirrosa, ésta comenzó a disparar su arma de manera temeraria, pero eficaz, dispersando por el lugar una ingente cantidad de plomo que atravesó las frágiles armaduras de todos los presentes, haciendo que de los treinta guardias no quedara ni uno en pie. El lugar se convirtió en un reguero de sangre y ante ellos una, aún, invisible Jolyne Jones era la única superviviente. La dantesca escena era digna de cualquier película de terror. Los sesos de aquellos que recibieron los disparos en la cabeza bañaban el lugar y la sangre de los demás encharcaba la roja moqueta que hasta hace unos segundos pisaban en vida. Tras esto, la tiradora volvió a tener vía libre en su camino al vigésimo piso, donde se encontraría la sala de seguridad. No obstante, antes de que la mujer pudiera realizar cualquier movimiento, su Den Den Mushi emitió una voz conocida por la pelirrosa: Kosax. — Tú, Calamidad Jones, ¿qué cojones haces? He oído disparos. ¿Cuánto te queda? — cuestionó el autoproclamado jefe de inteligencia del plan gracias a que el Den Den Mushi de Jolyne se descolgó sin querer durante la pelea con los guardias debido a sus movimientos.
En las azoteas del hotel, los focos que comenzaron iluminándose de manera tenue y tímida iban cogiendo fuerza y confianza, proyectando hacia los cielos densos rayos de luz fría, alumbrando todo a su paso. No fue unos segundos antes que, Yojimbo, en un arrebato de aburrimiento, seguramente, motivado por su exasperante tarea de vigilancia, decidió que la mejor opción para paliar su tiempo era atacar a los guardias de la azotea. En un abrir y cerrar de ojos, el Lunarian, encendió su llama a máxima potencia y cayó en picado sobre el cuadro de luces, rompiéndolo en pedazos y apagando en el proceso las luces. Tras esto, golpeo en la cara a uno de los guardias, al que lanzó también contra otro y, finalmente, agarró al último de ellos, volando con él, cogido del uniforme. El despiadado pirata amenazó de manera poco sutil al hombre, que tan solo cumplía con su trabajo, con soltarlo si no convencía a sus compañeros de que las luces fallaban por alguna razón. En caso contrario, lo lanzaría hacia el suelo, cayendo más de veinte pisos y, con toda seguridad, muriendo en el acto. El guardia de seguridad, al que ahora podía ver con claridad, era un muchacho de unos veinte años, apenas una leve barba y una mirada completamente aterrorizada. El guardia, que trataba de aferrarse al brazo de Yojimbo con sus manos como podía, balbuceaba y temblaba como si la vida se le fuera en ello, incapaz de articular una palabra. Fue tal el nerviosismo del pobre muchacho, que entre forcejeos y zarandeos, la tela de su uniforme se rasgó y comenzó a caer rápidamente en dirección a un funesto final. En ese preciso instante, el pirata pudo sentir como detrás de él, un cuarto guardia aparecía por el ascensor central con un Den Den Mushi en la mano y gritaba — ¿QUÉ ESTÁ PASANDO AQUÍ? —
Aquel sitio apestaba. A alcohol y masculinidad frágil. El ego de los Marines había sido mancillado y la responsable iba a pagar los platos rotos de la borrachera de aquellos desgraciados. Triana reaccionó de manera sarcástica ante la dupla corrupta de Marines que, ebrios de soberbia (y whiskey) habían tenido la osadía de golpearla, aunque fuera levemente, sobre su hombro intentando intimidarla. Pobres diablos. No sabían a quién se enfrentaban. La espadachina trató de convencerlos, en un vano intento de evitar una confrontación que ella misma se había buscado, de que era mejor dejarlo estar. Que la mejor opción era correr un tupido velo. Sin embargo, Jess y Yames, la icónica pareja de soldados Marines y asiduos del hotel, habían decidido que la opción más interesante era la violencia. Los dos hombres, que habían cercado a la Triana en las inmediaciones de la entrada del hotel, se dispusieron hombro con hombro contra ella. El más fuerte de ellos, Yame, de más de dos metros y cerca de 120 kilos de peso, avanzó un paso más. Tras la proposición de Triana, Yame, el más corpulento y echado para adelante, contestó poniendo fin a las negociaciones. — Yo sí que voy a rellenar... ¡tu cara de moretones! — bramó mientras cargaba de manera abrupta un terrible puño con su mano derecha hacia atrás para posteriormente lanzarlo directo hacia la clara faz de Tempesta. A veces llegar a las manos era la mejor opción. Durante el ataque, cualquiera que estuviera viendo la escena podía ver como dos borrachos agredían a una mujer aparentemente pacífica. Desde atrás, el compañero de Yame, Jess, solamente tenía el valor para corear a su compañero y animarlo, mas no se unió a la pelea. — ¡Que se arrepienta, hermano! —
La tiradora se había dado de bruces con un equipo de seguridad. Los hombres y mujeres, que estaban haciendo la ronda reglamentaria, habían podido percatarse, más por suerte que por habilidad, de la presencia de Jolyne en la zona. Ante el temor de no comprender qué estaba pasando y justo cuando estaba a punto de tocar la pelirrosa, ésta comenzó a disparar su arma de manera temeraria, pero eficaz, dispersando por el lugar una ingente cantidad de plomo que atravesó las frágiles armaduras de todos los presentes, haciendo que de los treinta guardias no quedara ni uno en pie. El lugar se convirtió en un reguero de sangre y ante ellos una, aún, invisible Jolyne Jones era la única superviviente. La dantesca escena era digna de cualquier película de terror. Los sesos de aquellos que recibieron los disparos en la cabeza bañaban el lugar y la sangre de los demás encharcaba la roja moqueta que hasta hace unos segundos pisaban en vida. Tras esto, la tiradora volvió a tener vía libre en su camino al vigésimo piso, donde se encontraría la sala de seguridad. No obstante, antes de que la mujer pudiera realizar cualquier movimiento, su Den Den Mushi emitió una voz conocida por la pelirrosa: Kosax. — Tú, Calamidad Jones, ¿qué cojones haces? He oído disparos. ¿Cuánto te queda? — cuestionó el autoproclamado jefe de inteligencia del plan gracias a que el Den Den Mushi de Jolyne se descolgó sin querer durante la pelea con los guardias debido a sus movimientos.
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